Patricia
—¿Pero por qué te da miedo? No creerás en fantasmas, ¿no? —me preguntó un día, entre confusa y divertida.
—No es sano conservar la ropa de los muertos, tía.
Creo que nunca he vuelto a decir nada más sensato, pero mi tía se enfureció y me empezó a gritar.
Me dijo que si algún día tenía la suerte de encontrar un amor como el que ella había tenido con Alejandro, entenderé que lo que no es sano es desprenderte de aquello que un día cobijó el cuerpo de la persona a la que más has amado.
Seguía sin estar de acuerdo, pero… quién soy yo para juzgar.
Leo sigue en la ducha, oigo el agua correr.
He preparado un par de bocadillos de jamón y queso que esperan en la tabla de madera de cortar de la cocina.
Todo está a oscuras, y me adentro en la habitación de mi tía con el corazón latiéndome frenético.
No enciendo la luz. Por si acaso. Pero mi mente me juega una mala pasada, vuelve a sonar Happy together , y el fantasma de un hombre grande y fuerte idéntico a Alejandro, a quien reconozco de las fotos amarillentas que mi tía conserva, me observa en silencio desde una esquina.
Descorro un poco la cortina de la ventana, lo suficiente para que entre un poco de la luz que arrojan las farolas de la calle, aunque mis ojos se han adaptado bastante bien a la oscuridad.
La canción se desvanece y el fantasma también.
Abro el armario de mi tía y voy directa a la ropa de hombre que lleva más de treinta años en desuso.
Para mi sorpresa, está en buen estado y no huele mal ni está corroída por las polillas, por lo que deduzco que mi tía la ha ido lavando a lo largo de los años.
Elijo unos vaqueros negros, una camisa de cuadros y un jersey de rombos desfasado que me hace gracia.
Salgo de la habitación y vuelvo a cerrar la puerta.
Discreta, entro en el cuarto de baño. Leo, cuya silueta se intuye tras la mampara biselada de la ducha, no se da cuenta.
Dejo la ropa del difunto encima del retrete y regreso al salón.
«Vete. Vete, ahora puedes irte, estás a tiempo, ¡vete! Ve a la primera comisaría que encuentres, ese tío te va a meter en problemas», me dice una vocecilla a la que si le hubiera hecho más caso, probablemente las cosas me habrían ido mejor.
La dura realidad es que, haga lo que haga, ya estoy metida en problemas. David me quiere ver muerta. Y si Leo no hubiera aparecido armado en ese preciso momento…
Uf.
Miro a mi alrededor con desazón. Nunca me ha gustado la oscuridad ni este piso construido a finales de los años sesenta del siglo pasado que tantos malos recuerdos conserva.
Por eso mi tía, en cuanto se jubiló, decidió pasar más tiempo en el pueblo que aquí, pero tampoco se decide a alquilarlo o venderlo.
Prefiere dejarlo vacío durante meses. Y ahora lo entiendo.
Hay experiencias que nunca se superan y recuerdos de los que es necesario alejarse porque se impregnan en las paredes.
En este piso mi tía fue feliz en una época en la que yo no existía y también se sintió muy desdichada.
Cuando hace once años vine a vivir con ella, parecía contenta de tener compañía.
A menudo decía que los seres humanos no estamos hechos para estar solos.
Y ella se había sentido muy muy sola aquí.
Todos arrastramos historias. Siento que la mía no ha hecho más que empezar y que es un desastre.
Me levanto del sofá y corro las cortinas.
Conecto los enchufes de la tele y la enciendo, en busca de un canal de noticias.
El resplandor que proyecta la pantalla me irrita los ojos, así que los cierro un momento aguzando el oído por si la presentadora menciona lo ocurrido en el parking del hospital.
Pero estoy tan exhausta que me quedo dormida al instante.
···
Ignoro cuánto tiempo ha transcurrido desde que me he quedado dormida en el sofá cuando Leo, que desprende un agradable olor a vainilla y parece un viajero del tiempo procedente de la década de los ochenta con el jersey de rombos que le va un poco grande y los tejanos ligeramente acampanados, me despierta gritando:
—¡Patricia! ¡Patricia, joder, despierta! ¡Nos han pillado!
Al principio es solo un eco lejano sin importancia.
¿Es Leo? ¿Pero Leo no está muerto? ¿Qué dice? ¿Que nos han pillado? ¿Cómo? ¿Quiénes? Estoy soñando, ¿verdad? Sigo dormida y estoy soñando.
Pero tengo los ojos abiertos. Estoy en el piso de mi tía Úrsula. Y Leo sigue gritando. Leo no está muerto. Recuerdo qué hago aquí y por qué Leo está a mi lado, recién duchado y vestido con la ropa de Alejandro, el único novio que tuvo mi tía y que falleció hace más de treinta años.
Le ordeno silencio con una brusquedad poco habitual en mí. Obedece y se calla y hasta da un paso atrás como si me temiera, lo cual me parece de chiste porque soy yo la que debería temerle a él.
Dirijo la mirada al televisor y me impacta verme a mí misma en una fotografía que el hospital les debe haber facilitado.
No. No. No. ¡NO!
—¿Por qué sonríes, imbécil? —le digo con incredulidad y muy mala leche a la imagen de mí misma que aparece en la pantalla del televisor mientras Leo, que sigue de pie, me mira como si estuviera fuera de mis cabales.
«¿Qué dice la presentadora? ¡¿Qué cojones está diciendo?! ¿Por qué mi cara sale en la tele?».
Esto no puede estar pasando, no puede ser real. Sigo dormida, eso es, sigo dormida. Pero esto no es un sueño, no, ojalá lo fuera. Esto es una puta pesadilla de la que no puedo despertar.