Clara
—Intenta dormir un poco —me pide Leo.
—No puedo. Es como si… es que lo veo.
—¿Qué ves?
—A Íñigo. Cierro los ojos y veo… veo sus ojos vacíos, muertos. El cuello abierto… y sangre… mucha sangre por todas partes… hasta me llega un olor como a… como a putrefacto.
—Pues deja de pensar.
—¿Y cómo se hace eso, Leo? ¿Cómo se deja de pensar?
—Siendo más fuerte.
—Siendo más fuerte —repito, pensando que llevo demasiado tiempo intentando ser fuerte y no me ha servido de nada, en el momento en que llaman a la puerta.
Leo me mira y esboza una sonrisa maliciosa.
—Han vuelto. Y seguro que está tan acojonado que trae la pasta.
—No abras, Leo.
Pero Leo ya está de pie y se dirige a la puerta confiado, convencido de que al otro lado está esperándolo David con una bolsa llena de billetes para que su aventura con Patricia no salga a la luz.
Maldito iluso…
¿Cómo se puede ser tan mala persona y a la vez tan ingenuo? Jamás pensé que fueran rasgos compatibles.
Un escalofrío me recorre todo el cuerpo.
No es de frío. Reconozco los síntomas. Es de miedo.
Por los fantasmas. Los fantasmas, al igual que el pasado, siempre te acaban encontrando.
Siempre. Da igual donde te escondas, de ellos no se puede huir.
Y sé, cuando un gran estruendo llega hasta mis oídos, que me han venido a buscar para llevarme al infierno con ellos.