Leo
Las palabras de Patricia hace unas horas y la puesta en libertad sin sentido del cardiólogo me han desquiciado, han sacado lo peor de mí. La he callado antes de que continuara machacándome.
Sí, Patricia tenía razón en cada una de las palabras malsonantes que me ha dedicado.
Podría haber impedido que aquel tío matara a Clara y no me lo perdonaré en lo que me quede de vida.
Debería haberme sacrificado por ella en lugar de hacerle creer al puto esbirro que entró en Casa Nigra a por nosotros que su disparo me había matado, cuando ni siquiera me rozó.
No pensé que fuera a por Clara. Tenía la esperanza de que solo fuera a por mí, pues yo era el único responsable de chantajear a David, o ella se hubiera escondido después de escuchar los golpes y el disparo.
Pero se quedó en la cama, como si se hubiera rendido ante su inminente y fatal destino.
Y él la mató disparándole varias veces en el pecho antes de que yo lo desangrara a cuchillazos por la espalda y le rajara el cuello como hice en agosto con Íñigo, aquel maldito maltratador.
¿En qué me he convertido? Supongo que siempre fui un cabrón.
Nadie habría dicho de mí que era una buena persona, ni siquiera mis padres.
Era frío, déspota, interesado y egoísta.
En el trabajo, en la vida, con las mujeres, hasta con mi familia…
y ahora esto. Patricia me ha llamado psicópata.
Un puto asesino sin escrúpulos. Ya no me queda corazón.
Hay quien pierde su trabajo y vuelve a empezar.
No pasa nada, hay que acostumbrarse a los golpes, a las malas rachas, siempre surgirán nuevas oportunidades que incluso pueden ser mejores.
Y hay otros como yo que se hunden, que se refugian en la droga y en la bebida, se relacionan con mala gente y su familia les da la espalda, y entonces sienten que nadie en este mundo de mierda es bueno y todos van en su contra, y eso los pudre por dentro.
Pero no, nadie me ha jodido la vida. En realidad me la he jodido yo solo.
No quería hacerle daño a Patricia, pero tenía que ocurrir.
Así, cuando la encuentren, no sospecharán que ella ha estado a mi lado apoyándome y animándome a que mate a David.
Es la primera interesada en verlo caer. Le ha hecho daño.
Le iba a hacer mucho daño. Él quiere verla desaparecer.
Y no lo voy a permitir. No pude salvar a Clara, pero estoy a tiempo de salvar a Patricia. Una vida por otra. Como debe ser.
Salgo del piso en el que llevo escondido cuatro interminables días con el corazón en un puño.
«Que no me odie, que Patricia no me odie», voy deseando mientras camino por la calles desiertas de Usera a estas horas de la madrugada, en busca del coche de Patricia.
No recuerdo dónde lo dejó. Voy dando tumbos hasta que doy con él, y me desagrada darme cuenta de que Patricia lo aparcó no muy lejos de la comisaría de la Policía Nacional Usera-Villaverde.
Me lo tomo como una especie de traición.
Me tenso cuando un coche policial pasa por mi lado, pero los agentes van hablando entre ellos y ni me miran.
Inspiro hondo con Clara en mente, siempre en mente desde que me la arrebataron, porque, si no fuera por su memoria, no haría lo que estoy a punto de hacer.
Meterme en un lío más, como si no hubiera tenido bastante.
Me subo al coche con decisión y ajusto el asiento a mi medida, pues Patricia es bastante más baja que yo.
Arranco y emprendo el camino en dirección a La Moraleja.
El colega de un colega me facilitó la dirección del cardiólogo cuando fui a verlo a Cedeira, y sé el recorrido de memoria, sin necesidad de GPS.
Hay que tener amigos hasta en el infierno.
En los bajos fondos está toda la información que un «psicópata» como yo necesita.
El trayecto es tranquilo, sin apenas coches y con la suerte de encontrarme casi todos los semáforos en verde.
¿Alguien ahí arriba me está echando un cable?
Voy escuchando música como quien se dirige a un destino donde no tiene pensado acabar con la vida de nadie.
Pero cuando estoy llegando y tengo que enfrentarme sí o sí al control de acceso y seguridad de la entrada para poder acceder al lujo y a la sofisticación de La Moraleja, me entran todos los temores.
Un hombre me detiene para pedirme las credenciales.
Mierda. Es mayor. Debe de tener la edad de mi padre.
No quiero hacerle daño, me sabe fatal tener que atacar, pero no me queda más remedio si quiero seguir adelante con lo que he venido a hacer.
Retroceder no es una opción. Para atrás ni para tomar impulso.
Lo hago rápido y sin darle tiempo a que se defienda con la porra, el arma o la taser, lo que tuviera pensado emplear conmigo, y le doy un porrazo en la cabeza que lo deja tieso en el suelo.
No hay nadie más. Si tiene un compañero, debe de estar de ronda por las calles de la urbanización, así que me aseguro de que el hombre tiene pulso porque no quiero cargar con muertes innecesarias, vuelvo al coche, le meto gas, y me llevo por delante la barrera, que es más enclenque de lo que pensaba.
Voy hacia la dirección: Camino de la Fuente. Me pierdo un par de veces, girando a la izquierda cuando debería haber girado a la derecha, pero, por suerte, no hay ni un alma en estas exclusivas calles y, si hay algún otro guardia, no me cruzo con él.
Al fin llego y aparco el coche frente a la gran mansión del cardiólogo.
Salgo. Miro la valla de arriba a abajo como si estuviera delante de una mujer bonita, y esbozo una sonrisa.
Esto es pan comido. No hay mucha altura, aunque, debido a los setos, es imposible ver el otro lado, ese mundo privilegiado al que muy pocos tienen acceso.
Solo espero que, al saltar la valla, no empiecen a sonar todas las alarmas.
Me impulso de un solo salto como un vulgar ladrón y no suena nada.
Respiro aliviado, pero no deja de sorprenderme.
Estoy dentro y tanto silencio me resulta hasta inquietante, porque no soy tan ingenuo y no esperaba que fuera tan fácil.
Avanzo de prisa por el eterno camino de acceso mirando a mi alrededor.
¿Cómo será vivir en una mansión de estas dimensiones?
¿En serio hace falta tanto para ser feliz?
Si al final todos vamos a acabar en una triste caja enterrada bajo tierra o convertidos en ceniza, ¿no? Para la muerte todos somos iguales.
Desde donde estoy, no veo ninguna luz encendida, así que me doy una vuelta por el inmenso jardín que no tiene nada que envidiar al del Palacio de Versalles, hasta que llego a un lateral.
Desde ahí sí veo luz en la planta baja. Procede de una gran puerta corredera que queda frente a la piscina.
Con el arma en alto, coloco el dedo en el gatillo dispuesto a disparar en cuanto el cardiólogo se me ponga delante, pero lo que veo cuando me asomo al cristal me deja en shock.
Se me han adelantado.