La otra pareja del lago 3
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PATRICIA

L a camilla llega rodando con un zumbido grave que parece atravesar el pasillo.

Estoy delante del mostrador cuando el monitor empieza a cantar su alarma más aguda: taquicardia, dolor dorsolumbar irradiando hacia el hombro izquierdo, pulso débil.

Es un hombre de unos sesenta años, viste una camiseta arrugada de manga larga y un pantalón de pijama manchado de sudor.

​ El código se activa en mi cabeza: C-A-M.

Deambulo entre la mesa de exploración y la camilla, comprobando que la vía aérea esté libre, que el oxígeno llegue con la debida presión, y que no haya sangre en el camino que dificulte la intubación.

El anestesista llega rápido. Toma la mano del hombre, buscando un pulso que no se desvanezca.

​ —¿Dónde le duele exactamente? —le pregunto.

​ —El pe-pecho… cuando… cuando respiro… pro-profundo —contesta el paciente, la voz entrecortada por el miedo y el esfuerzo.

​ —Mi colega ya ha pedido heparina y aspirina, por si acaso —dice Mati, la enfermera, ajustando la mascarilla y colocando monitores. El chest pain score es alto, y el equipo se mueve con esa precisión que solo se ve cuando todos estamos sincronizados por la gravedad de la situación.

​ Anoto en la historia clínica: edad, antecedentes, medicación actual, alergias, el dolor que no cede… El electrocardiograma muestra elevación del segmento ST en varias derivaciones; no hay tiempo para dudas.

​ —¡Quirófano en espera, entrada por la puerta 3! —oímos que dice la coordinadora de guardias por el auricular, y el murmullo de órdenes sigue su curso.

​ —Necesitamos acceso intravenoso rápido, dos agujas dobles —ordeno.

​ El hombre pestañea una vez y me mira, como buscando en mi rostro una señal que le diga que todo va a salir bien, que va a salir de esta.

​ —Tranquilo. Está en las mejores manos, vamos a cuidarle bien —le digo al hombre intentando transmitirle calma, pero esa misma calma se interrumpe cuando noto un empujón y la voz fría de David ordenándome con sarcasmo y humillándome delante de todo el equipo:

​ —Ya ha hecho su trabajo, doctora Serna. Ahora deje trabajar a los profesionales de verdad.

​ Ni siquiera se ha dignado a mirarme. Se sabe de memoria los lunares que habitan en mi piel, y el muy arrogante me da la espalda y empieza a trabajar:

​ —Cateterismo rápido. Angiografía para confirmar el infarto y, de ser necesario, intervención coronaria percutánea —predice David.

​ Lo único que importa es la vida del hombre, al que suben a la camilla adicional. El ruido del equipo se intensifica mientras yo me retiro, petrificada y haciendo un esfuerzo para mantener a raya el nudo que se me ha instalado en la garganta.

​ «No voy a llorar. No voy a ponerme a llorar delante de todos».

···

Estoy en la azotea. No fumo, pero me apetece un cigarrillo que calme mis nervios y domine a la fiera que se ha instalado dentro de mí desde que David me ha despreciado y humillado delante de todos.

​ ¿Va a ser siempre así? ¿Esto es lo que me espera si David sigue siendo mi médico adjunto? ¿No me va a permitir hacer mi trabajo y cuidar de los pacientes, abusando del poder que ejerce sobre mí?

​ Es que lo veía venir. Sabía que, si nuestra aventura se torcía, David haría lo imposible por expulsarme de su equipo.

Tampoco le conviene estar a malas conmigo, pero sabe que han pasado unos días desde que nos fuimos de Brétema, me he ido dejando dejando…

, y, si ahora llamo a la policía para informar del paradero de los cadáveres de los asesinos de Íñigo Rey a los que buscan desde agosto, va a quedar raro.

Lo primero que me preguntarán es por qué no llamé antes, en cuanto descubrí los cadáveres, y, sobre todo, por qué me fui de Brétema sin dar aviso como si tuviera algo que esconder.

Siempre puedo usar el comodín de David. Culparlo a él.

Él me arrastró, me prohibió decir nada para que su mujer no se enterara de su infidelidad y sus mentiras...

Miren, tengo todos sus wasaps, miren la de guarradas que me mandaba.

​ No sé. Creo que ahora es demasiado tarde para hacer lo correcto .

​ Nadie me ve, así que me permito llorar un poco.

Ojalá pudiera retroceder en el tiempo y decirle que no.

No a aquella primera y perfecta cita en un restaurante de lujo del centro de Madrid en la que David me hizo sentir única y especial, como si de veras sintiera algo por mí.

Y yo caí rendida a sus pies y no pensé en las consecuencias de que fuera mi superior y estuviera casado.

​ «Esos líos nunca salen bien».

​ Me lo advirtieron. Mati y Rosa me lo advirtieron, y no las escuché.

​ Llevo horas actualizando Google con «Brétema» en el buscador.

Brétema, ese lugar maldito. He visualizado el famoso vídeo que publicó la influencer hace años, en el que se ve el espíritu de una mujer emergiendo del lago, y, con cada visualización, más falso y preparado me parece.

Pero sí hay muertos en Brétema, claro que los hay, yo misma los he visto con mis propios ojos y no me los saco de la cabeza.

Me va a dar algo. En cualquier momento saltará la noticia de que han encontrado a Clara Martínez y a Leo Arribas, los asesinos de Íñigo Rey, muertos en una de las casas de Brétema.

Han sido asesinados. ¿Quién los encontrará?

Porque digo yo que, con lo limpias que estaban las casas, hay un mantenimiento, así que un equipo de limpieza no tardará en aparecer por allí.

Pero lo que más me inquieta es no saber quién los mató mientras David y yo, qué oportuno, estábamos cenando en Cedeira.

