La otra pareja del lago DÍA 4
44%

DÍA 4

PATRICIA

M e sorprende que David haya podido pegar ojo, porque yo he sido incapaz. El entorno que tan precioso e idílico me pareció al llegar, pese al turbio vídeo de la influencer que hundió el negocio, ahora se me hace aterrador.

​ Regresamos de Cedeira sobre la una de la madrugada.

Estaba todo oscuro, no se veía absolutamente nada salvo el interior de la casa de cristal con todas las luces automáticas encendidas.

Y después, ya tumbada, me invadió el horrible presentimiento de que, en cualquier momento, iba a ver a Clara y a Leo a los pies de la cama empuñando un cuchillo, dispuestos a abrirme el cuello como hicieron con el novio de ella.

​ Pero ha salido el sol. Y sigo viva. A lo mejor Clara y Leo se han largado porque sabían que acabaríamos cayendo en la cuenta de quiénes son y los delataríamos.

David está tranquilo, diría que demasiado para la gravedad de lo que hemos descubierto.

Anoche, cuando volvió a entrar en el restaurante y sin que hiciera falta preguntarle a quién había llamado, me dijo que había estado hablando con su mujer.

Que estaba nervioso y que ella era la única que conseguía tranquilizarlo.

Vamos, como si Victoria fuera un Valium.

No dije nada. Ni siquiera me puse celosa.

Tampoco le creí, porque, mientras me lo decía, evitó mirarme a la cara como hacen los mentirosos, pero no insistí.

Opté por mostrarme indiferente. Y decido que así será a partir de ahora, pues mi interés por David ha perdido fuerza y jamás debí caer rendida a sus pies.

Estos cuatro días me han mostrado una cara posesiva y manipuladora que no me gusta y que tampoco me conviene.

Debería haber hecho caso a las enfermeras que me dijeron que tuviera cuidado con el doctor Hernández, lo que me hace sospechar, aunque él siempre lo haya negado, que no soy la única con la que ha mantenido una aventura secreta.

A saber. A lo mejor ha tenido tantas amantes que ha perdido la cuenta.

Lo mejor que puedo hacer es borrarlo de mi vida, aunque tenga que seguir viéndolo en el hospital.

​ Hace un día frío pero espléndido en el que ni una sola nube enturbia el cielo, y por fin nos largamos.

Un par de días en Redes nos despejarán de esta terrible coincidencia que la vida ha puesto en nuestro camino.

También ha sido mala suerte venir a Brétema y toparnos con dos de los asesinos más buscados de España, que, probablemente, se colaron en Casa Nigra sin tan siquiera hacer reserva.

¿He dicho probablemente ? Ja. Ni «probablemente» ni «supuestamente» ni nada, se colaron en Casa Nigra fijo.

​ Estoy deseando alejarme de esta locura que me estará atormentando hasta el momento en que llame a la policía e informe del paradero de Carla y Leo. Lo haré a espaldas de David, pues lo único que le importa es no dejar rastro de su presencia, «conmigo», en Brétema.

​ —¿Lo tienes todo? —pregunta, ansioso por salir de aquí.

​ —Creo que sí —contesto, mirando a mi alrededor y despidiéndome, a mi manera, de esta urna de cristal de la que no me quiero llevar ningún recuerdo.

​ Salimos con unas ganas inmensas de dejar atrás el lugar, pero una mancha de sangre en el césped hace que me detenga en seco.

Un rastro rojo se extiende formando un caminito apenas visible hacia Casa Nigra.

David también repara en la sangre y se queda tan parado como yo.

Nuestras miradas se cruzan y no sé qué pensar.

​ —Anoche… ¿esta sangre estaba anoche? —dudo.

​ —Anoche no se veía nada, Patricia.

​ Dejo la maleta y voy caminando hacia el muelle, donde una línea de sangre serpentea en la madera y me percato de que la puerta de Casa Nigra está entreabierta.

​ —David…

​ —Vámonos, Patricia.

​ Le dedico una mirada cargada de desconfianza y desdén.

​ ¿A qué viene esa urgencia? ¿A quién llamó anoche?

No me trago que llamara a su mujer. ¿Con quién estuvo hablando?

Ese detalle, en apariencia ínfimo, ahora me obsesiona.

