David
Los policías se presentan como inspectora Vega Martín y subinspector Daniel Haro, mientras lo único que yo quiero es que la tierra me trague y me escupa lejos de aquí.
Sentada en el sofá, Victoria no me mira, ¿por qué no me mira?
Es como si se hubiera enterado de algo terrible que no debía, pero ¿el qué?
¿Sabe que estuve en Brétema? ¿Sabe que estuve con otra mujer?
Y el mayor de mis hijos, desafiante, me ha dedicado un resoplido en cuanto me ha visto entrar.
¿Dónde están Pelayo y Pablo? Pablo, seguramente, en la universidad, y Pelayo…
bueno, andará por ahí, hay épocas en las que apenas entra en casa mientras Álvaro, míralo, si es que me odia, no sale nunca de aquí.
—¿En qué puedo ayudarles, inspectores?
Intento mostrarme tranquilo y confiado, dispuesto a ayudarles en lo que necesiten.
Sospecho que han venido a hablar de lo que le pasó al Inmortal en el parking, pero poco puedo decirles al respecto.
No obstante, me inquieta que hayan venido hasta aquí, porque no creo que se acerquen a las casas de todos los trabajadores del hospital.
Joder. Entonces esto no pinta bien. La inspectora empieza a hablar con una seriedad extrema y una mirada dura como el acero que me pone en alerta:
—Supongo que está al tanto de que su residente, Patricia Serna, se encuentra en paradero desconocido, posiblemente en compañía de Leo Arribas, a quien se le busca desde hace tres meses por el asesinato de Íñigo Rey y, más recientemente, por el asesinato de ayer por la tarde en el parking del Hospital Las Cruces en el que usted trabaja.
—Sí —confirmo con un nudo estrujándome la garganta.
Estaría más cómodo sentado para que no se percaten del temblor que se ha adueñado de mis piernas, pero ellos están de pie, quedaría feo, y ni siquiera me dan la opción—.
Creen… —dudo un momento. Finjo miedo—. ¿Creen que la doctora Serna está en peligro?
—Hemos rastreado su móvil. Curiosamente, la última señal que dio fue en la Avenida de la Vega, Alcobendas, a las 21.32 de anoche, no muy lejos de aquí, pero antes siguió la misma trayectoria que debe de seguir usted desde el hospital hasta su casa.
Jamás debí robarle el móvil.
Joder.
Me encojo de hombros.
—¿Qué hacía usted a esa hora? —inquiere el subinspector.
—Efectivamente, venía hacia mi casa desde el hospital —contesto con espontaneidad, mirando con el rabillo del ojo a Victoria.
¿Por qué parece tan afectada? ¿Ha llorado?
Sí, ha estado llorando, tiene los ojos rojos—.
Antes, en el hospital, me había encontrado con toda la policía y… bueno, como imaginarán, fue horrible.
La inspectora comprime los labios y asiente.
—Ángel Carrasco Lucero se dedicaba a actividades delictivas, por decirlo suavemente. ¿Ese nombre le suena de algo?
¿Saben que debería sonarme? ¿Que sé quién es?
—Ángel Carrasco Lucero es el hombre que apareció muerto en el parking, ¿no?
—disimulo con maestría. Y qué bien me ha quedado, podría dedicarme a la actuación.
Los policías, tiesos como estatuas, asienten—.
No, no me suena de nada —miento sin que se note que miento, o eso espero, evitando mirar a Victoria—.
Soy cardiólogo, inspectores, no sé por qué me debería sonar el nombre de un…
—«No digas sicario que te pillan, David»—…
de un hombre que se dedica a actividades delictivas.
—Sicario —especifica la inspectora—. Era un asesino a sueldo, el cabecilla de una peligrosa organización con bastante mala suerte últimamente —añade, mirando a su compañero—. ¿Conoce Brétema, señor Hernández?
Uf. Ahí está. Brétema. Esto tiene que ser un mal sueño, joder.
—Me suena. ¿Está en Galicia?
—Le suena —sonríe la inspectora, mirando intencionadamente a mi mujer.
Lo sabe. Sabe que estuve ahí—. Hace escasas horas han informado de que en una de las exclusivas casas de Brétema, ha aparecido muerta Clara Martínez, la novia de Íñigo Rey al que suponemos que mató Leo Arribas.
¿Lo ha visto en las noticias? —Asiento repetidas veces con la cabeza.
Negarlo sería una tontería, pues es la bomba informativa del día , e intuyo hacia dónde quiere ir a parar—.
Encima del cuerpo sin vida de Clara, encontraron a un hombre.
Al principio pensamos que se trataba de Leo Arribas, pero no.
Era Mauricio Silva, uno de los esbirros que trabajaban con Ángel Carrasco.
Es decir, que todo está relacionado. Que, posiblemente, Mauricio entró en la casa para acabar con las vidas de Leo y Clara por orden de alguien con dinero y poder, y lo consiguió con ella, pero Leo lo mató.
En tres meses Leo Arribas ha matado a tres hombres, dos de ellos asesinos a sueldo.
Impresionante. La cuestión es: ¿Quién envió a Mauricio a matar a Leo y a Clara?
¿Quién envió a Ángel al parking del Hospital Las Cruces?
¿A quién esperaba? ¿Su residente, la doctora Serna, está a salvo con Leo, o en peligro?
¿O estaría en peligro sin Leo Arribas? O si Leo Arribas no hubiera aparecido, ¿a estas horas estaríamos lamentando la muerte de Patricia Serna, su residente ?
La inspectora tuerce el gesto. ¿Por qué ha recalcado con tanto ímpetu «su residente» al mencionar a Patricia? Se le acumulan las preguntas, pero no parece intranquila, al contrario. Me temo que tiene bastantes respuestas y que todas apuntan a mí. Aun así, no puedo darme por vencido. Todavía no.
—¿Y yo qué tengo que ver con todo eso, inspectores?
—Nos consta que usted estuvo en Brétema, señor Hernández —me dice con tanta seguridad, que para qué negarlo—.
Estuvo alojado en Casa Alva al mismo tiempo que Clara y Leo en Casa Nigra, porque, aunque no hay ni rastro de Leo, suponemos que estaba allí con Clara.
Es el lugar perfecto para esconderse y Leo lo sabía.
Mi mujer rompe a llorar. Con la voz quebrada y la mirada dirigida al suelo, balbucea penosamente:
—Estaba en un congreso… estaba en Pamplona. Él me dijo que estaba en Pamplona…
—Me temo que debe acompañarnos a comisaría, señor Hernández —dice la inspectora.
—Pero… —balbuceo, y al mirar a Victoria y seguidamente a mi hijo buscando consuelo, él me dedica una sonrisa cargada de satisfacción de la que nadie parece percatarse, porque los policías están demasiado centrados en mí y mi mujer está absorta en su propio mundo, lejos de esta abrumadora realidad.
Es ese tipo de sonrisa de quien consigue salirse con la suya.
Carraspeo, tratando de recomponerme, y pregunto—: ¿Voy a necesitar un abogado?
—¿Usted qué cree? —suelta el subinspector con aire chulesco.