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PATRICIA
L eo se queda en el coche.
—Confío en ti. No me la líes y recuerda que te he salvado la vida —me dice sin necesidad de volver a apuntarme con el arma con la que me ha dicho que se ha cargado al tío que me estaba esperando en el parking para mandarme al otro barrio.
Temblorosa como un flan, dejo las llaves puestas en el contacto.
Salgo del coche para, en un principio, subir al piso que comparto con Sara, Natalia y Olivia, y llevarme la copia de las llaves del piso de mi tía, ubicado en Usera.
Pero sería tan fácil dejar a Leo tirado…
él lo sabe, y aun así, confía en que haré lo que me pida.
Pero ya en la seguridad de mi piso, fantaseo con que podría llamar a la policía, contárselo todo, decirles que Leo Arribas, a quien buscan por el asesinato de Íñigo Rey, está en el asiento del copiloto de un Clio viejo de color gris aparcado en la calle de Tomás Borrás.
Sin embargo, me recuerdo que estoy en peligro. Que David ha enviado a un matón a por mí. Y es posible que no hubiera creído ni una sola palabra de lo que me ha dicho Leo, si hace unas horas Mati no me lo hubiera insinuado.
Cuando entro en el piso, Sara, alarmada, se levanta del sofá. La tele está encendida.
—¡¿Pero por qué no me coges el teléfono?! ¡Te he llamado como mil veces, Patri! —me grita Sara, histérica.
—He perdido el móvil. ¿Qué pasa?
—Han asesinado a un hombre en el parking del hospital en el que trabajas.
Es el de Las Cruces, ¿no? —Asiento notando un ligero mareo que hace que me tenga que apoyar en la pared, pero Sara está tan alucinada con la noticia, que no se da cuenta—.
Le han disparado en la cabeza, tía, muy fuerte. Estaba superangustiada por ti.
Leo. Ha sido Leo.
Al asesinato de Íñigo Rey se le suma este, y seguro que también mató al hombre que vi encima del cuerpo sin vida de Clara y al que confundí con el propio Leo porque no le vi la cara, aunque no tengo muy claro qué pasó aquella noche en Brétema.
Leo no me ha contado nada. Lo único que sé es que no me ha mentido.
Si ha matado al tío del parking, ha sido porque iba a por mí, porque David lo envió a por mí, así que, sí, ahora me consta que Leo me ha salvado la vida y eso lo cambia todo. Tengo que volver con él.
—Y… eh… ¿Se sabe quién era? —consigo recomponerme.
—No han dado muchos detalles, solo sospechan que ha sido un ajuste de cuentas o algo así porque era un tío bastante chungo. Algo de drogas, supongo.
«Había un tío esperándote. Iba armado y llevaba un pasamontañas igual que el tío que se nos coló en Brétema. Estás en peligro».
Sara sigue hablando, pero he dejado de escucharla.
Lo primero que hago al entrar en mi habitación es abrir el primer cajón de la mesita de noche y coger las llaves del piso de mi tía.
Si David vuelve a enviar a alguien a por mí, en Usera no me encontrará.
Aunque le conté mi historia, jamás le di la ubicación del piso de mi tía.
Y ya puedo ir inventándome una buena excusa para faltar unos días en el hospital, al menos hasta que descubra qué les pasó a las otras residentes y demostrar, aún no sé cómo, que David me quiere ver muerta.
¿Acaso sus antiguas amantes, que también fueron residentes en Las Cruces, están muertas?
¿Eso es lo que Mati no fue capaz de decirme por miedo, porque en el hospital no se habla de esas cosas … ?
Cojo la maleta que me llevé a Brétema y no llegué a deshacer, y meto el iPad.
También me llevo cien euros en dos billetes de cincuenta que tengo en efectivo.
Con las llaves del piso de mi tía en la mano para no olvidármelas, el bolso colgando del hombro y la maleta, recorro el pasillo a toda velocidad y me detengo en la cocina.
Abro la nevera y vacío mi balda, metiendo toda mi comida en una bolsa de plástico.
—¿Se puede saber qué haces, Patri? —me pregunta Sara aturdida.
—Me voy unos días.
—¿Otra vez? ¿Adónde?
—Sara —me planto, tan cargada de cosas que apenas puedo moverme con agilidad—. No eres mi madre, ¿vale? Ni mi madre me hacía tantas preguntas cuando salía por ahí. Me voy unos días. Ya volveré. No te preocupes.
—¿Sabes lo raro que es esto, no? —vuelve a la carga cuando abro la puerta y pongo un pie en el rellano. Su mirada suspicaz, como si supiera que le oculto algo chungo, no me pasa desapercibida. ¿A qué se refiere con raro ?
—¿El qué? —disimulo con gesto inocente: ojos abiertos, cejas arqueadas, labios curvados ligeramente hacia abajo.
—Que matan a un tío en el parking del hospital en el que trabajas y tú entras en el piso como un huracán, haces la maleta a toda prisa, vacías tu balda de la nevera y desapareces. O planeas desaparecer. Esa es la impresión que me da. Y no pinta bien.
Me echo a reír de los nervios. Menuda Sherlock Holmes está hecha. No tengo nada que contestar a eso y me largo sin decir adiós.
···
Vuelvo al coche echa un mar de lágrimas debido a los nervios, la tensión, el miedo y yo qué sé que más.
Este torbellino intenso que siento dentro es indomable, jamás había experimentado nada igual.
¿En qué momento mi vida ha dejado de ser una comedia romántica para convertirse en un thriller turbio y delirante en el que David ha pasado de ser un amante generoso y atento a un psicópata de manual que me ha mandado a un sicario?
Leo sigue en el asiento del copiloto, con medio cuerpo escurrido hacia abajo para que nadie lo vea.
—Lo han encontrado. Creen que ha sido un ajuste de cuentas, que el tío era chungo
—¿Lo ves? Te he dicho la verdad.
—Tienes que contarme qué pasó en Brétema.
—Cuando lleguemos te lo cuento todo.
—No irás a…
—No te voy a matar. Si tú me ayudas, yo te ayudo a salir de esta.
Lo ha dicho con tanta seguridad, que casi me lo creo.
Cuando arranco el motor y meto primera con la mirada revoloteando entre la gente que pasea por la calle, pienso que todavía estoy a tiempo de bajar del coche y pedir ayuda, sin que a Leo le dé tiempo a detenerme.