No pudo ser mientras estábamos en casa, David durmiendo y yo con los ojos abiertos como un búho, en alerta y sin poder pegar ojo, porque habría escuchado algo.

Cada vez que lo pienso… David saliendo precipitadamente del restaurante, llamando a alguien, hablando por teléfono con gesto grave…

​ —Fue él. No llamó a su mujer. Jamás lo admitirá, claro, pero…

​ Si tuviera cómo demostrarlo...

​ Tarde o temprano, descubrirán que David y yo estuvimos allí.

Que su mujer se entere de nuestra aventura es el menor de nuestros problemas.

Si no denuncio lo que pasó, pareceremos sospechosos.

Y paso de meterme en líos por alguien que me desprecia y que solo me engatusó para llevarme a la cama, diciéndome que hacía tiempo que su matrimonio estaba roto, que Victoria apenas lo tocaba, y que solo yo lo hacía sentir vivo.

​ David ha insistido tanto en que no suelte prenda sobre nuestra estancia en Brétema, que eso me hace desconfiar aún más de él.

Aun haciendo la reserva con un nombre falso, aunque desconozco si lo hizo así, y pese al secretismo que garantiza el enclave, la policía podría comprobar los movimientos de su tarjeta y saber que en Casa Alva había otra pareja al mismo tiempo que Clara y Leo.

No hay cámaras en la zona. Ni cobertura.

Siempre podríamos alegar que, aunque reservamos la casa, no llegamos a ir…

No, eso no cuela, porque nuestras huellas están por todas partes, incluso en la cubertería.

Caigo en la cuenta de que no llegué a poner el lavavajillas.

​ —Ey, Patricia —me saluda Mati, interrumpiendo mis pensamientos y situándose a mi lado. Se enciende un cigarrillo y expulsa el humo lejos de mí—. Por si te interesa, el hombre sobrevivirá. La operación ha ido bien.

​ —Me alegro.

​ —Oye, lo que ha hecho el doctor Hernández…

​ —Ya.

​ —No es la primera vez que lo hace. Me refiero a lo de humillar a… a algunas de sus residentes… Eso indica que has tenido un lío con él.

​ «A pesar de que Rosa y yo te dijimos en cuanto nos dimos cuenta de que te hacía ojitos, que no era conveniente que te acostaras con tu médico adjunto, que el doctor Hernández es un conquistador nato y tiene un peligro…», le ha faltado decir.

​ —Tienes que saber, y ojalá te lo hubiera podido decir antes, que ninguna de las residentes ha acabado bien —se explaya Mati hablando en un tono de voz muy bajito.

​ —¿Me das un cigarrillo? Por favor.

​ —Pero si no fumas.

​ —Lo necesito.

​ Cojo un cigarrillo del paquete que me tiende y me lo enciendo con torpeza por la falta de práctica. La primera calada me hace toser y la segunda me marea, pero a la tercera mi cuerpo se relaja, como si el alquitrán y la nicotina tuvieran ese poder.

​ —¿A qué te refieres con que ninguna de las residentes ha acabado bien?

​ —Residentes con las que tuvo una aventura, Patricia —puntualiza, sin responder con claridad a mi pregunta—. No has sido la única. Eso lo sabes, ¿no?

​ «Él decía que sí, que no había tenido una aventura con nadie más, que era única, que era especial, que lo hacía sentir vivo…».

​ Mentiras. Todo ha sido una mentira.

​ —¿Qué les pasó? —necesito saber.

​ —Te puedo dar nombres, pero no detalles. Quizá fue mala suerte, pero… Una, vale, pero ¿tres? Sospechoso.

​ ¿Tres? ¿Qué me está queriendo decir?

​ —Hablas como si…

​ —Es que aquí no se habla de eso, Patricia.

No se puede —me corta con dureza y expresión apurada, como si estuviera haciendo algo indebido o incluso se estuviera jugando la vida por estar hablando conmigo—.

Los contactos que tiene… —añade en un murmullo, mirando a su alrededor.

Mati no oculta que tiene miedo, lo cual me sorprende.

Miedo de que alguien pueda estar escuchándola, aunque estamos solas en la azotea—.

No es un simple cardiólogo, tiene mucho poder.

Creo… creo que el doctor Hernández es capaz de todo.

​ «Lo sé», me muerdo la lengua pensando, cómo no, en Brétema.

David pudo enviar a algún asesino a sueldo para acabar con la vida de Clara y Leo.

«Tiene mucho poder. Es capaz de todo». Aunque tengo todas las señales delante de mí y Mati es una mujer seria que a sus cincuenta y cinco años no tiene ninguna necesidad de andar por ahí inventándose cosas, sigue pareciéndome de locos.

​ Mati apaga el cigarrillo, se mete la mano en el bolsillo y me da un papelito doblado en dos con la misma discreción con la que los camellos pasan la droga.

​ —Ahí tienes los nombres de las residentes que se acostaron con el doctor Hernández.

Haz lo que creas conveniente con esta información.

—Mati hace un amago de irse, pero antes suelta una sentencia que me estremece, porque jamás vi peligro alguno en mi «hasta ahora» discreto affaire con David.

No parece haber pensado que, al avergonzarme delante de todos, sospecharían que habíamos tenido algo—: No quiero que seas la próxima en sufrir las consecuencias, Patricia. Cuídate.

​ Cuando Mati se marcha, abro el papel que me ha dado con el nombre de las tres residentes que estuvieron en mi lugar y que, por lo visto, padecieron las consecuencias de haberse acostado con David.

​ ¿Pero qué consecuencias? ¿Qué les pasó? ¿Cuándo? ¿Qué me puede pasar a mí?

Carlota Pérez - Ana Vallejo - Petra García