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PATRICIA
C uando entramos en el piso de mi tía Úrsula, establecemos varias normas.
No encender las luces, especial cuidado en la cocina, que da al patio de vecinos y ahí están todos ojo avizor.
En caso de que nos veamos en la necesidad de salir, tenemos que pasar desapercibidos en el portal, en el ascensor y en el rellano.
Mejor bajar y subir por las escaleras. Mi tía se lleva genial con todas las vecinas y, si ven un ínfimo rastro de vida en el piso, no tardarán en llamar a la puerta.
Si me ven entrar a mí una o dos veces, tampoco pasa nada, me conocen desde hace años.
No hay plantas que regar, pero siempre puedo inventarme que he venido a comprobar que todo está en orden.
—¿De qué pueblo eres? —se interesa Leo.
—No voy a darte detalles de mi vida. Vete a dar una ducha. Prepararé un par de bocadillos para cenar.
—Patricia…
—¡No tengo móvil! ¡¿Vale?! —estallo, y entre los nervios, la tensión y el estrés de estos últimos días, me es inevitable gritarle, aun sabiendo que corro el riesgo de que algún vecino me oiga.
Las paredes son muy finas—. He perdido el móvil, mi tía no tiene teléfono fijo en casa, ¡no puedo llamar a nadie y tampoco voy a salir a pedir ayuda a ninguna vecina!
Los vecinos más jóvenes de este edificio tienen setenta años, no quiero ser la responsable de ningún infarto. ¡JODER!
—Y supongo que el cardiólogo no conoce la ubicación de este piso —quiere asegurarse Leo—. Después de lo que ha pasado en el parking, te conviene tanto como a mí esconderte, Patricia. Al menos, mientras el cardiólogo siga con vida.
—¿Y qué piensas hacer? ¿Matarlo?
—Ojalá se dé la oportunidad, sí —contesta, frío como un témpano de hielo y con cara de póker.
Es imposible saber qué piensa en realidad y si siente algo, si hay un poco de humanidad en ese corazón que hace unos días palpé y latía a toda velocidad por el contacto con mi mano.
Los días en Brétema ahora me parecen un sueño.
Una pesadilla, más bien, que me ha arrastrado hasta el lugar oscuro en el que siento que me encuentro ahora.
Y lo peor de todo es que no tengo ni idea de cómo voy a salir de aquí.
—Podría haberme quedado en mi piso, Leo. He tenido la oportunidad de delatarte.
—Y no lo has hecho —sonríe—. Sabía que no lo harías, que podía confiar en ti.
—¿Estás contento? —Me mira confundido—. Necesitas tener a una mujer a tu lado, ¿no? Antes tenías a Clara, ambos huíais porque matasteis a su novio, y ahora que ella está muerta, yo me he convertido en tu nueva rehén. Porque no habrá otro giro de guion, ¿no? Clara sí está muerta —tanteo de nuevo.
—Clara no era mi rehén y tú tampoco lo eres —replica, componiendo un gesto de dolor que me hace comprender que lo que sentía por Clara era auténtico y que ella, efectivamente, sí está muerta, su cadáver debajo de un hombre cuya identidad desconozco, a la espera de que la encuentren.
Todavía no habrán ido a Brétema a acondicionar las casas, porque no ha saltado la noticia de su asesinato, y ya me estoy compadeciendo de la persona que tenga que enfrentarse a aquel escenario horrible.
A Leo se le humedecen los ojos. Anda, al fin atisbo un poquito de humanidad.
Vaya. Pero si está a punto de llorar. Igual sí hay algo de sensibilidad en ese corazón.
A lo mejor, lo que le pasa a Leo, es que tiene complejo de DEXTER.
Si Íñigo maltrataba a Clara y el tío del parking me estaba esperando para matarme…
—Cuéntame qué pasó en Brétema —le pido.
—Luego. Antes quiero darme una ducha, que apesto. Si ya me llevé un montón de sangre de Brétema, seguro que me han quedado restos de los sesos del cabrón del parking en la ropa.