La otra pareja del lago 4
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PATRICIA

¿Y mi móvil? ¿Dónde está mi móvil? Lo había dejado en la taquilla, seguro, pero ha desaparecido, no me queda ningún rincón más donde buscar. No es el primero que pierdo, y con todo lo que tengo encima…

​ Ha sido un día horrible que estoy deseando dejar atrás, y a eso se le suma lo poco que he dormido estos tres últimos días, así que estoy para el arrastre. Quiero llegar a casa, darme una ducha, encerrarme en la habitación y no ver a nadie en tres días.

​ No he vuelto a hablar con Mati desde nuestro extraño encuentro en la azotea, y David no me ha vuelto a dirigir la palabra.

Ha hecho ver que tenía mucho trabajo y que no contaba conmigo para nada.

Lo he visto, a lo lejos, coqueteando descaradamente con otra residente, su «nueva favorita», y me gustaría advertirle que no se fíe de él.

Que es un monstruo. Hace una semana, a estas horas, estaba en una habitación de hotel con él planeando nuestra escapada a Brétema.

Me parece increíble el giro que ha dado nuestra relación.

Todo se ha roto. Además, sé que David ha estado en el despacho de dirección y que, seguramente, va a hacer lo imposible para echarme de aquí.

​ ¿Mati se ha referido a esas consecuencias ?

¿Qué podría inventar David para que me investiguen o me abran un expediente o, directamente, me «recomienden» con una sonrisa tan cordial como falsa que solicite un traslado de hospital para que mi carrera no se vea afectada?

¿Qué les hizo a las otras residentes para que «no se pueda hablar del tema»?

Tengo a buen recaudo en un bolsillo interior del bolso el papelito que me ha dado Mati con los nombres de las anteriores amantes de David.

Las buscaré en redes sociales. Empezaré por ahí.

Y después, ¿qué? ¿Qué habrá sido de sus vidas?

¿Qué van a decirme para que esté alerta? ¿Qué les hizo?

​ Cuando las puertas del ascensor se abren, me adentro en el aparcamiento donde hace trece horas he estacionado mi Clio, una vieja tartana de finales de los años noventa que heredé de mi abuelo.

​ En algún lugar suena Happy together de The Turtles.

​ «No, no está sonando, ¿cómo va a sonar la puta canción? Te la estás imaginando», me reprendo duramente para mis adentros, ejerciendo tanta fuerza en la mano con la que tengo agarrada la llave del coche, que se me clava en la palma.

La barandilla.

​ Jamás debió asomarse tanto a la barandilla.

​ La culpa fue de la barandilla, de las escaleras y de la altura que había, no mía; yo solo la llamé y ella se asomó demasiado, había estado coqueteando con una botella de ron que había robado del bar de sus padres y…

​ ¡La culpa no fue mía! ¡No fue mía!

​​ «—¡Fue tu culpa! ¡Tú tuviste la culpa, Patricia! ¡Cayó por tu culpa!».

​ Me quedo paralizada en mitad del parking desierto, desorientada y sin recordar dónde está mi coche.

Por mi mente pasan un sinfín de imágenes de la noche en la que Marta, mi mejor amiga, murió con solo catorce años, y el pueblo entero me repudió con tanta furia, que no me quedó más remedio que huir como si de verdad tuviera algo que esconder y me vine a vivir a Madrid con mi tía Úrsula.

​ Los insultos y el desprecio de todo el pueblo y la culpa, que sigue pesando, se entremezclan con Happy together .

Esa canción se cuela en mi cabeza cuando ocurre o está a punto de ocurrir algo malo.

Es como un aviso, una premonición. Como si Marta, al contrario que sus padres y todo un pueblo unido en mi contra, no me culpara de su muerte y me protegiera, introduciendo en mi mente la canción que sonaba en el momento en que murió.

​ Y de repente, la canción deja de sonar abruptamente cuando noto la culata de un arma en mi espalda y su voz ronca, firme y susurrante en mi oído, exigiéndome calma y obediencia si no quiero morir.