La otra pareja del lago Patricia
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Patricia

Los rayos del sol se cuelan por la ventana.

Amanece un nuevo día y llevo toda la noche inmovilizada con la canción Happy together sonando en bucle y en compañía de un par de fantasmas que, lejos de acojonarme, me han hecho más liviana la espera.

He intentado de todo para liberar los brazos, que hace rato que he dejado de notar como si me los hubieran amputado, pero el cabrón de Leo ha empleado mucha fuerza y mucha, muchísima cinta americana.

Todo esfuerzo para desatarme ha sido en vano.

​ —Deja de intentarlo, solo consigues cansarte más —me ha dicho el fantasma de mi amiga Marta—. Intenta dormir un poco, ¿sí? Así te sentirás mejor.

​ Y el único amor de mi tía Úrsula le ha dado la razón asintiendo con la cabeza.

Pienso en mi abuela y en lo que me diría en esta situación: «No te veo el punto».

Y es que creo que me he vuelto loca de remate.

A cualquiera que le diga que he estado retenida pero, eh, no he estado sola, he tenido la compañía de mi amiga Marta y de un hombre que murió hace más de treinta años...

​ Sigue doliéndome horrores la cabeza, como si cientos de alfileres me estuvieran agujereando el cerebro, tengo sed, me muero de hambre, y salivo al pensar en las croquetas de pollo que ¿hace cuánto? me ha dado Candela en dos fiambreras.

​ —La ayuda está en camino, aguanta un poco más —me consuela Marta.

​ —No fue mi culpa, ¿verdad?

​ Lógicamente, no puedo formular la pregunta en voz alta porque tengo la boca cubierta con cinta americana y no puedo mover los labios.

Pero estoy convencida de que los fantasmas saben leer la mente, porque Marta, anclada eternamente en los inocentes catorce años, o al menos así es como la veo yo, me sonríe con ternura.

​ —No fue mi culpa, no… No lo fue… —digo para mis adentros con alivio, en el momento en que la puerta se abre de sopetón.

​ Ante mí aparecen cinco personas que parecen aliviadas al verme, pese a mi lamentable estado.

Dos agentes de policía capitaneados por una mujer que se presenta como inspectora Vega Martín y un hombre, el subinspector Daniel Haro, ambos vestidos de paisano y con aspecto exhausto.

Detrás de ellos se encuentra una angustiada Candela, que no se atreve a cruzar la puerta y se queda en el pasillo.

Seguramente ha sido ella quien les ha abierto la puerta con la copia de llaves que tiene del piso de mi tía, para que no tuvieran que forzar la cerradura.

​ —Ya está a salvo, Patricia —me alienta la inspectora, y antes de arrancarme la cinta americana de la boca mientras el subinspector me libera las muñecas de los barrotes del cabezal, me advierte—: Esto le va a doler.

​ ¿Estoy desvariando? ¿Están aquí de verdad? ¿Y Marta? ¿Y Alejandro, el novio de mi tía Úrsula? Han desaparecido. ¿Adónde han ido?

​ Aprieto mucho los párpados y, al abrir los ojos, la inspectora sigue aquí, a mi lado, mirándome con expresión serena y confiada a la espera de que le dé una señal para que me quite de una puñetera vez la cinta americana de la boca que, al igual que los brazos, apenas siento.

Digo que sí con la cabeza y ella procede.

​ —¡Ahhhhh!

​ Seguro que mi grito ha llegado hasta el ático.

​ Siento los labios en carne viva, qué horror.

​ —Lo siento —se disculpa la inspectora, y se nota que le sabe mal de verdad.

​ Creen que estoy en estado de shock porque, después del grito que he proferido cuando me han arrancado la cinta americana de la boca, me quedo muda.

Ida. No soy capaz ni de darles las gracias.

Solícitos, la inspectora y el subinspector me sientan en la cama, con las plantas de los pies tocando al fin el suelo, y me empiezan a hacer preguntas que se van acumulando sin que yo me vea con fuerzas para responder: Si me puedo levantar, si soy capaz de caminar sola, si estoy mareada, si me duele algo, si Leo se ha sobrepasado conmigo…

​ Leo…

​ Contengo una sonrisa al pensar que ha cumplido su promesa.

​ ¿Habrá conseguido matar a David? ¿Ya estoy a salvo? ¿Estará detenido? Lo importante es que les ha dicho dónde estoy. «Dónde me tenía secuestrada». Y sí, Leo, ha quedado creíble. Así que gracias. (Supongo).

​ Entre la inspectora y el subinspector deciden que lo mejor será llevarme al hospital para que me vean la herida de la cabeza. ¿Tan mal está?

​ Al poco rato y agradecida por la paciencia que tienen conmigo, creo que he recuperado la voz, pero, al intentar hablar, soy incapaz de formular una frase larga y coherente y lo único que me sale es:

​ —Sed. Hambre. Croquetas.