La otra pareja del lago 11
77%

11

PATRICIA

C uando nos enteramos de que no hay suficientes pruebas contra David para que siga bajo disposición judicial, Leo entra en cólera y empieza a destrozar el piso de mi tía, con el riesgo que eso conlleva.

Está haciendo demasiado ruido, cuando le dejé claro que nadie podía enterarse de que estábamos aquí, y, tal y como esperaba, el timbre no tarda en sonar.

​ —Para ya, Leo, para, que se te va la olla —le ordeno entre dientes sin que me transmita ya ningún miedo, pese a lo imprevisible que es.

Le doy un fuerte empujón que lo tumba en el sofá, donde, con aire derrotado, se cubre la cara con las manos y se empieza a tirar del pelo.

Me parece mentira que me resultara atractivo cuando lo conocí, y me entran náuseas al recordar que me lie con él.

Me salvó la vida, vale, tengo que recordarme que impidió que el sicario me matara en el parking del hospital, pero está desquiciado. Y no es una buena persona—. Estás loco.

​ —Me… me lo voy a cargar, Patricia —farfulla con las mejillas rojas de ira—. Hoy mismo. Te juro que voy a ir a su casa y…

​ —Tienes que esperar —le digo fríamente antes de darle la espalda y recorrer el pasillo hasta llegar a la puerta, donde pego el ojo a la mirilla.

​ Es la vecina de enfrente, Candela, una anciana que vive sola desde que enviudó hace veinte años.

No llegué a conocer a su marido. Tiene un hijo, pero vive lejos, si mal no recuerdo en Australia.

Siempre me pareció adorable. Es muy buena amiga de mi tía, se conocen desde hace más de cuatro décadas.

Doy la vuelta a la llave que dejamos en la cerradura cuando llegamos hace cuatro días, y abro la puerta.

Candela cambia la expresión. Ya no parece preocupada por el ruido que Leo ha hecho, sino contenta de verme.

Solo espero que no me haya visto en la tele ni sepa que me están buscando, lo cual sería un desastre y me crea mucha inseguridad.

Pero decido que es preferible probar suerte, a no abrir y que llame a la policía.

​ —¡Patricia! ¡Pero cuánto tiempo, qué mayor estás!

​ —Hola, Candela, ¿qué tal?

​ —Pues viejita, hija, ya me ves. Oye, que he oído mucho jaleo y…

​ —La tele —me apresuro a poner como excusa—. La tenía muy fuerte, con una peli de acción y… perdón, perdón.

​ —¡Ah, qué trastos tan puñeteros! Yo hace años me deshice de la tele y vivo la mar de tranquila.

Solo dan desgracias y no se hace una buena película desde los noventa.

Creo que no me estoy perdiendo nada. A mí las modernidades de ahora no me gustan.

Tampoco veo mucho, a mi edad la vista falla, así que…

​ —Al menos tendrá radio —tanteo, porque, aunque no he escuchado ninguna emisora de radio, es probable que me hayan mencionado.

​ —No, no, tampoco. No quiero saber nada del mundo. ¡Audiolibros! —exclama con entusiasmo—. Ficción. Que me cuenten mentiras, aunque la ficción tenga mucho de verdad, ¿no te parece? Me encanta que me lean novelas románticas, y además las voces son maravillosas. Ese es mi entretenimiento.

​ —Anda. Muy bien.

​ «He tenido suerte», me callo, sonriéndole.

​ —Por cierto, he hecho unas croquetas de pollo que me han quedado riquísimas. ¿Te traigo una fiambrera?

​ Candela ha llegado como caída del cielo, porque apenas nos queda comida y salir a la calle es un riesgo que ahora mismo no quiero correr.

​ —Me encantaría, muchísimas gracias.

​ —Espera aquí, que ahora vuelvo.

​ Me quedo en el quicio, con la puerta entornada.

Candela tarda más de lo que desearía y me inquieto.

Aunque lo dudo, a algún vecino le podría dar por ejercitar las piernas y subir por las escaleras en lugar de coger el ascensor, mirar hacia mi puerta, estar más al día de la actualidad que Candela, y reconocerme.

Por suerte, la mujer vuelve con dos fiambreras hasta arriba de croquetas, y por aquí no ha pasado nadie.

​ —¿Hasta cuándo te quedas? —quiere saber.

​ —Solo hoy. A lo mejor duermo aquí. Quería comprobar que todo estuviera en orden, como mi tía pasa tantos meses en el pueblo…

​ —Claro, así me gusta, hija, que hoy en día no te puedes fiar.

Mira que siempre le digo a Úrsula que dejar un piso vacío tanto tiempo es un peligro.

Suerte que estoy yo, que se lo vigilo, pero si de vez en cuando vienes tú, me quedo más tranquila.

Bueno, no te molesto más. Ya me devolverás las fiambreras.

O no, da igual, que tengo cientos y a mi edad para qué quiero tantas —ríe—. Disfruta de las croquetas.

​ —Lo haré. Gracias.

​ —No hay de qué —contesta Candela, barriendo el aire con la mano, mientras va caminando pasito a pasito hasta su piso.

​ Cuando cierro la puerta y me giro, Leo me pega un susto de muerte. Está apoyado en la pared del pasillo con la pistola en la mano y el muy loco me dice:

​ —Te ha visto. Ahora la voy a tener que matar.

​ —No sabe nada, Leo. No tiene tele ni radio, pasa de las noticias, ¿vale? Ni se te ocurra meterte con la pobre mujer, que nos ha dado un montón de croquetas. ¿No decías que tenías hambre? Deja la pistola donde estaba o me voy ahora mismo. Me voy y digo que…

​ En un movimiento que no veo venir, Leo me clava el cañón del arma en la frente y las dos fiambreras de Candela caen al suelo. Siento tanta rabia… tanta… que le digo entre dientes:

​ —Dispara. Venga, dispara, mátame y púdrete en la cárcel.

Total, qué más da tres que cuatro muertos, ¿no?

Eres un asesino, Leo, asúmelo porque eso es lo que eres, un puto asesino.

No eres mejor que David, eres como él. Estás loco, eres un sádico, y no hay excusas que valgan.

Mataste a Íñigo no porque maltratara a Clara, sino porque eres un psicópata.

Y qué me dices del sicario que entró en la casa de Brétema, ¿eh?

¿Por qué no lo mataste antes de que matara a Clara? Yo te lo diré. Porque…

​ Las palabras se quedan atascadas en mi garganta.

​ Da igual lo enfadada que estés. Jamás provoques ni retes al diablo.

​ De nada.