La otra pareja del lago 9
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PATRICIA

C arlota Pérez, de veintiséis años, era residente en el departamento de cardiología del Hospital Las Cruces. Su familia denunció su desaparición hace tres años. Estaba de baja por depresión desde hacía un mes.

​ —Por el motivo que sea, terminó su aventura con David y él le hizo la vida imposible en el hospital —deduzco, compartiendo mis pensamientos con Leo y recordando cómo David me había apartado del paciente, tratándome mal y diciéndome con aires de superioridad: «Ya ha hecho su trabajo, doctora Serna.

Ahora deje trabajar a los profesionales de verdad».

​ Han pasado tres años desde su desaparición, y Carlota no ha aparecido.

Ni viva, ni muerta. Apenas salía de casa salvo para ir al supermercado.

Curiosamente, vivía cerca del piso de mi tía, en Usera.

Pero una noche salió y no se la volvió a ver más.

Se la tragó la tierra. Su hermano sigue subiendo fotos en redes sociales, Facebook, Twitter, Instagram, con la intención de que no la olviden, pero el caso está más que archivado.

Al principio pensaron que su desaparición se debía a la depresión que padecía, con el riesgo que eso conllevaba de que pudiera haberse autolesionado, y que no había terceras personas implicadas.

A los pocos días, sospecharon de un exnovio con el que había tenido problemas y hasta lo siguieron durante varias semanas, pero cuando Carlota desapareció, él estaba en Bilbao.

Su coartada era sólida. Carlota se ha unido a una lamentable lista, la de los más de seis mil casos de desapariciones sin resolver que hay en España, uno de los países del mundo con más desaparecidos, leo con horror, porque…

​ —La próxima en desaparecer podría ser yo.

​ —Maldito hijo de…

​ Ana Vallejo no estaba de baja por depresión, pero una noche de octubre de hace dos años, terminó su jornada laboral en el hospital y, cuando llegó a su piso, salió al balcón y se lanzó al vacío.

Ocho pisos la separaban de la acera sobre la que su cuerpo impactó con violencia.

Murió en el acto. Solo tenía veintisiete años.

​ —Lo raro es que no hayan relacionado la desaparición de Carlota y la muerte de Ana —le digo a Leo—. Es decir… Carlota y Ana eran residentes en el Hospital Las Cruces. Ambas en el departamento de cardiología.

​ —Y David era su médico adjunto.

​ —Eso creo, sí. Carlota desapareció hace tres años, en mayo de 2013, y en octubre de 2014, Ana «se suicida» tirándose por el balcón.

​ Lanzo unas comillas al aire al decir «se suicida».

Porque después de lo que ha estado a punto de pasarme en el parking, sospecho que, detrás de esa muerte, hubo algo más.

¿Uno de los esbirros enviados por David se coló en el piso de Ana sabiendo que vivía sola?

¿Esperó a que llegara, la obligó a salir al balcón y la empujó?

O la agarró en volandas y la tiró al vacío.

Todo puede ser. Por mi mente desfilan un sinfín de posibilidades, todas terribles.

​ ¿Ana gritó o intentó defenderse?

​ ¿Luchó?

​ ¿Ningún vecino oyó nada?

​ No sospecharon que pudiera tratarse de un asesinato y que el «suicidio» se debió a la presión que sentía Ana en el hospital y a las precarias condiciones laborales de los sanitarios, derivadas de un sistema que no funciona como debería y perjudica a todos.

​ ¿Así es como David se libra de las amantes que nos convertimos en problemas, porque lo que más teme es perder a su mujer y, con ella, su espléndida vida repleta de lujos?

​ —Tiene mala pinta —opina Leo.

​ —Muy mala pinta —convengo.

​ «Y por eso decido quedarme contigo, Leo, aunque sea una locura. Pero es que no le veo ningún sentido a nada», digo para mis adentros.

​ —Sin embargo, parece que Petra García no existe —continúo con la vista clavada en la pantalla de mi iPad—. Ni una ficha de desaparición, ni una esquela… no tiene redes sociales, no está en ninguna parte. No sé si está viva o está muerta, si sigue viviendo en Madrid o no… No hay nada.

​ —Pero la enfermera la apuntó en la lista —intenta comprender Leo.

​ —Sí, pero, por lo que sea, no hay ni rastro de ella.