David
—¿No vas a cenar más, cariño? —me pregunta Victoria clavando la vista en mi plato. No me quedan fuerzas ni para masticar un trozo de pollo más.
—No —contesto a duras penas sin ocultar la ansiedad que me aprieta el pecho—. Se me ha cerrado el estómago. Me voy a dormir, estoy agotado y parece que mañana me espera un día duro.
—¿Por lo del asesinato en el parking? —se preocupa.
Victoria todavía no sabe que han matado al Inmortal , aunque seguro que su padre sí está al corriente. No sé cómo lo hace, pero el cabrón de mi suegro se entera de todo, aun estando en la otra punta del mundo.
—Sí, eso… nos van a interrogar a todos.
—¿Pero por qué a todos? Es una pérdida de tiempo. Sois médicos, salváis vidas, no…
—La policía tiene que hacer su trabajo —atajo, antes de que continúe errando.
Sí, somos médicos y salvamos vidas, pero, como a todos, se nos puede ir la cabeza, y yo estoy obsesionado con quitarme de en medio a Patricia, aunque, a estas alturas, ¿hace falta?
No dejo de pensar en la información que Emilio me ha facilitado.
No sé cómo lo ha hecho. Posiblemente Patricia me ha tendido una trampa.
La he subestimado y ahora me doy cuenta de que es más lista de lo que pensaba. Pero está metida en problemas.
—Claro, descansa. Yo me quedo un ratito más mirando la tele, que hay una serie en Netflix que me tiene enganchada y no tengo sueño —me cuenta con entusiasmo dándome un cariñoso beso en los labios, y qué envidia me da. Nada le preocupa ni le atormenta ni le pesa.
Subo las escaleras con pesadez. Predigo que la noche va a ser larga y que no voy a poder pegar ojo, aunque cuando Victoria se acueste a mi lado, me haré el dormido.
Las puertas de las habitaciones de mis hijos están cerradas.
El tiempo vuela. Hasta hace poco eran tres niños pequeños que me adoraban y ahora…
ahora son adultos y, debido al poco tiempo que les dediqué, no me soportan.
Lo he hecho todo mal. Como padre he sido pésimo.
Parece que me toleran, sobre todo el pequeño, Pablo, pero Álvaro y Pelayo son…
distintos. No soporto que no hagan nada con sus vidas, que lo hayan tenido tan fácil y piensen que siempre va a ser así, que, al igual que su madre, no necesitan estudiar ni trabajar porque nunca les va a faltar de nada.
Se les conoce como ninis, ¿no? Pelayo tiene un canal de Youtube, ignoro si le da beneficios, y Álvaro…
bueno, Álvaro es Álvaro y mejor no meterse en sus cosas.
Me acerco a la puerta que da a su dormitorio, preguntándome qué hace ahí dentro tantas horas.
Al menos, Pelayo y Pablo salen, tienen amigos, han tonteado con algunas chicas…
pero Álvaro se pasa el día en casa, el blanco de su piel es casi nuclear de lo poco que le da el sol.
Me acerco a su puerta, de donde me llegan voces y gritos de mujer.
¿Está viendo una película? Me resulta inquietante.
Ignoro el cartel de «NO PASAR» que tiene pegado en la puerta con el dibujo de una calavera para disgusto de Victoria, me atrevo a girar la manilla y…
—¡Qué coño haces, joder! ¡FUERA DE AQUÍ! —me grita Álvaro con violencia, abalanzándose contra la puerta y cerrándomela en las narices hasta el punto de que casi me parte la cara, como si hubiera intuido mi presencia antes siquiera de que a mí me pudiera la curiosidad y quisiera entrar.
Vale. Esto no lo he visto venir. Pero suficientes problemas tengo como para añadir otro, porque Álvaro, en estos momentos, es el menor de mis males.
Y es que Emilio me ha mandado varios mensajes.
Me prepara para lo que nos espera. La policía está haciendo preguntas.
Y unas discretas cámaras ubicadas estratégicamente en el parking han captado algo que me ha parecido tan inquietante como curioso: Patricia conduciendo su coche de manera errática y subiendo la rampa a tal velocidad que casi se estampa contra la barrera, con un hombre sentado en el asiento del copiloto al que han identificado como Leo Arribas, al que buscan desde hace tres meses por el asesinato de Íñigo Rey.
Pero no puede ser.
Y esto no lo puedo compartir con nadie, ni siquiera con Emilio, porque es un secreto entre Patricia y yo.
Leo está muerto.
Yo lo vi con mis propios ojos en Brétema. Y Patricia también, recuerdo lo angustiada que estaba.
¿A qué ha estado jugando esa maldita niñata? ¿Aprovechó mis escapadas a Cedeira para aliarse con Leo y tenderme una trampa? ¿Patricia estaba detrás del chantaje de Leo? ¿Y qué pintaba la otra, Clara? ¿También está viva?
JODER.
¿Y ahora qué?