Patricia
Estremecida por lo que Leo me acaba de contar y por sus planes de acabar con la vida de David, no sé qué hacer, si quedarme o irme del piso y delatarlo e intentar volver a mi vida, aun siendo consciente de que, después de esto , nada volverá a ser igual.
Irme no es una opción. Porque Leo ha matado al sicario del parking, pero seguro que hay más, que si uno no ha conseguido su objetivo o cumplido con el cliente o lo que sea, vendrá otro, y la próxima muerte que anunciarán en la tele será la mía.
O ni siquiera eso. A lo mejor me estoy dando demasiada importancia y en realidad soy tan insignificante que no se entera nadie.
—La noche en la que se os coló ese… bueno, un asesino a sueldo, un sicario…, ¿no? —Leo asiente compungido—. David y yo fuimos a Cedeira. Estábamos en un restaurante cenando, él se puso a trastear con el móvil, y os encontró. Al fin sabíamos de qué nos sonabais tanto, erais…
No puedo decírselo a la cara: «Asesinos».
—Puedes decirlo. Asesinos —ataja Leo leyéndome el pensamiento—.
Pero, en realidad, yo maté a Íñigo. Clara era inocente, solo cometió el error de quedarse a mi lado.
Ella era incapaz de matar a una mosca. Y, como te digo, sé que, en el fondo, me repudiaba por lo que hice.
Por la violencia que empleé. No lo pude evitar…
Y aun así, lo dejó todo y escapó conmigo.
Podría haberme denunciado, cargarme las culpas a mí, decir que yo había matado a Íñigo y la había secuestrado, no sé…
tenía mil excusas para librarse de la cárcel y yo no se lo habría impedido. Pero no lo hizo.
Lo miro y lo primero que pienso con un escalofrío recorriéndome el cuerpo es: ha matado a tres hombres.
Primero a Íñigo. Por Clara, todo el mal que Leo ha causado ha sido por ella.
Después se cargó al hombre que irrumpió en Casa Nigra cobrándose la vida de Clara, porque se confió y pensó que antes había abatido a Leo, que se hizo el muerto tras un disparo al aire.
Y hace unas horas a otro asesino a sueldo que me esperaba en el parking, volándole los sesos.
Se necesita mucha frialdad. Vamos, que yo sería incapaz de hacer lo que ha hecho Leo, aunque a saber cómo podría reaccionar en una situación de peligro o en el caso de que la vida de alguien a quien quiero esté en riesgo.
—Vale, el caso es que… —continúo—. David salió del restaurante.
Estuvo un buen rato hablando por teléfono fuera, en la calle, lo vi a través del ventanal.
Me dijo que había estado hablando con su mujer.
Descubrir quienes erais lo había puesto muy nervioso y ella es la única que consigue calmarlo.
No me lo creí. Cuando a la mañana siguiente vi a Clara…
y pensé que el hombre muerto que estaba encima de ella eras tú, lo primero que pensé fue que David había llamado a alguien para quitaros de en medio.
Leo emite un chasquido y compone una mueca de dolor.
—Ojalá no haber coincidido nunca, Patricia.
—De no habernos cruzado, yo estaría muerta.
«Pero Clara no», parece estar pensando.
—¿Por qué? —se extraña—. A ver, creo que es por todo lo que pasó en Brétema, ¿no? Para que no haya testigos y todo eso. No creo que David hubiera enviado a nadie a matarte si lo de Brétema no hubiera pasado.
Sacudo la cabeza a modo de negación.
—Antes que yo hubo otras. Y aún no sé qué les pasó, pero creo que no acabaron bien.
Son las cuatro de la madrugada y estoy completamente desvelada. Aunque me sé de memoria los nombres de las antiguas amantes de David, que también trabajaron como residentes en el Hospital Las Cruces, cojo el papel arrugado que me ha dado Mati en la azotea.
Carlota Pérez - Ana Vallejo - Petra García
—¿Quiénes son? —pregunta Leo, mirando el papel con curiosidad.
Voy a por mi iPad, lo enciendo y busco sus nombres en Google. Que me quede con Leo o no, depende de lo que encuentre. Y vaya, al escribir el primer nombre, decido quedarme por mi propia seguridad.