La otra pareja del lago 5
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PATRICIA

«N o, no, no, no. Esto no está pasando. No puedes ser tú. Estás muerto. Yo te vi. Te vi encima del cuerpo de Clara ¡muerto!».

​ Por dentro estoy gritando, pero no me sale la voz.

Hablando mal y en plata: estoy cagada de miedo.

Todo mi cuerpo está rígido y en tensión mientras, detrás de mí, Leo presiona con más fuerza la culata de un arma, porque debe de ser eso, ¿no?

La culata de un arma apuntando a mi espalda.

En cualquier momento se le va la mano, aprieta el gatillo, y una bala agujerea mi piel hiriéndome de muerte en el acto.

​ Mi mente está completamente nublada. Me siento inútil, incapaz de defenderme.

No tengo ni idea de cómo voy a salir airosa de esta situación.

No puedo pensar, solo una pregunta intermitente me ronda en la cabeza: ¿Esto que está ocurriendo forma parte de mi imaginación como cuando suena Happy together en bucle sin que suene en realidad?

Leo es un fantasma, me repito. Leo está muerto, ¡yo lo vi!

Lo vi muerto, cubierto de sangre, instantes antes de dejar atrás el infierno que supuso mi estancia en Brétema con David.

​ «No, no lo viste —me susurra una voz interior, ese tipo de voz a la que conocemos como intuición.

Es nuestro subconsciente alertándonos y recordándonos que a él no se le escapa nada, que a veces las cosas no son lo que parecen, y que casi siempre tiene razón—.

Viste un cuerpo inerte encima del de Clara y había mucha sangre, pero, en realidad, no le viste la cara.

El muerto al que viste podía ser cualquiera, no te acercaste y tampoco te quedaste el tiempo suficiente para comprobar que se trataba de Leo».

​ Mis ojos se mueven frenéticamente de un lado a otro. Tengo la esperanza de que aparezca alguien y me saque de este aprieto. Pero no hay nadie. Solo estamos Leo y yo y el peligro es muy real cuando vuelve a susurrarme al oído con un tono siniestro y amenazante:

​ —Vamos a tu coche. Te sigo. No hagas ninguna tontería, Patricia.

···

En el interior del coche, ahora con el arma apuntándome en el muslo, miro un par de segundos a Leo para cerciorarme de que de veras está aquí. Estoy a punto de hablar, de preguntarle si es real, pero él se me adelanta:

​ —Patricia, tenemos que irnos de aquí. Ya.

​ —No… —intento decir, pero no reconozco mi voz. Es apenas un murmullo lento y balbuceante—. No sé si… si voy a poder conducir.

​ —¿Me prometes que no vas a hacer ninguna tontería?

—Sacudo la cabeza repetidas veces a modo de negación.

Ni siquiera tengo móvil para pedir ayuda, lo he perdido.

Iba a llamar a la policía, iba a hacerlo hoy, cuando llegara a casa, y ahora…

—. Vale. ¿Si no te apunto con el arma vas a tranquilizarte?

—me pregunta, esta vez con suavidad, como si no supusiera una amenaza para mi integridad física.

Pero ya mató una vez y podría volver a hacerlo.

​ —Sería… sería genial que retirases el arma, sí.

​ Dicho y hecho. Leo guarda el arma en el amplio bolsillo delantero de su sudadera negra.

Está hecho un asco; parece un muerto viviente.

Huele fatal, mezcla de tabaco, suciedad y sudor, y parece tener tanto miedo como yo.

¿Y Clara? ¿También está viva? ¿Puede que montaran un teatrillo para que David y yo pensáramos que estaban muertos y no los acusáramos ni desveláramos dónde estaban?

Pero no respiraba. Si Clara estaba actuando, lo hizo genial, porque sus ojos…

no, aquellos ojos, recuerdo con un dolor punzante en el pecho, no tenían vida.

​ —Clara… —murmuro su nombre.

​ —Está muerta —contesta sin darme tiempo a formular la pregunta, y a mí me gustaría gritarle que él también estaba muerto, que yo lo vi, pero no…

no, claro que no, no le vi la cara—. Vamos a tu casa —añade, con la mirada fija en la ventanilla de su lado, supongo que para cerciorarse de que seguimos solos.

​ —Vivo… vivo con tres personas más.

​ —¿Y no hay otro lugar más discreto al que podamos ir?

​ El primer lugar que se me ocurre es el piso de mi tía Úrsula, que está vacío.

Tengo una copia de las llaves de su piso en mi habitación.

Desde que se jubiló, pasa largas temporadas en el pueblo.

