La otra pareja del lago Patricia
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Patricia

No me lo puedo creer. Es que no me lo creo. Acabo de ver mi cara en la tele. A estas horas, he salido en todos los medios como meses atrás le pasó a Clara, pobre Clara, y siento que estoy a punto de enloquecer.

​ Mi primer pensamiento es: «Sal cagando leches de aquí, estás a tiempo de explicar lo que ha pasado y entregarte, meterte en una sala de interrogatorios, permitir que te graben y decirles que no eres culpable de nada, salvo de haber tenido una aventura con un hombre casado que además es tu superior y tiene la costumbre de contactar con sicarios para que le solucionen los problemas ».

​ Porque está claro que me he convertido en un problema para David.

​ Pero Leo no me lo va a poner fácil. No emplea la violencia, eso no.

Solo me pide de manera paciente que me tranquilice, que vuelva a sentarme en el sofá y que lo escuche con atención.

Después, si sigo pensando que es lo que tengo que hacer, no me impedirá salir por la puerta para pedir ayuda y delatarlo y librarme de este embrollo en el que me ha involucrado, aunque…

​ —Sinceramente, espero que no lo hagas.

No quiero que me detengan con estas pintas tan…

¿ochenteras? Creo que mi padre tenía un jersey de rombos parecido a este cuando tenía veinte años —se ríe, y, aunque yo estoy tan aturdida y paralizada que no se me ocurriría bromear en un momento tan tenso como este, su comentario me hace verlo más humano pese al turbio pasado que está claro que arrastra.

​ Después de la ducha, Leo no parece el mismo monstruo violento que me ha asaltado en el parking instantes después de dispararle a un tío en la cabeza con la excusa de protegerme.

Me echo a temblar cada vez que pienso que, si Leo no hubiera aparecido, el cadáver hallado en el parking habría sido el mío.

A estas horas, las noticias serían muy distintas.

Madre mía. ¿Me habrán visto mis padres en la tele?

¿Mi hermano? ¿Mi tía? ¿El pueblo entero?

¡El pueblo entero! Si a algún periodista se le ocurre acercarse al pueblo, los vecinos estarán encantados de tener su minuto de gloria y decir a cámara con una sonrisa de satisfacción:

​ —Uy, Patricia Serna es una asesina. Tuvo que huir de aquí porque mató a su mejor amiga.

​ Ay no…

​ Volviendo a Leo…

​ En este momento no me parece el mismo hombre que conocí en Brétema y tuvo la cara dura y la mala idea de chantajear a David pensando que era un indefenso cardiólogo sin contactos en el infierno que le daría lo que fuera para que su infidelidad no saliera a la luz.

Bueno, si yo no tenía ni idea de lo peligroso que ha resultado ser David, ¿cómo iba a saberlo él?

Leo solo vio a un hombre apuesto y elegante que vestía ropa de marca, que conducía un coche carísimo y que se había escapado a Brétema para pasar unos días con su joven amante.

Pensó que podía sacar tajada de la situación sin pensar que las apariencias engañan.

No les quedaba nada de dinero, estaban desesperados.

El caso es que no sé qué ha provocado este cambio en Leo, que huyó de Brétema en su moto con la idea de regresar a Madrid y encontrarme, cuando lo más fácil habría sido seguir escondiéndose en algún lugar remoto de la España profunda.

Pueblos abandonados los hay a patadas. Aunque supongo que, sin Clara, nada tiene sentido.

A Leo lo está moviendo la necesidad de justicia.

La sed de venganza. No puede acabar bien.

No piensa con claridad. La motivación de Leo es acabar con David, el responsable de la muerte de Clara.

Ya no le importa terminar sus días en prisión.

​ Así que le hago caso y vuelvo a sentarme en el sofá, dispuesta a escuchar su versión de lo que pasó en Brétema. Tengo curiosidad, para qué negarlo, y, muy a mi pesar, se lo debo, porque soy consciente de que, si sigo viva, es gracias a él.