David
Cuatro horas antes
—Ah. Eres tú. ¿Dónde están los demás? —pregunto con alivio y sonriéndole, porque de veras me alegra que al menos Álvaro se haya quedado en casa.
Sin embargo, mi sonrisa se desvanece poco a poco y con incredulidad cuando mi hijo, mi propio hijo que se pasa el día encerrado en su habitación viendo escenas gores y violentas que no sé de dónde saca, me apunta con una pistola al tiempo que, lentamente, escalón a escalón, baja mientras yo retrocedo con el horror reflejado en la cara.
—Q-q-qué haces… Álvaro. Álvaro, hijo, haz el favor de soltar la pistola. No estoy para bromas.
Me da la sensación de que mi voz le suena desconocida y lejana y no llega hasta sus oídos.
A lo mejor me he quedado mudo de la impresión y mis labios se han movido pero las palabras no han llegado a salir de mi garganta.
Álvaro se muestra ausente, es como si… como si estuviera en otro mundo, completamente fuera de la realidad, una realidad en la que me siento acorralado y amenazado.
Los mismos ojos que me miraban con admiración hasta que cumplió doce años y se dio cuenta de que su padre siempre ha sido un mierda, ahora están vacíos.
Huecos. No hay nada en ellos. Solo frío, oscuridad… maldad.
—Álvaro, por favor. Por favor, baja el arma.
¿Está drogado? ¿De dónde ha sacado una pistola? Pero no solo no suelta el arma, sino que se lleva la mano a la espalda, al bolsillo trasero de los anchos vaqueros caídos con los que va enseñando la marca de calzoncillos, se saca el móvil y empieza a hablar.
—¿Habéis visto? Está cagado, piensa que es una broma —dice entre risas, y es su voz de siempre, no creo que esté drogado ni borracho.
¿Entonces, qué? ¿Qué cojones está pasando aquí? ¿Qué pretende hacer?
Retrocedo un par de pasos, mirando con desesperación la puerta corredera que da al jardín.
Está entreabierta. Si soy rápido, podría salir de aquí, pero Álvaro me frena.
Amenazante, primero me señala con el arma y luego niega con la cabeza, anticipándose a mis intenciones y queriéndome decir, sin necesidad de palabras, que lo que pretendo hacer no es una buena idea.
No lo reconozco. Este chico de veintidós años que tengo delante con un arma y que habla por el móvil a saber con quién o con quiénes, no es mi hijo.
—Y… ¿y tus hermanos?
—Con mamá, en casa del abuelo. No te quieren ni ver, les has hecho tanto daño... —contesta como si estuviéramos en mitad de una situación cotidiana, cuando esto no tiene nada de cotidiano. Es espeluznante.
—Con quién… ¿Con quién hablas por teléfono? —pregunto.
—¡Ah! ¡Esto! —vuelve a reír, mirando a su alrededor hasta que parece encontrar el lugar perfecto para dejar el móvil.
Cuando me da la espalda para colocar el móvil en una de las baldas más altas de una estantería, con la pantalla enfocando hacia nosotros, se me pasa por la cabeza abalanzarme contra él y forcejear hasta arrebatarle el arma.
Es un riesgo, porque uno de los dos podría acabar herido, o muerto, y jamás me perdonaría hacerle daño a Álvaro.
Pero puede que mi hijo, que me saca dos cabezas y es el doble de grande que yo, esté preparado para cualquier cosa.
Si espero y, paciente, hablo con él, es posible que lo haga entrar en razón y me libre de esta pesadilla, de lo que sea que esté pensando hacer.
—Saluda a mis amigos, papá. ¡Estás en directo en nuestro exclusivo canal Gore Addicts!
—exclama con efusividad mientras comprueba un par de cosas en la pantalla del móvil y se vuelve a girar hacia mí—.
¡Somos más de doscientos! En el directo del otro día, sí, cuando oíste los gritos de aquella mujer, no había más de ochenta, y eso que los americanos son los mejores, nos muestran unas creaciones de la hostia, así que siéntete orgulloso.
Nuestra muerte va a ser muy recordada en los bajos fondos de internet.
¿Ha dicho nuestra muerte?
—Qué has hecho, Álvaro. Qué vas a hacer.
