Leo
—Tengo todo el tiempo del mundo —me dices desafiante, cruzándote de brazos, y yo te miro sintiéndome ridículo con este jersey de rombos y estos tejanos acampanados, pero podría ser mucho peor. Podría estar muerto. Como Clara. Ella no merecía un final así.
Conocí a Clara en unas reuniones de Alcohólicos Anónimos a las que ella empezó a acudir a espaldas de Íñigo, su pareja, a quien había intentado dejar muchas veces por el continuo maltrato al que la sometía, pero, por una cosa o por otra, siempre volvía.
La tenía destrozada. Física y psicológicamente.
Muerta y enterrada en vida. Si yo no hubiera aparecido, Clara se habría convertido en una nueva víctima de violencia machista.
Ese tío era un monstruo. Y sí, fui despiadado, un salvaje, un animal que merece pagar por lo que hizo, pero nadie se interesó en conocer la auténtica historia.
Lo que de veras había detrás de ese asesinato cruel, porque sí, fue muy cruel, pero se lo merecía.
No siempre fui así, ¿sabes? No lo sabes, claro, cómo lo vas a saber si solo has conocido lo peor de mí, pero te lo voy a contar.
Vengo de una familia de clase media alta para la que, pese a mis múltiples intentos de no decepcionarlos, soy una vergüenza.
Supongo que actualmente, después de matar a Íñigo, también me he convertido en un tema tabú.
Estudié publicidad y enseguida entré a trabajar en GLINT, una de las mejores agencias del país.
Me encantaba mi trabajo y echaba más horas que nadie.
Me ascendieron, me enamoré, me desenamoré, me volví a enamorar, me volvieron a ascender…
Ganaba lo suficiente como para alquilar yo solo un enorme ático en pleno centro, con vistas al Retiro, y conducir un cochazo.
Y entonces llegó Brétema, un enclave exclusivo para pijos que necesitaba publicidad al hallarse en tierra desconocida.
Conseguí la cuenta con un montón de ideas para convertir Brétema en uno de los retiros más conocidos del país.
Todo fue genial, hasta que contratamos a influencers para que pasaran una noche y contaran su experiencia en redes sociales.
Entre esos influencers estaba Matilda, seguro que te suena.
No hay espíritus, Patricia. El lago de Brétema está limpio.
La idea de que Matilda publicara el vídeo del fantasma de una mujer saliendo del lago, puesto que, en ese momento, aunque ahora se haya pasado al mundo de la cosmética, era la influencer más mística y espiritual, fue mía.
Solo mía. Era una apuesta arriesgada pero genial.
El vídeo estaba trucado, claro. Sin embargo, la gente cree en fantasmas o necesita creer en ellos, porque pensar que la muerte es el final y después no nos espera nada, es demasiado deprimente.
A nadie se le ocurrió que el vídeo fuera falso.
Matilda se negó a decir que no era auténtico o que había sido un truco que le habíamos pedido desde la agencia, porque eso la haría perder credibilidad.
El vídeo se hizo aún más viral de lo que esperábamos, pero, lejos de atraer visitas, que era nuestra intención, Brétema se hundió.
Los clientes denunciaron a GLINT por no haberles presentado la propuesta y no haber tenido ocasión de rechazarla, mis jefes no asumieron la culpa, me la cargaron a mí, y me despidieron.
Mi carrera se había acabado. Ninguna otra agencia volvería a confiar en mí y, si me lo montaba por mi cuenta, no conseguiría clientes.
El nombre de Leo Arribas estaba gafado en el mundo de la publicidad.
Lo perdí todo. Adiós carrera. Adiós a la novia porque ya no podía hacerle regalos caros ni llevarla a los restaurantes más exclusivos de Madrid.
Adiós sueldazo. Adiós ático con vistas al Retiro.
Y adiós al cochazo, claro. Me lo embargaron todo.
Todo lo que había conseguido con mi esfuerzo, a base de trabajar día y noche como un cabrón, se esfumó en menos de lo que dura un pestañeo.
Me hundí.
Me refugié en las drogas y en el alcohol.
Empecé a pasar demasiado tiempo en la calle con mala gente.
Mi familia me dio la espalda. Qué vergüenza. Eres una vergüenza.
El odio se me fue acumulando. No lo supe gestionar.
Alquilé un bajo en Vallecas oscuro, con las paredes desconchadas por la humedad.
Me fui gastando todos mis ahorros…
Hasta que un día me miré en el espejo y me di asco. No me reconocí. Nadie de mi «vida anterior» me habría reconocido en ese estado.
En un intento por curarme y conocer a otras personas con los mismos problemas de adicción que yo, empecé a ir a Alcohólicos Anónimos, donde, como te he dicho, conocí a Clara.
