David
Llego a casa al anochecer, con la esperanza de que todo siga igual que siempre, y encontrar a Victoria y a mis hijos cenando.
Pero lo único que me espera es un deprimente vacío.
No hay nadie, ni siquiera Liliana, que se pasa el día metida en la cocina.
Se han ido. Mi familia se ha ido y el espacio es tan grande que aquí solo suena el eco de mi voz al preguntar:
—¿Hola? ¿Hola? ¿Hay alguien?
Los he perdido. Lo que más temía que pasara, ha terminado pasando, y todo porque Leo, no sé cómo, consiguió salir con vida de Brétema, y no me deshice de Patricia cuando tuve oportunidad.
Aquello de dejarla tirada en la cuneta cuando volvimos a Madrid iba en serio, por muy cruel que suene. Y ahora…
—Victoria —menciono a mi mujer en un susurro roto, como si así pudiera invocarla.
Sin Victoria no soy nadie. Siempre ha sido una ingenua, he tenido varias aventuras sin que llegara a enterarse porque la suerte estuvo de mi lado aunque por el camino me convirtiera en una persona horrible, pero Victoria tiene orgullo, y, cuando toma una decisión, lo hace hasta las últimas consecuencias.
Supongo que se habrá instalado en la casa que sus padres tienen cerca de aquí, y que, con ella, se han ido mis hijos.
¿Cómo se ha podido complicar todo en tan poco tiempo?
Ya no me quedan ganas de nada.
Pero entonces, oigo ruido arriba. Una puerta que se abre. Voces que seguramente salen de la pantalla de una tele o de un ordenador. La esperanza de no haberme quedado solo, no del todo. Y otra vez la puerta, cerrándose con violencia de un portazo.
Bien. No todo está perdido. Hay alguien en casa. No estoy solo.
—¡¿Hola?! —pregunto gritando más alto, mientras voy hacia las escaleras—. Ah. Eres tú. ¿Dónde están los demás?