Patricia
—Pero si parecían…
—Ya, claro, a toro pasado… —dejo caer.
—Que sí, que yo lo vi. Supe que no eran buena gente desde que los conocimos. No tuvieron compasión de ese pobre hombre. ¿Y todo para qué? ¿Eh? ¿Para fugarse juntos? ¿Qué sentido tiene que se lo cargaran?
—Bueno, a lo mejor el novio no era un santo —sopeso.
Recuerdo vagamente a la madre deshecha que había aparecido ante los medios diciendo que su hijo no merecía terminar así, que era bueno, amable, trabajador, generoso…
Que nunca tenía una mala palabra para nadie, que lo quería todo el mundo y siempre estaba dispuesto a ayudar, también a Clara, a la mujer que al final lo había traicionado, matándolo de una manera espantosa, cuando él lo único que había hecho era quererla, protegerla y darle un hogar.
Y entonces pienso que en una historia siempre existen dos versiones, y visualizo a Clara (no Carla), como si la tuviera delante: su semblante serio, preocupado.
Los hombros encogidos, rígidos. La espalda encorvada, como si siempre estuviera en alerta o la vida le pesara toneladas.
Los ojos tristes, la mirada ida. Tan delgadita y frágil.
Lo pensé. Antes de que Leo me mintiera diciéndome que eran hermanos, pensé que eran pareja y que él la maltrataba, y por eso ella se mostraba tan sumisa y no miraba a la cara cuando le hablabas.
Miré su cuello, por si se entreveían las marcas de unos dedos, pero no vi nada.
No ahí. Iba muy tapada. Puede que tuvieran motivos para matar a ese hombre.
Hay marcas invisibles que solo el tiempo deja entrever en la manera de comportarse de una persona.
A lo mejor Leo defendió a Clara, aunque ningún asesinato tan cruel como el que cometieron tiene justificación.
Cuando vi la noticia hace meses, la pasé por alto.
Ah, un asesinato más. Vaya, pobre hombre.
Con qué frialdad solemos tomarnos los sucesos que no nos atañen ni perjudican a nuestra vida por muy macabros que sean, ¿verdad?
Y es que, claro, ocurren tantas desgracias al día, que una más…
Parece que nos hemos hecho inmunes al dolor de los otros.
Por eso me sonaban tanto, pero no sabía de qué.
Siempre andamos con mil cosas en la cabeza como para memorizar bien una cara y después ser capaces de ubicarla con precisión cuando la tienes delante.
Pensar que he estado frente a dos asesinos, que hasta me enrollé con Leo, joder, si es que no se puede ser más idiota…
, hace que me sienta un poco partícipe de este caso, aunque siga sin concernirme.
—Hay que largarse de Brétema pero ya —suelta David de corrillo, interrumpiendo mis pensamientos—.
Son unos asesinos. Podríamos estar en peligro.
Fíjate que lo del chantaje ahora es lo de menos.
Son unos fugitivos, no pueden hacernos nada, ¿verdad?
Me refiero a que el muy imbécil no puede publicar el vídeo que ha grabado después de que lo golpeara, y que si no le doy lo que pide, tampoco pasa nada porque, a ver, ¿qué va a hacer?
No va a poner en riesgo su libertad, ¿no?
—me pregunta, inseguro, como si yo tuviera la respuesta.
—O también podríamos llamar a la policía, David. Es lo más sensato. Los están buscando, así que nuestro deber es decirles dónde están.
David me mira como si me hubiera vuelto loca.
—¿A la policía? No, Patricia. Recuerda que estoy en Pamplona, que nadie puede enterarse de que tú y yo hemos estado en Brétema.
Nos favorece que, desde que no va nadie, tengan un sistema de reservas muy privado si así lo solicitas, por lo que haber coincidido con esos asesinos tiene que ser un secreto entre tú y yo.
No hay registro, roza la ilegalidad, pero eso juega a nuestro favor.
Es que sería un lío… Luego querrán que testifiquemos y…
uff…, que no, que no, que como Victoria se entere de lo que tengo contigo, mi vida se acaba.
—Ah, ¿y qué propones?
—Bueno, espera, ya se me ocurrirá algo… cuando lleguemos a Redes, puedes llamar tú a la policía y hacerlo de forma anónima, ¿no?
—Supongo que podría, sí, pero…
—Espera un segundo —me corta, levantándose de repente como si se le hubiera ocurrido una idea genial.
Incapaz de probar los exquisitos platos que nos han servido porque tengo el estómago cerrado del disgusto, sigo con suma concentración la trayectoria de David.
Se aleja con el móvil en la mano y sale a la calle sin tan siquiera haberse puesto el chaquetón, que sigue colgado en la silla, madre mía, con el frío que hace esta noche.
Lo observo a través del ventanal. Con determinación y un gesto grave en su expresión que solo he visto en él cuando algo sale mal en una operación, selecciona un contacto de su agenda y, al poco rato, empieza a hablar.
¿Con quién está hablando?
Cuando se da cuenta de que lo estoy mirando, me da la espalda para que no pueda siquiera leerle los labios.