La otra pareja del lago David
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David

No conozco a las compañeras de piso de Patricia. Solo sé que son tres y que de la que más habla es de Sara, porque dice que se ha adjudicado el papel de madre y que, a veces, puede llegar a ser muy cansina.

​ Un vecino sale del portal y aprovecho para entrar, subir a pie hasta el tercer piso, y llamar a la puerta B.

Una joven alta, con aspecto de haber dormido poco y mal y de edad indeterminada, pues lo mismo puede tener veintitantos pero no me sorprendería si me dijera que tiene treinta y cinco, me abre vestida en pijama con un moño deshecho que parece un nido de pájaros.

​ —Hola, ¿a quién buscas?

​ Sara abre en exceso los ojos y se lleva las manos a la boca en una exhalación.

​ —¡Eres el jefe de Patri!

​ —Su médico adjunto, sí —confirmo, sin dejar entrever todas las emociones que Patricia me ha hecho sentir durante el tiempo que hemos estado juntos.

​ —La policía ha estado aquí hace un par de horas y me han preguntado por ti… por usted…

​ —Puedes tutearme —le doy permiso, tratando de ocultar el horror que me provoca saber que la policía ha estado aquí y que ha preguntado por mí. ¿Por qué? ¿Sospechan de mí o qué?

​ —Es que no sé si estás al corriente de la movida, pero Patri… Buah, cuando anoche pusieron una foto de ella en la tele, casi me da algo.

​ La joven, que no se digna a dejarme entrar y me tiene en el rellano como si fuera un comercial que ha venido a venderle algo, habla rápido y haciendo un montón de aspavientos con las manos. Es muy expresiva, tanto, que me está poniendo nervioso.

​ —Que si se ha fugado con un psicópata, que si la tiene retenida contra su voluntad… solo espero que esté bien, porque…

​ Se le humedecen los ojos. Oh, no. ¿Va a echarse a llorar? ¿Ahora? Nunca sé qué hacer cuando alguien llora delante de mí, me siento muy incómodo.

​ —Yo no llevo mucho tiempo en este piso, pero aquí somos como hermanas, ¿sabes? —continúa con un hilo de voz—. Me preocupo por mis compañeras de piso. Me preocupo de verdad.

​ —Y la policía… ¿Qué ha hecho?

​ —Preguntas, mil preguntas —resopla, poniendo los ojos en blanco—. Y me han pedido si podían entrar en la habitación de Patri…

​ —¿Sin una orden de registro?

​ Sara me mira como si le hubiera formulado la pregunta en chino.

​ —¿Eh? No sé, han entrado, han revuelto sus cosas… yo obedezco, que no veas cómo imponen. Pero no han encontrado ni su móvil, ni su iPad… aunque no les he dicho que Patri tenía un iPad. Ostras, ahora que lo pienso, ¿podrían localizarla a través de ese aparato?

​ Me encojo de hombros. Yo qué sé. Me está agobiando.

​ —En fin, que se han ido un pelín frustrados.

​ —¿Y dices que han preguntado por mí?

​ —Sí, supongo que porque eres su jefe, ¿no? Por si sabías algo.

​ —¿Cuándo fue la última vez que viste a Patricia? —necesito saber.

​ —Ayer por la tarde. Estaba rara. Un poco ida, pero también nerviosa, se movía rápido.

Entró en su habitación, yo le conté lo del asesinato en el parking del hospital, que acababa de ver la noticia en los informativos…

Pero nada, solo me preguntó que si se sabía a quién habían matado, y luego ni mu.

Se llevó la maleta, hasta sacó toda su comida de la nevera, y se largó.

Me cabreé un poco, la verdad, porque va y me suelta la muy petarda: « No eres mi madre, ¿vale? Ni mi madre me hacía tantas preguntas».

​ »Vamos, ya ves, es que una ya no puede ni preocuparse por la gente.

Total, que me dijo que se iba unos días, que ya volvería.

Y bueno, como Patri va a su bola pero siempre vuelve…

pues no le di más vueltas hasta que horas más tarde, con un insomnio de la leche, vi su cara en la tele y que la relacionaban con ese tal Leo…

¿Leo Arribas? Ese pirado que asesinó al novio de su novia o un rollo de estos raros, y ahora resulta que esa chica también ha aparecido muerta en un sitio perdido de Galicia con muy mala fama.

Brete no sé qué… Mira, ahí ya… me acojoné.

¿En qué andará metida Patri? Muy fuerte.

Aquí en el piso todas estamos consternadas. No me lo puedo sacar de la cabeza.

​ Inspiro hondo. Intento mantener la calma.

​ —¿Y tienes alguna idea de adónde ha podido ir Patricia?

​ —A su pueblo fijo que no. Otra movida que tuvo hace años y que nos contó una noche pero porque iba pedo, que si no…

Patri es muy reservada, muy suya. En realidad no sé nada de ella.

Así que no, no sé adónde ha podido ir, ya se lo he dicho a la policía.

¿Crees que está en peligro? ¿Os conocíais mucho? ¿Teníais buena relación?

​ Uf…

​ Si no corto esta conversación ya, me va a explotar la cabeza.

​ —Profesional. Teníamos una relación estrictamente profesional —me limito a contestar escuetamente.

​ —Oye, pues qué majo por preocuparte y por haber venido y eso.

​ —Mira, te voy a dar mi número de teléfono por si Patricia se pone en contacto contigo o lo que sea… ¿Vale?

​ —Vale.

​ Tras una pausa en la que reina la incomodidad y ella no parece dar el paso de ir a buscar su móvil para guardar mi número en la agenda…

​ —¿Quieres apuntarlo? ¿Tienes papel y boli? —me adelanto.

​ —Ah, claro, claro, qué tonta. Voy. Un momentito.

​ Y sigue sin invitarme a entrar.

​ ¿Dónde han quedado los buenos modales?

​ Sara desaparece por el pasillo y regresa al minuto con una hoja arrancada de una libreta de anillas y un boli BIC rojo medio gastado. Apoyo el papel en la rugosa pared del rellano, apunto mi número de móvil y se lo doy.

​ —Será mejor que lo guardes en la agenda del móvil para que no lo pierdas —le recomiendo, antes de volver a decirle que me llame si se entera de algo. Dudo que lo vaya a hacer. Parece una chica tan dispersa, que lo raro será que conserve mi número.

​ Acto seguido, le doy la espalda y, ahora sí, me marcho a casa, a ver si puedo olvidarme un poco de todo lo malo.

​ Pero si lo sé, me quedo en el hospital trabajando. Para cuando veo el coche policial en la entrada de mi casa, ya es demasiado tarde para dar marcha atrás.