David
Esto fue lo primero que la inspectora Vega Martín me soltó en comisaría, como si me estuviera haciendo un favor al hacerlo en la intimidad de esa claustrofóbica sala a la que me llevaron como un vulgar criminal, en lugar de en mi casa y delante de mi mujer:
—Sabemos que estuvo en Brétema con Patricia Serna, su residente.
Que eran amantes. En Casa Nigra, donde hallamos los cadáveres de Clara y del esbirro al que usted contrató, encontramos una fotografía de ella y de usted en la cocina de Casa Alva manteniendo relaciones sexuales.
Dígame, señor Hernández, ¿Leo o Clara los grabó?
¿Le chantajearon a cambio de dinero? ¿Por eso mandó a un sicario a que los mataran? —dio por hecho.
—Yo no mandé a ningún sicario, inspectora, me está acusando sin pruebas y eso, creo, es arriesgado para usted —contesté secamente, pese a haber indicado que no hablaría sin la presencia de mi abogado, que no tardó en llegar.
La inspectora se levantó, salió de la sala, se asomó a la puerta y llamó a alguien, a una tal Begoña que, solícita, le trajo unos papeles al poco rato.
¿Cómo podían tener tanta información? ¿Cuándo?
¿Cuándo lo habían hecho? ¿No se necesitaba una orden judicial o algo por el estilo para obtener un registro de llamadas?
Esa gente llevaba horas, puede que días sin dormir. Parecían robots.
—Noche del lunes, día 7 de noviembre, a las 21.40. Se realizó una llamada desde su móvil al número privado de Ángel Carrasco, quien poco después envió a Brétema a uno de sus esbirros, Mauricio Silva, para acabar con las vidas de Clara y Leo, pero algo salió mal.
Sí, efectivamente, algo salió mal para que Leo consiguiera irse de rositas, acabando con la vida de ese hombre del que nunca había oído hablar.
Sin embargo, para fastidio de la inspectora Vega Martín y compañía, tengo buenos abogados y un suegro que ha movido algunos hilos desde Miami, aunque nunca le he caído especialmente bien ni le he parecido suficiente para su hija.
Y es que no tienen más que pruebas circunstanciales, y la infidelidad no es un delito.
Podrían haberme duplicado la tarjeta y redirigir mis llamadas, haciendo aparecer el número de Ángel, alias El Inmortal , como por arte de magia, como si de verdad yo lo hubiera llamado.
O podría haber una falsificación de registro por software malicioso que ha manipulado mis llamadas para inyectar entradas, aprovechando vulnerabilidades de iOS que está demostrado que existen.
O… podría haber llamado al sicario, sí, a pesar de haber dicho que su nombre no me sonaba de nada, pero no para encargar ningún asesinato, aunque deducen que el doble crimen en Casa Nigra ocurrió poco después de la «supuesta» llamada la noche del lunes día 7 a las 21.
40. Como tardaron días en encontrar los cadáveres, es imposible determinar la hora exacta de la muerte de Clara y del matón, que cayó desplomado encima de ella después de que, «supuestamente», Leo lo cosiera a puñaladas y terminara rebanándole el pescuezo.
Cualquiera habría confundido al esbirro con Leo, cuya maldad lo salvó de morir esa noche y pasó de ser la víctima al verdugo perfecto.
En fin.
Son tantas las posibilidades…
¿Verdad?
Aunque mi detención ha aparecido en todos los medios y las sospechas sobre mi persona han cobrado fuerza, regreso a casa, aun sabiendo que voy a tener que esforzarme mucho para volver a recuperar la confianza de Victoria.
Solo espero que a esa inspectora no le dé por bucear en mi pasado y encuentre a Carlota, a Ana o a Petra. ¿Qué habrá sido de Petra?