Me enamoré. Se me fue la pinza. Pensé que la mala época que estaba atravesando tenía una razón de ser: salvarla.
Y la salvé de la única manera que tenía para que ese monstruo no volviera a hacerle daño: matándolo.
¿Llegué a arrepentirme?
Nunca.
Porque, seamos sinceros, Patricia, llevarme a Clara a mi piso y denunciarlo no habría servido de nada.
No lo habrían encarcelado o habría salido a los dos días y habría ido a por Clara hasta acabar con ella.
Clara me lo dijo una vez: «Siempre me acaba encontrando».
Y con esas palabras grabadas a fuego y el deseo de Clara de que muriera, le rajé el cuello a ese cabrón. Muerto el perro, se acabó la rabia.
La última noche en Brétema
Sabes más de mí de lo que nunca llegó a saber Clara, y no te imaginas lo mal que me siento por eso.
Ella me preguntaba de qué conocía Brétema.
Nunca le conté que ese lugar «perfecto» para escondernos había sido el principio de todo lo malo que me había pasado.
Bebía a sus espaldas, me comporté como un capullo, sobre todo desde que David y tú aparecisteis.
Le dije cosas que… que ojalá nunca le hubiera dicho y me odio a mí mismo por haberlo hecho.
Sabía que Clara me había dejado de querer, en el caso de que alguna vez me hubiera querido.
Quizá solo me vio como un escudo, una escapatoria a la mierda de vida que tenía con Íñigo.
No me lo llegó a echar en cara, creo que le daba miedo, pero nunca me perdonó que matara a su novio.
Minutos antes de morir, Clara me dijo que no podía dormir, que cerraba los ojos y lo veía.
La perdí cuando hice lo que creía que tenía que hacer y, aun así, me siguió.
Clara me habría seguido hasta el fin del mundo.
Y ahora, ahí va. La última noche en Brétema.
Clara y yo estábamos en la cama cuando llamaron a la puerta. A veces soy tan ingenuo que doy pena, ¿sabes? Pensaba que era David, que venía a darme la pasta. No los cien mil que le había pedido, porque sabía que era imposible, pero te juro que me habría conformado con quinientos euros.
Fui a abrir la puerta, donde esperaba un tío alto, fuerte e imponente que, efectivamente, no era David.
Nos miramos durante unos segundos en la oscuridad.
Un tío vestido de negro con un pasamontañas cubriéndole la cara idéntico al que llevaba el que te esperaba en el parking, nunca indica nada bueno.
Así que, antes de que me apuntara con el arma que escondía en la cinturilla, le pregunté:
—¿Quién te envía?
El muy cabrón, que parecía que detrás del pasamontañas estaba sonriendo y disfrutando de mi miedo, me dijo con una voz ronca de ultratumba:
—Doctor David Hernández.
Acto seguido, se abalanzó sobre mí. Forcejeamos un poco, el arma se disparó, sonó un disparo y…
me hice el muerto. Me aparté, me tumbé en posición fetal, y no sé si es que el tío era novato o qué, pero ni siquiera se detuvo a comprobar si me había herido.
De haberlo hecho, se habría dado cuenta de que la bala ni siquiera me había rozado.
Pero Clara… fue directo a Clara, que seguía en la cama, y la acribilló a balazos antes de que yo lo sorprendiera por la espalda y lo apuñalara repetidas veces con el cuchillo más grande y afilado que había encontrado en la cocina, hasta terminar abriéndole el cuello, que, por lo visto y según la jerga policial, es mi modus operandi.
El tío cayó encima del cuerpo sin vida de Clara.
Solo lamento no haberle podido ver la cara mientras lo mataba.
Fue a ese puto sicario que envió David al que visteis, no a mí.
Me quedé petrificado, sin poder apartar la mirada del cadáver de Clara, pero tenía que marcharme.
No podía quedarme ahí. Robé el arma cargada del muerto, porque ya entonces intuía que la iba a necesitar.
Rebusqué en sus bolsillos y le saqué cincuenta pavos de la cartera, suficiente para echarle gasolina a la moto.
Le quité el pasamontañas. Necesitaba verle la cara a ese cabrón.
El color de su pelo era tan negro como el mío, por eso tú…
David y tú pensasteis que era yo. Cogí mis cosas y subí por la montaña a oscuras, tropezando un montón de veces, hasta llegar a mi moto.
Me fui sin mirar atrás, dejando a mi paso un reguero de la sangre del sicario, pensando en qué iba a hacer a partir de ese momento, porque sin Clara nada tenía sentido.
Había matado por ella, Patricia. Había arruinado mi vida por ella.
¿Y ahora qué, eh? ¿Qué? Lo más fácil habría sido entrar en una comisaría.
Entregarme. Y lo haré. Te juro que lo haré, pero antes tengo que vengar la muerte de Clara y matar al cardiólogo.