—Y que no se me olvide decirte que nos está viendo una amiguita tuya. Adivina. Su nombre empieza por P. Está deseando ver lo que te hago.
¿Petra? Petra fue mi residente y, aunque su estética gótica no era mi estilo, me atraía bastante.
Duramos menos de un mes, tenía un carácter demasiado fuerte y yo siempre he querido aventuras extramatrimoniales relajadas.
Se esfumó cuando me aburrí de ella, supongo que se enteró de lo que les había pasado a Carlota y a Ana, sus predecesoras, y no quiso correr su misma mala suerte.
Recuerdo lo cabrón que fui con todas. Estaban gafadas.
Cuando las dejé, les hice la vida imposible en el hospital.
Carlota cogió la baja por depresión y al poco tiempo desapareció.
Han pasado unos pocos años de eso. Y después Ana, que aunque parecía aguantar estoicamente mi desprecio y el claro maltrato psicológico al que la sometí, acabó rindiéndose y tirándose por el balcón.
Es posible que Mati, la enfermera que siempre se mete donde no la llaman, advirtiera a Petra, como deduzco que ha hecho con Patricia.
¿O acaso Álvaro se está refiriendo a Patricia y es Patricia quien se ha unido a los doscientos locos del directo de la dark web ?
Siempre vi algo en ella… algo malo. Por lo de la muerte, supuestamente accidental, de su amiga del pueblo.
Lo que pasó en Brétema aceleró nuestra ruptura, pero Patricia y yo no habríamos aguantado mucho más.
Yo ya le tenía el ojo puesto a Rebeca, otra residente.
Álvaro ha adquirido un aire sombrío y siniestro.
Debería haberlo ayudado más o haber estado más presente.
Pero arrepentirme ahora no va a cambiar nada.
Jamás pensé que Álvaro pudiera acceder a esas páginas donde dicen, y no son leyendas, que se trafica con personas, con sus órganos…
, que hay vídeos de torturas y muertes que emiten en directo…
Dios.
Constato con estupor que todo este tiempo lo he tenido delante de las narices en mi propia casa, y no lo he sabido ver por estar demasiado ocupado en mí mismo. Estoy a punto de pagar las consecuencias de mi mezquindad y egoísmo.
—Álvaro, no hagas ninguna tontería. Por favor te lo suplico, no merece la pena… vas a destrozarte la vida, yo… si te hice algo, perdóname. Perdóname, mi intención nunca ha sido…
—Eso es lo que nos gusta más, papá —me corta Álvaro, amenazante y con cara de loco, caminando hacia mí. Sigue sin soltar la pistola. Esto va en serio. Va a disparar. Me va a matar—. Nos encanta y nos pone cachondos que supliquéis por vuestra vida. Así que sigue. Sigue suplicando.
De fondo, oigo risas. ¿Esos locos que nos están viendo en directo se están riendo? ¿Esto está pasando de verdad? Sigo sin creérmelo, sin asumir que mi hijo está dispuesto a matarme, y que lo va a hacer en mi propia casa, retransmitiéndolo ante cientos de trastornados.
—Vas a arrepentirte toda la vida, hijo. Mírame. Álvaro, mírame. Soy tu padre y te quiero, siempre he querido lo mejor para ti…
—¡Ah! ¡Ahora eres mi padre! ¡Ahora que le ves las orejas al lobo!
¡Eres un puto cabrón que no merece el aire que respira, joder!
¿Cuántas, eh? ¿Con cuántas te has acostado estando con mi madre?
¡Nunca has respetado a mi madre! ¡Nunca!
¿Te crees que no sabía lo de Brétema? ¡Yo lo sé todo!
¡TODO! ¿Y sabes qué es lo mejor, eh, papá ?
¿Eh? ¡Que ninguna de las tías a las que te has follado le llegan a la suela del zapato a mi madre!
—Entonces has sido tú. Todo este tiempo has sido tú, Álvaro.
La desaparición de Carlota. El suicidio de Ana, que siempre me pareció de lo más extraño.
¿Y Petra? ¿Cómo consiguió salvarse Petra?
¿Uniéndose al club de esos psicópatas y por eso está al otro lado de la pantalla viéndome suplicar y sudar con la respiración tan agitada que siento que el corazón me va a fallar de un momento a otro?
