La otra pareja del lago 13
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LEO

H ace diez minutos que he llamado a la policía desde el teléfono fijo que he encontrado en un despacho, y ya llegan hasta mis oídos las sirenas de los coches policiales.

A los pocos segundos, se detienen frente a la casa y la luz estroboscópica se cuela por los huecos de los setos y se refleja en todas partes: en el césped del jardín, en las flores, en los troncos de los árboles, en la piscina, en mi cara.

​ Estoy sentado cerca de mi propio vómito con la espalda apoyada en la pared y la pistola sin usar a un lado, disfrutando de mis últimos instantes de libertad bajo un cielo repleto de estrellas.

Estoy jodido. Al final sí me van a detener con el puto jersey setentero de rombos y los tejanos acampanados.

Explicaré lo que ha pasado. Sí, si he atacado al pobre hombre de la caseta de seguridad, ha sido para colarme en casa del cardiólogo.

Como a todo el mundo, me jode que los planes no salgan como yo quería, pero el destino es así de caprichoso y lo que ha pasado ahí dentro…

ese puñetero infierno… está fuera de toda lógica.

La única verdad es esta: Yo no tengo nada que ver con eso.

​ —¡Policía! —gritan al unísono varias voces.

​ Ya vienen hacia aquí sin saber lo que les espera, aunque digo yo que habrán visto de todo y estarán acostumbrados.

Espero que tengan mejor estómago que yo y no echen la pota.

Con lo bonito que estaba el césped. Antes siquiera de entrar y enfrentarse a la dantesca escena, no me hace falta levantar la mirada para saber quién se ha plantado delante de mí.

Es la inspectora Vega Martín, la misma que lleva tres meses buscándome y pidiendo ayuda a la ciudadanía, cantando victoria internamente al encontrarme por fin.

Bueno. Que ahora tampoco se ponga medallitas, que no tiene ningún mérito que me haya encontrado cuando yo he querido .

​ —Leo Arribas, queda detenido por…

​ —¡Vega! Vega, ven, tienes que ver esto —le dice un hombre claramente angustiado.

​ —Tranquila, inspectora, no pienso irme a ninguna parte.

​ Las botas negras de la inspectora desaparecen de mi vista para regresar al poco rato. Entiendo que, con lo que acaba de ver, pierda toda la calma y profesionalidad que parecen caracterizarla, me tuteé como si me conociera de algo, y me empiece a preguntar a gritos:

​ —¡¿Qué has hecho, Leo?! ¡¿Qué ha pasado aquí?!

​ —Yo no tengo nada que ver con eso, se lo juro —le digo con voz neutral y sin dar más explicaciones.

​ No es mi trabajo contarles qué ha pasado ahí dentro, ni siquiera estoy seguro. ¿Un ritual satánico? Tiene toda la pinta, pero lo tienen que descubrir ellos, que por algo son los profesionales y para eso les pagan.

​ Seguidamente, me levanto con las manos en alto, completamente indefenso, deleitándome en los horrorizados ojos de la inspectora.

«Aunque se haya enfrentado a todo tipo de situaciones, la maldad humana nunca deja de sorprender, ¿verdad, inspectora?».

​ Lo pienso, pero no se lo digo.

​ Estoy deseando abandonar este lugar y que empiece mi condena. Solo así podré despertar de esta pesadilla que empezó en agosto o quizá mucho antes, cuando me pudrí por dentro. No tengo que seguir escondiéndome. Ya no. Esconderse, huir hasta de ti mismo, pasa factura. Estoy agotado. No puedo más.

​ —¿Dónde tienes a Patricia Serna? —me pregunta la inspectora mientras me pone las esposas, y yo, sin perder más tiempo, le respondo antes de que llegue ese tedioso momento en el que está obligada a leerme mis derechos:

​ —Con mucho gusto le diré dónde está, inspectora.