La otra pareja del lago 2
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PATRICIA

E sta mañana he recibido un wasap de David:

Es importante que no le

digas nada a nadie.

Ni a tus compañeras de piso.

​ Qué pesado. Qué grima. No le importo. Nunca le he importado.

Y me jode, me da rabia. Lo único que le interesa es que mantenga el pico cerrado sobre lo sucedido en Brétema, que no llame a la policía para decirles que esa pareja a la que están buscando, están muertos.

Jamás cumplirán condena por el asesinato de Íñigo Rey, del que he estado buscando información.

Tenía treinta y siete años y ni una sola multa por exceso de velocidad.

Trabajaba en la obra. Era muy querido y su madre, rota de dolor, se deshizo en halagos:

​ —¿Por qué, Clara, por qué? ¡Él te lo dio todo! ¡Íñigo te adoraba! ¿Por qué has acabado con su vida? —le preguntó a cámara como si Clara fuera a responderle.

​ Sin embargo, los vecinos del bloque de Vallecas en el que vivían esquivaban a las cámaras y solo uno de ellos se atrevió a hablar mal de la víctima:

​ —No crean todo lo que dicen, la chiquita vivía amargada, lo raro es que aguantara tanto. Íñigo… en fin, no era un santo, no. Yo vivo en el piso de al lado y… bueno, escuché de todo. Gritos, golpes… Casi cada día, sobre todo por las tardes y por las noches.

​ ¿Y por qué nadie ayudó a Clara? Ese mismo vecino, en lugar de ignorar lo que estaba pasando en el piso de al lado, podría haber mostrado un poco de interés o incluso llamar a la policía para que se acercaran a comprobar que todo estuviera bien. Que Clara estuviera a salvo.

​ Hoy solo he salido de la habitación para pagarle a Sara mi parte del alquiler.

Me he pasado el día buscando obsesivamente noticias o posibles novedades sobre Leo y Clara, pero no hay nada.

El último artículo es de hace tres semanas: la policía, desesperada por dar caza a los asesinos de Íñigo Rey, pedían colaboración ciudadana.

​ Apunto un nombre: Vega Martín. Es la inspectora que lleva el caso.

​ Contesto a David con un wasap largo y contundente.

Lo leerá y lo borrará, como hace con todos los mensajes que nos enviamos para que no quede rastro de nuestras conversaciones.

En un principio, yo también debería haberlo borrado todo, se lo prometí, pero conservo cada wasap de David, desde el más formal hasta el más subidito de tono. Y ahora me alegra haberlos conservado.

Alguien irá a limpiar las casas de Brétema.

Y los encontrarán.

Sabrán que murieron asesinados

cuando tú y yo nos alojábamos en Casa Alva.

Tienen tus datos, David.

A pesar de la «discreción»,

saben quién eres.

Y un doble crimen en la casa de al lado

es motivo de peso para que se pasen

la ley de protección de datos por el forro.

​ Ahora que lo releo, ha sonado un poquito inquietante y ha debido de estremecerle, porque no tarda ni dos minutos en proponerme quedar en el hotel de siempre. El del jacuzzi.

Lo siento, pero no puedo quedar.

No hagas ninguna tontería, Patricia.

¿O si no, qué?

​ Unos puntos suspensivos aparecen en la pantalla. David escribe y borra, escribe y borra… espero pacientemente un mensaje que no llega.