Patricia
Pasadas dos horas, cuando pensaba que David no me volvería a escribir, recibo otro wasap. No se da por vencido.
Estoy en el hotel. Te espero.
Habitación de siempre.
Ven. Es importante.
Pesado. ¿Qué se cree? ¿Que lo voy a dejar todo por él? Y a todo me refiero a levantarme de la cama, donde he estado todo el día viendo series en el iPad, quitarme el pijama, darme una ducha porque apesto, y ponerme algo decente.
Voy a tardar.
Te espero el tiempo
que haga falta.
«Tú lo has querido».
···
Cuatro horas después
—¿Por qué has tardado tanto? —me reprocha David con exasperación.
Son las diez y media de la noche. Me pregunto qué pensará su mujer o qué excusa le habrá dado esta vez.
—Ya te he dicho que iba a tardar.
—Vale, al grano, que mañana tenemos que madrugar. ¿A qué hora entras?
—A las siete.
—Yo a las seis y media.
—¿Qué quieres, David?
—Asegurarme de que no vas a decir nada de lo que pasó en Brétema. Que nadie va a saber que estuviste… que estuvimos ahí. Juntos.
—Eres un romántico —me río, aparentando una serenidad que estoy muy lejos de sentir.
—Oye, sé que no ha sido la escapada que imaginábamos… que ha sido… joder, ha sido una mierda y yo he sido un imbécil.
—No me los puedo sacar de la cabeza, David.
Le doy la espalda y me asomo a la ventana.
No puedo mirarlo. No quiero. No voy a volver a besar sus labios y no debería, pero me duele, y pensarlo es como un tiro en el centro del pecho.
¿Cómo he podido ser tan imbécil, tan ingenua?
De veras estaba ilusionada con mi aventura con David.
No puedo borrar todos estos meses así como así, aun siendo consciente de que acostarte con tu superior es una muy mala idea, especialmente si está casado y tiene una familia que lo espera en casa.
—Los veo ahí… tumbados en la cama, Leo encima del cuerpo de Clara…
la sangre, toda esa sangre… —continúo—. Sus ojos…
los ojos de Clara abiertos, sin vida. No te afecta nada, ¿no?
—le reprocho, cruzándome de brazos y volviéndome hacia él—.
Solo te preocupa que tu mujer descubra que estuviste conmigo en Brétema. Que tienes una amante.
—Eran unos asesinos, Patricia.
—Creo que Íñigo Rey la maltrataba.
—¿Qué dices?
—La madre hablaba maravillas de él. Claro, era su madre, una madre jamás reconocería que su hijo era una mala persona.
Pero hubo un vecino… el vecino de al lado, el único que habló con los medios, dijo que se oían gritos y golpes a diario, que discutían mucho, que Íñigo no era el santo que nos quieren vender.
No tenía el perfil de víctima, ¿entiendes?
Y aun así, ese vecino no hizo nada por Clara.
No la ayudó. No fue a ver qué pasaba. Nadie la ayudó —termino en un murmullo, visualizando el rostro apagado de Clara, sus ojos tristes, esos ojos que después vi vacíos, muertos…
—¿Y?
—Que a lo mejor Íñigo merecía que lo mataran. Que puede que Leo solo hiciera lo que tenía que hacer.
—¿Pero te estás oyendo, Patricia? Estás defendiendo a un asesino.
—Ya… porque dicen que ningún asesinato tiene justificación, ¿no? Pero es posible que Clara estuviera en peligro.
—Solo son suposiciones tuyas. No los conocías de nada —me suelta con desprecio—. Oye, mira, yo me voy. Solo quería asegurarme de que…
—… de que mantenga la boquita cerrada. Pero dime, David, ¿los mataste tú?
—¡¿Qué?!
—No tú directamente, pero cuando saliste del restaurante de Cedeira, no llamaste a tu mujer —le digo con una seguridad que ya quisiera para todas las situaciones de mi vida.
David pone los ojos en blanco y resopla—.
¿Llamaste a alguien para que hiciera el trabajo sucio? ¿Para que matara a Clara y a Leo?
Tras un leve balbuceo que me hace pensar que se está preparando para soltar otra mentira, inquiere con furia:
—¡¿Pero quién te crees que soy, Patricia?! ¿Al Capone?
—Lo nuestro ha terminado.
—¡No me digas! —se echa a reír el muy cabrón—. No me había dado cuenta.
—Espero que en el hospital…
David me da la espalda, se aleja de mí y me deja con la palabra en la boca.
—… espero que seamos profesionales y todo siga como siempre —le digo al vacío, dando un respingo cuando David cierra la puerta de la habitación del hotel de un portazo.
Temo que en el hospital se aproveche de su autoridad y convierta mi vida en un infierno.
No le duele nada. A David no le duele nada y yo ya estoy tardando en llamar a la policía.
No sé por qué no lo hago, y eso me hace sentir como todos los que le dieron la espalda a Clara en vida, sin preocuparse por el sufrimiento que estoy segura de que Íñigo le infligía, hasta que Leo se creyó Dios y terminó con su vida.
Pero qué voy a saber yo. Solo son suposiciones, ¿verdad?
Desvaríos de una mente que a veces fantasea en exceso.