12
PATRICIA
A bro los ojos poco a poco debido al dolor palpitante que estalla en mis sienes y que provoca que, al principio, me cueste enfocar y todo a mi alrededor esté borroso.
Estoy tumbada en la cama de mi tía, la misma cama en la que hace más de treinta años falleció el amor de su vida.
Pero no tengo miedo de los fantasmas, ya no, sino del psicópata que se pasea por la habitación con la pistola con la que me ha golpeado en la sien, con lo peligrosos que son los golpes en la sien, dejándome sin sentido en el acto.
¿Cuánto tiempo ha pasado desde que me ha dado el golpe con la culata del arma?
No lo sé, no me veo y no me puedo tocar, pero juraría que tengo un buen chichón en la sien y en la frente, y que, a estas horas, debo de tener media cara amoratada e hinchada.
Me arde y me duele ho rrores, y noto el sabor metálico de la sangre en el paladar.
Sed. Me muero de sed. Creo que tengo los labios agrietados y secos, y la garganta irritada.
Confié en él. Confié en que no me hiciera nada.
Y el muy cabrón me ha atado a la cama. Tengo los brazos estirados hacia atrás a ambos lados de la cabeza en una pose dolorosa y antinatural, y el muy sádico me ha anudado las muñecas con un montón de cinta americana a los barrotes del cabezal.
Tampoco puedo patalear ni mover las piernas, porque ha debido de gastar un rollo entero de cinta para unirme los tobillos, inmovilizándome por completo. Me duele todo el cuerpo.
No se le habrá ocurrido matar a Candela, la vecina de enfrente, ¿no? Por Dios. Espero que no. Pobre mujer.
—Por fin te has despertado —me dice Leo con sequedad—. No hay ninguna bala en esta pistola que sea para ti, Patricia. Nunca la hubo. Te dije que no te haría ningún daño y yo cumplo con mis promesas. Pero esto era necesario.
Señala la cama y también me señala a mí con el arma, que parece una prolongación de su mano.
«Loco. Qué loco estás, joder», pienso para mis adentros, devolviéndole una mirada llena de rabia.
No me la voy a volver a jugar plantándole cara.
No sé qué entiende por «ningún daño», porque no me ha dejado ilesa que digamos; sin embargo, no quiero morir, y, si vuelvo a decirle a la cara todo lo que pienso, es posible que se le vaya la cabeza y acabe apretando el gatillo.
«Aunque ninguna bala de esa pistola sea para mí».
—Por cierto, las croquetas estaban buenísimas. Me han recordado a las que hacía mi abuela. Te he dejado alguna —sonríe—. Y no le he hecho nada a la vecina, por si te preocupa. Sería incapaz de matar a una mujer mayor.
«Menos mal».
—Pero ya es hora de que me cobre mi deuda.
Su vida por la de Clara. Nunca debimos conocernos, Patricia —se lamenta.
No es la primera vez que me lo dice—. O debimos irnos en cuanto os plantasteis en Brétema en lugar de exponernos tanto…
no sé. Sabiendo lo que sé ahora, habría hecho las cosas de otra manera, pero…
Quién me iba a decir que ese tío en apariencia tan recatado era un peligro, joder. Ya no hay vuelta atrás.
«Ese tío» es David, claro. ¿En serio lo va a matar?
¿De verdad cree que va a ser tan fácil? Ir hasta La Moraleja con mi coche, seguro que ya tiene las llaves en su poder.
Pasar por la caseta de seguridad que hay en esas urbanizaciones de ricos.
Entrar en casa de David saltando una valla que no sé cuánto mide pero que debe de ser alta y donde seguro que tiene una seguridad de la hostia, y más después de todo lo que ha pasado.
Y, para terminar, matarlo. Me encantaría verlo.
Pero no creo que vaya a suceder. Es demasiado complicado.
—Luego me entregaré —sigue hablando, pero lo hace como si se estuviera contando el plan a sí mismo en lugar de a mí, convencido de que se va a salir con la suya, de que va a vengar el asesinato sin sentido de Clara—.
Necesito descansar de toda esta mierda. Diré dónde te tengo retenida, vendrán a buscarte, estarás a salvo y quedará creíble.
Perdóname. Espero que no te quede marca —añade, acercándose a mí.
Que me quede una marca en la cara no me preocupa en exceso.
Pero que aún quede rollo de cinta americana, sí.
Leo coge el rollo de cinta de debajo de la cama.
Queda suficiente para cubrirme la boca. Cuando Leo está a escasos centímetros de mí, tapándome la boca para que no pueda gritar ni pedir auxilio y el teatrillo de que estos días me ha tenido secuestrada en el piso de mi tía quede más creíble, me mira fijamente con los ojos entornados.
¿En qué estará pensando? ¿En qué piensan los locos?
Contengo las ganas de mover la cabeza con violencia y rapidez para darle un golpe en la frente que lo deje K.O.
Él asiente, me dice:
—Buena chica. Y recuerda lo que te dije en Brétema.
Mereces estar con alguien para quien seas la única.
Clara era todo mi mundo, pero debería haberla tratado mejor y no haber dicho tantas burradas de las que ahora me avergüenzo.
Me he dado cuenta de eso demasiado tarde, cuando la he perdido, y el arrepentimiento es el peor de los sentimientos.
Tú no mereces menos que eso, Patricia. Ser el mundo de alguien y que cada día te mire como si fueras lo mejor que le ha pasado.
Espero que lo encuentres. Que tengas suerte y seas feliz.
No puedo hablar. No puedo gritar. No puedo escupirle en la cara.
Una cinta americana me cubre la boca presionando con fuerza mis labios agrietados que siento en carne viva.
A continuación, después de las palabras amables de Leo que me provocan un nudo en la garganta, la canción de siempre, Happy together , empieza a reproducirse en bucle en mi cabeza.
Y al ver a Leo salir por la puerta para no regresar nunca más, sé que algo muy malo va a volver a pasar.