El sicario que fue a Brétema y se cargó a Clara, El Inmortal en el parking del hospital…
Si Leo no hubiera aparecido, El Inmortal habría matado a Patricia.
—Todo este tiempo has sido tú —repito ya sin fuerza en la voz, impactado por la revelación que ahora se me presenta tan nítida, levantando las manos en señal de rendición al saber todo el mal que mi hijo ha provocado.
Y, sin embargo, no es el chaval lleno de odio de veintidós años el que presiona el cañón del arma en mi vientre, sino el niño herido y con el corazón roto al que defraudé.
Nunca estuve para él. No pisé el colegio, ni para llevarlo ni para buscarlo, de eso se encargaba su madre o las niñeras.
Me perdí todos los recitales, entregas de premios, obras de teatro y fiestas de cumpleaños.
Aceptaba sus dibujos o sus manualidades diciendo con desprecio: «Espero que el próximo sea más bonito, hay que esforzarse más».
Y poco después sus creaciones acababan en la papelera de mi despacho.
No conservé nada. Jamás le conté un cuento antes de ir a dormir, ni le canté una nana, ni lo bañé, ni lo arropé, ni le enseñé a ir en bici, ni lo ayudé con los deberes.
No fui un padre presente ni atento y mucho menos cariñoso.
No recuerdo un solo abrazo que durase más de… ¿un par de segundos?
« —¡Papá, papá, papá! —lo oigo llamarme con una vocecilla infantil que hace tiempo que desapareció.
—Ahora no, Álvaro, que estoy ocupado » .
No lo veía. No lo quería ver. Ahora que los fantasmas del pasado me han venido a visitar para abrirme los ojos, visualizo al niño que Álvaro fue tragándose las lágrimas y el orgullo y alejándose de mí con sus enclenques hombros hundidos, cabizbajo y triste, pensando que me estorbaba.
Por eso soy incapaz de defenderme. De pegarlo, de atacarlo, de intentar sobrevivir a esto…
La maldad y el odio que rezuma me tienen demasiado asustado e impresionado, y lo peor de todo es que creo que me lo merezco.
Me merezco todo lo malo que me pase. Álvaro no quiere matarme en el acto.
Quiere torturarme, quiere sangre, quiere verme sufrir, y que cientos de personas lo vean desde la comodidad de sus casas, la mayoría jóvenes encerrados en sus cuartos a oscuras, para después continuar con sus vidas como si nada.
¿Cuántos padres habrá detrás de las puertas de las habitaciones de sus hijos sin sospechar que son unos desequilibrados que disfrutan viendo muertes, muertes reales en directo, y que algún día, por afán de protagonismo, por traumas infantiles, ambición o vete a saber qué, sus vidas pueden correr peligro?
El disparo no me pilla por sorpresa. La bala se queda incrustada en alguno de mis órganos, posiblemente en el estómago y quema, joder cómo quema.
Una bomba ha estallado en mi interior. Abro la boca, de la que no tarda en brotarme sangre, mientras Álvaro me agarra del pelo con violencia y me arrastra hasta acercarme a su móvil, que va a seguir emitiendo todo cuanto ocurra a continuación.
Hay cientos de ventanitas pequeñas. Algunas solo muestran un fondo negro, y en otras parece que se asoma alguna cara escasamente iluminada, pero hay tantas y son tan minúsculas, que es imposible identificar a nadie.
Sigo oyendo sus risas y sus ganas de sangre mientras yo, el protagonista indiscutible de la noche, les voy a dar lo que quieren.
Me estoy muriendo. Y lo peor no es ser consciente de que estoy a un paso de desaparecer de este mundo. Lo peor es ver a Álvaro disfrutando de mi dolor.
Lo que sucede es demasiado desagradable como para describirlo. Para Álvaro y para los que nos miran desde la distancia, soy un cerdo en plena matanza. Me van a despellejar y a comer. Me van a comer vivo.
Al final, mientras mi corazón sigue latiendo aferrándose a una vida que está a punto de desvanecerse, sigo suplicando con apenas un hilo de voz, tal y como le gusta a mi público .
Pero ya no suplico por mi vida. Suplico para que el sufrimiento de esta cruel tortura a manos de mi propio hijo, llegue a su fin.
Quiero dormir.
Solo eso.
Cerrar los ojos y dormir, abrazado a una apacible y eterna oscuridad.