A David se le da muy bien mentir. A Victoria le ha mentido cientos de veces delante de mí, a menudo la ha tratado de tonta, así que, ¿por qué no va a mentirme a mí, que solo soy la amante, la otra ? ¿Qué me creo? ¿Especial?

​ Si no fuera porque estuvimos todo el rato juntos en Cedeira y yo no he dormido en toda la noche, pensaría que David les ha hecho algo a Clara y a Leo.

Aunque me estoy anticipando. A lo mejor se trata de un animal.

Eso es, en alguna parte hay un animal herido, puede que se haya refugiado en la casa dejando un reguero de sangre, y que Clara y Leo aprovecharan nuestra ausencia para irse de aquí.

​ —¡Patricia! —me grita David cuando me ve avanzando con decisión hacia Casa Nigra llamando a la pareja, pero no por los nombres falsos con los que se nos presentaron, sino con los suyos:

​ —¿Clara? ¿Leo?

​ Dios. El suelo está lleno de sangre. Y jamás pensé que diría esto, pero noto una energía muy cargada y densa, como si algo oscuro me quisiera atrapar.

​ Camino por la casa, que está dividida en varios niveles, respetando la inclinación del terreno.

Es la primera vez que entro. A diferencia de Casa Alva, Casa Nigra es íntima y oscura.

A pesar de haber pensado en lo del animal herido, tengo miedo de lo que me pueda encontrar si llego hasta el final.

​ David, resignado, va detrás de mí.

​ —Patricia, no están. Se habrán ido.

​ —¿Y la sangre? ¿Por qué hay tanta sangre?

​ —En ese caso… —David inspira hondo—. Puede que lo que encontremos no sea… agradable.

​ —¿Cómo lo sabes?

​ —No, yo no sé nada, lo digo por la sangre, por…

​ —¡Cállate!

​ —¿Un animal? —inquiere a la desesperada como si me hubiera leído el pensamiento—. A lo mejor ellos se fueron, entró un animal herido y…

​ David se calla de golpe cuando llegamos al dormitorio y nos encontramos con el escenario que más he temido desde que hace escasos minutos he descubierto la sangre: Clara yace tumbada bocarriba en la cama con la cara ladeada y los ojos abiertos, sin vida, fijos en la pared recubierta de estanterías llenas de libros.

Es imposible saber de dónde sale tanta sangre, pues el cuerpo de Leo yace muerto bocabajo encima de ella.

​ —Da-David…

​ —Patricia, tenemos que salir de aquí.

​ —Hay que llamar… hay que llamar a la… a la pol…

​ —¡Patricia, salgamos de aquí y olvídate de la policía! ¡Te lo dije! ¡No podemos llamar a la policía, nadie puede saber que hemos estado aquí, y ya lo que nos faltaba es que encuentren nuestras huellas en el escenario de un crimen! ¡No toques nada!

​ Nunca había visto a David tan nervioso y descompuesto. Me agarra con fuerza del brazo impidiendo que me acerque a los cuerpos para comprobar lo evidente, que no tienen pulso, y me arrastra hasta la salida.

···

En algún lugar suena Happy together de The Turtles.

Esa canción me pone los pelos de punta. No sé si es real o me la estoy imaginando y solo suena en mi cabeza, que, dadas las circunstancias, es lo más probable.

Happy together me persigue como todo lo malo, como si estuviera empeñada en ser la banda sonora de los peores momentos de mi vida.

​ —Ey. Ey, escúchame —me pide, conteniendo la desesperación mucho mejor que yo, aunque él tenga más que perder.

​ —No puedo. Me falta el aire… no puedo… no puedo respirar —balbuceo, dándome palmaditas en el pecho, que siento pesado como si una roca me lo estuviera aplastando.

​ —Tú y yo nunca hemos estado aquí.

​ ¿Cómo puede ser tan frío? ¿Qué vi en él?

​ —No habrás sido capaz de…

​ —Tú y yo nunca hemos estado aquí —repite autoritario, sin dejarme hablar—. Nos vamos a Madrid —decide por mí—. Y nuestros caminos tienen que separarse, al menos durante un tiempo. ¿Lo entiendes?

​ —¡Hay dos cadáveres! —le grito, sintiendo que estoy a punto de perder la cordura—. ¿Cómo voy a seguir viviendo con esto? ¡¿Cómo vuelvo a mi vida después de esto?!