La otra pareja del lago David
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David

—Victoria… —empiezo a decir, sin saber muy bien por dónde empezar—. Tu padre tenía un contacto… eh…

​ Victoria me mira expectante y con los ojos muy abiertos, como si hubiera acabado de decir una atrocidad. Sabe a lo que me refiero, claro, tonta tonta del todo no es, y el simple hecho de mencionar «el contacto» de su padre, debe de parecerle horrible, porque ha palidecido varios tonos de repente.

​ —El contacto que se deshizo de aquel empresario incómodo que había grabado una conversación de desfalco comprometida y…

—continúo, aun sabiendo que antes y después de «aquel empresario», hubo más víctimas y que el contacto es, en realidad, un sicario, un asesino a sueldo perteneciente a una organización criminal que opera en las sombras, pero me parece demasiado fuerte y queda más fino decir «contacto». Es un tema delicado.

​ —Sé a quién te refieres —me interrumpe con nerviosismo, como si El Inmortal , el apodo por el que se le conoce, no pudiera nombrarse en esta casa—. ¿Por qué preguntas por él?

​ —Nada, no es…

​ —¿Qué pasa, David?

​ «Pasa que yo sería incapaz de matar a Patricia. Pero me he metido en un lío y, si habla, puede ser un problema y ese tío trabaja bien. No deja rastro. Mi suegro debería estar en la cárcel y, míralo, viviendo la vida entre Miami y Marbella».

​ —Nada, nada, no he dicho nada.

​ «¿Pero cómo se me ha ocurrido? Patricia me adora. No hará nada que me perjudique. ¿No?».

​ —¿Nada? Me has preguntado por ese… por ese contacto… —insiste Victoria, directa y con gesto sombrío, fulminándome con la mirada.

​ —Qué va —me río. Tierra, trágame. Para qué le digo nada…—. Solo estaba pensando que… joder, qué fuerte aquello que pasó, ¿no?

​ —Ya sabes que yo en las cosas de mi padre no me meto. En fin. He quedado con Lucía, luego te veo.

​ Aún extrañada, me besa en los labios y se larga, dejándome solo con mis pensamientos.

El tipo de Brétema, Leo… está muerto. Ya no supone ningún peligro.

Pero todavía se me ponen los pelos de punta cuando recuerdo lo que escribió en la nota que dejó en Casa Alva para chantajearme y que terminó rota en pedazos en una papelera cualquiera de Cedeira: «He descubierto mucho sobre ti, doctor Hernández, hasta sé dónde vives. No te la juegues».

​ ¿Cuánto sabía de mí? ¿Qué descubrió? ¿O el muy cabrón solo iba de farol?

No, no iba de farol, porque sabía cómo se llamaba mi mujer.

Escribió su nombre. Victoria Tello. Pero ¿cómo?

¿Cómo lo averiguó? Si ese tío, en apariencia con pocos recursos, fue capaz de desentrañar algunos de los misterios que me rodean, ¿qué será capaz de averiguar Patricia, ahora que parezco el malo de la película?

No hay nada que me preocupe más que una mujer despechada.

Patricia es capaz de todo. No voy a insistirle más a Victoria, esos temas la dejan descompuesta debido a su evidente fragilidad.

Tengo otras formas de conseguir el contacto del Inmortal , el sicario favorito de mi suegro, en el caso de que Patricia me obligue a necesitarlo.