Leo
No había visto tanta sangre en mi vida, ni siquiera en Brétema o cuando degollé al cerdo de Íñigo, y la escena es tan escabrosa que me provoca arcadas.
¿Qué coño ha pasado aquí? ¿Cuándo? ¿Por qué?
El cardiólogo está muerto, y si pienso en que nos mandó a un sicario a Brétema que acabó con la vida de Clara, debería alegrarme por ello aunque yo no sea el responsable, pero es que ni siquiera parece él.
Lo han destrozado. Tiene pinta de haber padecido un dolor inhumano.
Todo su cuerpo está empapado de sangre, hay sangre por todas partes.
Le han arrancado el cabello y le han machacado la cabeza empleando tanta fuerza y violencia, que han dejado al descubierto parte de un cerebro que ya no es cerebro, sino una masa sanguinolenta.
Y donde antes estaban los ojos, ahora hay dos cuencas vacías.
Joder.
Pero qué…
En un sádico como yo es raro que pase, pero lo que estoy viendo es tan extremo y tan asqueroso, que se me revuelve el estómago y no puedo contener por más tiempo el vómito, que expulso sobre el hasta ahora impoluto césped del jardín.
Cuando consigo recomponerme un poco, la curiosidad se impone a la repugnancia que me provoca la escena que tengo al otro lado del cristal, y abro la puerta corredera dispuesto a entrar.
No me hace falta avanzar mucho para ver que hay otro cadáver, el de un chaval joven de veintipocos años.
Parece que se ha volado la cabeza con la pistola que descansa en la palma de su mano inerte, después de torturar y matar al cardiólogo.
No sé quién es. El cuerpo sin vida del chico se encuentra a los pies de una robusta estantería, a la que me acerco con estupor y sin tocar nada.
Hay un móvil de última generación en una de las baldas más altas apoyado en una escultura de bronce.
La pantalla muestra un fondo negro y, en el centro, pone en letras mayúsculas de color rojo sangre que me recuerdan a las de los títulos de las pelis gores de terror de los ochenta que veía a escondidas con mi hermano:
LIVE STREAM ENDED
—El directo ha terminado —traduzco con la boca seca y el corazón golpeándome a mil.