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LEO
H ace diez minutos que he llamado a la policía desde el teléfono fijo que he encontrado en un despacho, y ya llegan hasta mis oídos las sirenas de los coches policiales.
A los pocos segundos, se detienen frente a la casa y la luz estroboscópica se cuela por los huecos de los setos y se refleja en todas partes: en el césped del jardín, en las flores, en los troncos de los árboles, en la piscina, en mi cara.
Estoy sentado cerca de mi propio vómito con la espalda apoyada en la pared y la pistola sin usar a un lado, disfrutando de mis últimos instantes de libertad bajo un cielo repleto de estrellas.
Estoy jodido. Al final sí me van a detener con el puto jersey setentero de rombos y los tejanos acampanados.
Explicaré lo que ha pasado. Sí, si he atacado al pobre hombre de la caseta de seguridad, ha sido para colarme en casa del cardiólogo.
Como a todo el mundo, me jode que los planes no salgan como yo quería, pero el destino es así de caprichoso y lo que ha pasado ahí dentro…
ese puñetero infierno… está fuera de toda lógica.
La única verdad es esta: Yo no tengo nada que ver con eso.
—¡Policía! —gritan al unísono varias voces.
Ya vienen hacia aquí sin saber lo que les espera, aunque digo yo que habrán visto de todo y estarán acostumbrados.
Espero que tengan mejor estómago que yo y no echen la pota.
Con lo bonito que estaba el césped. Antes siquiera de entrar y enfrentarse a la dantesca escena, no me hace falta levantar la mirada para saber quién se ha plantado delante de mí.
Es la inspectora Vega Martín, la misma que lleva tres meses buscándome y pidiendo ayuda a la ciudadanía, cantando victoria internamente al encontrarme por fin.
Bueno. Que ahora tampoco se ponga medallitas, que no tiene ningún mérito que me haya encontrado cuando yo he querido .
—Leo Arribas, queda detenido por…
—¡Vega! Vega, ven, tienes que ver esto —le dice un hombre claramente angustiado.
—Tranquila, inspectora, no pienso irme a ninguna parte.
Las botas negras de la inspectora desaparecen de mi vista para regresar al poco rato. Entiendo que, con lo que acaba de ver, pierda toda la calma y profesionalidad que parecen caracterizarla, me tuteé como si me conociera de algo, y me empiece a preguntar a gritos:
—¡¿Qué has hecho, Leo?! ¡¿Qué ha pasado aquí?!
—Yo no tengo nada que ver con eso, se lo juro —le digo con voz neutral y sin dar más explicaciones.
No es mi trabajo contarles qué ha pasado ahí dentro, ni siquiera estoy seguro. ¿Un ritual satánico? Tiene toda la pinta, pero lo tienen que descubrir ellos, que por algo son los profesionales y para eso les pagan.
Seguidamente, me levanto con las manos en alto, completamente indefenso, deleitándome en los horrorizados ojos de la inspectora.
«Aunque se haya enfrentado a todo tipo de situaciones, la maldad humana nunca deja de sorprender, ¿verdad, inspectora?».
Lo pienso, pero no se lo digo.
Estoy deseando abandonar este lugar y que empiece mi condena. Solo así podré despertar de esta pesadilla que empezó en agosto o quizá mucho antes, cuando me pudrí por dentro. No tengo que seguir escondiéndome. Ya no. Esconderse, huir hasta de ti mismo, pasa factura. Estoy agotado. No puedo más.
—¿Dónde tienes a Patricia Serna? —me pregunta la inspectora mientras me pone las esposas, y yo, sin perder más tiempo, le respondo antes de que llegue ese tedioso momento en el que está obligada a leerme mis derechos:
—Con mucho gusto le diré dónde está, inspectora.