Sí, el mismo pueblo en el que viven mis padres y mi hermano y del que hace once años tuve que huir para que no me apedrearan y al que me aconsejaron no regresar.

No hubo pruebas incriminatorias contra mí.

La muerte de Marta fue un accidente, aunque tan tonto e inexplicable que a alguien le tenían que cargar las culpas, y, ¿quién estaba más cerca de ella?

¿Quién podría haber evitado que se emborrachara hasta casi perder el sentido y que cayera por el hueco de las escaleras?

Yo. Me consideraron una asesina sin serlo, sin tener la culpa de lo que pasó.

Nadie creyó en mi inocencia. Solo mi familia, que salió en mi defensa aunque con la vergüenza reflejada en sus rostros contritos por la pena.

Entonces, caigo en la cuenta de que a Leo también se le considera un asesino y, aunque sí creo que mató al novio de Clara con una violencia desmedida y posiblemente innecesaria, también creo que, detrás de ese horrible suceso, hay una historia que jamás nos contarán en los informativos.

​ ¿Dónde me estoy metiendo? Si Leo está aquí, a mi lado, con un arma, ¿quién era el muerto que yacía inerte sobre el cuerpo de Clara?

Si delato a Leo, si se me ocurre tenderle una emboscada, me mata, estoy segura de que es capaz de pegarme un tiro.

Pero si no lo delato, estoy protegiendo y escondiendo a una persona a la que se le busca por asesinato.

Estoy obstruyendo a la justicia. ¡¿Qué hago? !

​ «Sobrevivir —vuelve a la carga mi voz interior, mucho más valiente y decidida que yo misma—. Mientras lo protejas, estarás a salvo. Porque te necesita. Y puede que tú también necesites a alguien a tu lado que ya no tenga nada que perder».

​ La advertencia de Mati regresa con fuerza, junto a los nombres de las tres residentes con las que David tuvo una aventura: «No es un simple cardiólogo, tiene mucho poder. El doctor Hernández es capaz de todo».

​ —Sí —contesto al fin—. Hay un sitio al que podemos ir —decido con inseguridad, refiriéndome al piso vacío de mi tía.

En invierno le gusta estar en el pueblo y regresa a Madrid en primavera, para volver a irse a principios de junio, por lo que no habrá problema si «escondo» a Leo allí. Cuando se confíe, llamaré a la policía.

​ —Pues venga, arranca, y más te vale que no me estés tendiendo una trampa. Si yo no hubiera aparecido, estarías muerta.

​ —¿Qué?

​ —Que te están siguiendo.

​ —A… ¿A mí?

​ Leo resopla, perdiendo la paciencia.

​ —Había un tío esperándote. Iba armado y llevaba un pasamontañas igual que el tío que se nos coló en Brétema. Estás en peligro.

​ Espera.

​ Acaba de decir: «¿Igual que el tío que se nos coló en Brétema?».

​ Pero a ver.

​ ¿Está de broma para que arranque de una vez y lo encubra? ¿Va de farol?

​ Lo miro a la cara. No va de farol, no lo dice para que lo proteja, parece estar hablando en serio.

Estoy en peligro. Y Mati tenía razón: David es capaz de todo para que no cuente lo que pasó en Brétema, con el riesgo que conlleva de que nuestro affaire salga a la luz.

¿Qué les hizo a las otras residentes? ¿A Carlota, a Ana y a Petra?

De momento, para mí, son simples nombres que Mati ha escrito en un papelito para que yo indague al respecto.

Ahora, con más urgencia que nunca, necesito saber qué les pasó.

El director del hospital, Emilio Santana, es muy amigo de David.

Siempre está dispuesto a cubrirle, por lo que la plantilla no se atrevería nunca a criticar a David y mucho menos enfrentarse a él.

Demasiado ha hecho Mati facilitándome los nombres de las anteriores residentes.

​ ¿Cómo no me di cuenta antes de que David es peligroso?

​ Meto primera y piso el acelerador, directa a la rampa de salida como si de veras hubiera alguien siguiéndome más peligroso de lo que me parece Leo, que ya es decir.

​ —Pero ya no. Me lo he cargado —añade Leo cuando salimos del parking, escurriéndose hacia abajo en el asiento para que ninguna cámara lo pille en mi coche.

Sin embargo, y no se lo digo porque del susto que tengo apenas puedo hablar y tampoco quiero que se ponga nervioso, creo que ha sido un poco lento.

No ha tenido en cuenta la cámara de videovigilancia que sé que hay un poco antes de llegar a la barrera.