La otra pareja del lago David
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David

Soy consciente de que he cometido muchos errores a lo largo de mi vida, pero lo de Brétema se me ha ido de las manos.

​ «Cabeza fría —me digo antes de entrar en casa, forzando una sonrisa para que no perciban nada raro—. Ya no hay nada que puedas hacer, solo confiar en que Patricia no se vaya de la lengua, aunque si se le ocurre hacerlo…».

​ —¿Qué pasa? ¿Que tienes al amante arriba o qué? —bromeo con más desgana de la que desearía.

​ —Mira que eres tontito —ríe Victoria, poniéndose de puntillas para besarme tras darme un suave golpecito en el hombro.

​ Mi hijo Álvaro compone una mueca de asco y no se esfuerza ni en disimular.

Me odia, está empeñado en demostrármelo cada vez que me ve, que tampoco es mucho, porque yo me paso el día en el hospital y él encerrado en su habitación.

Siempre parece que me esté perdonando la vida, o esa es la sensación que me da.

Álvaro ha heredado los ojos azules de su abuelo, por lo que, cada vez que me mira, es como si estuviera delante de mi suegro. No lo soporto.

​ —Álvaro, ¿cómo va? ¿Y tus hermanos? —le pregunto a mi hijo para romper el hielo.

​ —Arriba —contesta, levantándose del sofá y desapareciendo de mi vista.

​ Victoria, relajada y ajena a mi mala relación con Álvaro, me pregunta:

​ —¿Has cenado? ¿Le digo a Liliana que te prepare algo?

​ —No, no. No tengo hambre. Estoy agotado, estos días en el congreso han sido… Uff… mejor ni te cuento.

​ Me acomodo en el sofá. Victoria se sitúa detrás de mí y me empieza a masajear los hombros. Umm… qué gusto.

​ —Claro, me lo imagino. Trabajas demasiado, David. Deberías parar un poco, ¿no te parece?

​ Qué inocente es. Victoria nunca se entera de nada, y es mejor así.

Tengo suerte de tenerla. Perderla lo arruinaría todo y no puedo correr ese riesgo, así que esos dos asesinos de poca monta están bien donde están, en el infierno.

Todo pasa por algo. Ahora mi única preocupación es Patricia.

Creo que desconfía de mí. Qué desastre lo de Brétema, qué puto desastre…

Debería haberla dejado tirada en una cuneta. Si Patricia habla, estoy jodido.