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PATRICIA
—S oy de Alameda de Gardón, un pueblecito de Salamanca —le cuento a Leo después de cuarenta y ocho horas juntos que hemos aprovechado para descansar y mirar la tele, por si había novedades sobre el hombre del parking o el de Brétema—. ¿Lo conoces?
—No me suena.
—Es un pueblo muy pequeño. Paisaje típico de la meseta norte, ya sabes.
Campos agrícolas, zonas de dehesa, suaves lomas…
—describo con añoranza, visualizando sus preciosos atardeceres y ese olor tan característico a tierra mojada en los días de lluvia—.
Muy rural. Y, para mí, el mejor pueblo del mundo.
—¿Qué te pasó?
—Que maté a mi mejor amiga.
A Leo se le congela la expresión del rostro. Ha quedado tan… tan «como él». Sonrío con tristeza, dispuesta a explicarme, aunque hace mucho que no hablo de la muerte de Marta. Lo he compartido con muy poca gente.
—Eso dijeron, que yo maté a Marta, pero no es cierto y no se pudo demostrar que yo hiciera nada, claro.
Fue un trágico accidente. Teníamos catorce años, pero nos creíamos muy mayores.
Aquella noche bebimos un montón. Marta robó alcohol del bar de sus padres, no soltaba la botella de ron.
Fuimos a su casa, estábamos solas… al poco rato vinieron un par de amigas más, Mónica y María.
La casa de Marta era grande. Tenía tres pisos y ella dormía arriba del todo, en una buhardilla preciosa decorada a su gusto con las paredes llenas de pósteres de sus actores favoritos y de Outlander .
Le había dado muy fuerte con esa serie y nos decía una y otra vez que teníamos que verla, que nos iba a encantar, que así tenía a alguien con quien comentarla…
Total, que Marta subió a su habitación. No recuerdo a qué.
María, Mónica y yo nos quedamos abajo, haciendo el tonto, y rompimos un jarrón del salón valiosísimo, de esos que pasan de generación en generación. Desde abajo, llamé a Marta:
«—¡Marta!
—¡¿Qué?!
—¡Marta, baja, que la hemos liado! ¡Hemos roto el jarrón verde, el que tiene como cien años!
—¡No jodas, Patri! ¿El verde grande?
—Sí, ¡el verde grande grande!
—¡Hostia hostia hostia, mi madre me mata! Jajajajajajaja —Le dio la risa—. ¡Espera!»
»Marta, que no se tenía en pie porque estaba borrachísima, en lugar de bajar las escaleras para ver qué había pasado, se asomó a la barandilla como si creyera que podía ver el estropicio del jarrón desde ahí.
Pero se asomó demasiado, no sé cómo pudo pasar…
Nadie sabe cómo pueden pasar esas cosas.
Se impulsó demasiado hacia delante, y lo siguiente que recuerdo fue el sonido brutal de su cuerpo impactando contra el suelo y la sangre…
la cantidad de sangre que salió de su cabeza y empezó a correr en oscuros regueros siguiendo las líneas de las baldosas…
Su cuello roto. Sus ojos muertos. De fondo sonaba Happy together de The Turtles, y la última risa de Marta se me quedó tan incrustada en el recuerdo como esa maldita canción.
Cada vez que pasa algo malo o está a punto de pasar, esa canción se repite en bucle en mi cabeza y nunca me gustó, siempre me dio mal rollo.
Después de descubrir los cadáveres en Brétema y también en el parking, unos pocos minutos antes de que me apuntaras en la espalda con la pistola, sonaba Happy together , pero la verdad es que nunca suena. Solo está dentro de mí.
Detengo el recuerdo. Sacudo la cabeza como si así pudiera borrarlo, mientras Leo me mira con algo parecido a la compasión.
—No fue culpa tuya, Patricia.
—Lo sé, lo sé, en el fondo siempre lo he sabido.
Porque fue un accidente estúpido, pero decían que, si Marta iba tan borracha, era porque yo era una mala influencia y ella siempre se esforzaba mucho para impresionarme.
Que yo la había empujado a beber, imagínate…
, si era una cría de catorce años. Que debería haberle prohibido beber, que si había robado alcohol del bar de sus padres y se había emborrachado hasta casi perder el sentido había sido por mí, para llamar mi atención...
Llevo años pensando en cómo podría haber evitado lo que pasó aquella noche.
Si en lugar de llamar a gritos a Marta hubiera esperado a que bajara para decirle lo del jarrón, no se habría asomado a la barandilla estando muy muy borracha y sin apenas controlar su cuerpo, y no estaría muerta.
La gente no comprende las muertes por accidentes tontos , ¿sabes?
Le tienen que echar la culpa a alguien para verle un poco de sentido a la tragedia.
—Y, desde entonces, no has vuelto al pueblo.
—Me vine a vivir con mi tía. Seguí con los estudios aquí, en Madrid, y mis padres y mi hermano vienen a verme de vez en cuando, cada cuatro meses o así.
Y no he vuelto al pueblo, no. No se va a los lugares donde no te quieren, y a mí, allí, me repudian.
Si pudieran, me tirarían piedras a la cabeza.
Leo y yo nos miramos durante mucho rato a los ojos, los míos vidriosos por las ganas que tengo de llorar.
Hacía tiempo que nadie me miraba así, como si me comprendiera y entendiera el dolor que todavía arrastro.
Pero entonces, me tengo que recordar que, por muy bien que se esté portando conmigo, ha asesinado a tres personas.
Y se me pasan los pensamientos románticos de golpe.
¿A quién se le ocurre? Además, acaban de matar a Clara.
Leo es un hombre herido en busca de venganza.
Y qué mejor venganza que las imágenes que, acompañadas de la explicación de la reportera, aparecen a continuación en televisión:
Detenido el cardiólogo David Hernández por, presuntamente, ordenar el asesinato de Clara Martínez en Brétema, A Coruña.
Mientras avanza la investigación, continúa la búsqueda activa de Leo Arribas, visto por última vez en el vehículo de la residente Patricia Serna, quien trabaja en el Hospital Las Cruces con David Hernández.
Las autoridades barajan que Arribas podría mantener retenida a Serna contra su voluntad (…)
—Lo tienen. Se acabó —digo en una exhalación, sin prestar más atención a las noticias, pero Leo rompe todas mis esperanzas al predecir:
—No se acabó, Patricia. Esto no ha hecho más que empezar. Los tíos con pasta y poder como el cardiólogo acaban saliéndose con la suya y no llegan a pisar la cárcel.