La otra pareja del lago David
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David

—La residente Patricia Serna es una desequilibrada, Emilio, no puedo trabajar más con ella —le digo al director del hospital, un viejo amigo que siempre me recibe en su despacho como si perteneciera a la realeza.

Y no es para menos. Mi suegro ha invertido mucho dinero en este hospital, por lo que lo raro es que no me pongan una alfombra roja cada vez que llego—.

Llevo meses haciendo un esfuerzo y he intentado mantenerte al margen para no darte más quebraderos de cabeza, que suficiente tienes dirigiendo este lugar, pero ya he aguantado demasiado y no puedo más.

​ —¿A qué te refieres con desequilibrada? ¿Ha puesto en peligro la vida de algún paciente?

​ Inspiro hondo, fingiendo dramatismo. Me parece increíble haber llegado a este punto, cuando hasta hace solo una semana Patricia me tenía encandilado.

​ —Hace once años Patricia tuvo que escapar de su pueblo y venir a Madrid a vivir con una tía por la muerte, supuestamente accidental, de su mejor amiga.

Todo el pueblo se le echó encima, la culparon por la muerte de la chica, que solo tenía catorce años.

Cuando el río suena… Patricia no está bien de la cabeza.

​ —Y eso lo sabes porque…

​ —Porque ella misma me lo contó.

​ —David… ¿Habéis intimado mucho? —me pregunta con un deje de preocupación, y es normal.

Emilio conoce mi historial y sabe que las anteriores residentes a las que recuerdo cada día, no acabaron bien, pero jamás se atrevería a reprochármelo.

Me temen demasiado como para cargarme las culpas de lo que les pasó.

​ —No, ya sabes que desde… no, no —miento, eludiendo a Petra, mi última aventura.

Joder con Petra… era la más fogosa y cada vez que la recuerdo se me pone dura—.

No quiero más líos —añado, lo suficientemente convincente como para que Emilio siga creyendo todo lo que le digo—.

Pero Patricia me ha estado acosando. Llevo meses soportándolo en silencio.

Ya sabes… wasaps a horas intempestivas, desobediencia, insinuaciones delante del equipo…

Busca cualquier momento para acorralarme y hacerme sentir…

​ —¿Tienes pruebas? —me interrumpe, porque supongo que no quiere escuchar los detalles.

​ Desvío la mirada. Le he robado el móvil a Patricia, conozco el código porque se lo he visto poner cientos de veces, y, tal y como imaginaba, la muy zorra no ha borrado nuestros wasaps, cuando quedamos en eliminarlo todo para no dejar pruebas ni levantar sospechas.

Con lo torpe que es Patricia con la tecnología, dudo que sepa siquiera que cabe la posibilidad de que el contenido de su móvil esté guardado en la nube, por lo que se ha quedado sin pruebas para acusarme.

Tampoco ha eliminado los wasaps subiditos de tono que le mandé al principio de lo nuestro pensando, ingenuo de mí, que los eliminaría.

Fue un error. Si es que no me puedo fiar ni de mi sombra, joder.

​ —Ya sabes que borro cualquier cosa que pueda comprometer mi matrimonio, Emilio —eludo con tono cortante.

​ —No puedo echarla así como así, David, existe un protocolo, un procedimiento… La residente tendría que liarla mucho para que no volviera a pisar este hospital.

​ Me quedo con sus palabras: «Tendría que liarla mucho para que no volviera a pisar este hospital».

​ —Entiendo, Emilio —acepto, comprensivo y tranquilo, porque sé que, pase lo que pase y por muy complicada que sea la situación, Emilio siempre estará dispuesto a echarme un cable.

​ —Pero… —Emilio comprime los labios y tamborilea los dedos sobre el escritorio, manteniendo el suspense durante unos segundos antes de decidir—: … siempre podemos endiñársela a otro médico. A la doctora Torres, por ejemplo.

​ —A Torres ningún residente le dura más de un mes —sonrío con malicia.

​ —Pues por eso mismo, David. Ya sabes que siempre estoy de tu parte y que haré todo lo que esté en mi mano para que esa chica desaparezca del mapa y no te moleste más.

​ «Ahí quería llegar, Emilio —pienso para mis adentros, disimulando la euforia—. Qué fácil me lo pones siempre, amigo».