Clara
—Leo.
—Qué.
—Se han ido.
—¿Ah, sí? ¿Los has visto salir? —me pregunta socarrón, debido a lo paranoica que estoy sonando.
—Te digo que se han ido. Noto… no sé, noto como una calma extraña en el ambiente, aunque las luces están encendidas —le digo, entreabriendo la puerta y asomando medio cuerpo para echarle un ojo a Casa Alva.
—Ya te dije que son automáticas.
—¿Y por qué tanto derroche si nadie viene aquí?
Leo vuelve a colocarse la bolsa de guisantes congelada en la nariz sin dignarse a responderme. A ver si se le baja un poco la inflamación. Menudo gancho de izquierda tiene el cardiólogo, nadie lo ha visto venir, y sé que a Leo le corroe la rabia por haberse contenido y no habérsela devuelto.
—Volverán —predice Leo, con esa seguridad tan habitual en él que hace que creas a ciegas cualquier estupidez que diga—. Y como no lo haga con la pasta…
—¿Qué, Leo, como no vuelva con la pasta, qué?
¿Pero tú recuerdas por qué llevamos tres meses huyendo de un lado a otro?
¿Lo recuerdas? Porque yo no puedo sacármelo de la cabeza y chantajear a ese tío que hasta te ha amenazado de muerte, es un problema añadido a la mierda de situación que estamos atravesando.
Esa inspectora, Vega Martín, nos sigue buscando y nos va a acabar encontrando, porque ni un tinte rosa, verde o azul nos va a librar de acabar nuestros días en la cárcel.
—El cardiólogo es un mamarracho. Va a traer la pasta, ya lo verás.
—Según tú, Íñigo también era un mamarracho, y mira lo que me hacía. ¡Mira cómo hemos acabado!
—¡Y mira lo que le hice yo a él! Porque tú me dijiste que ojalá se muriera, ¿y qué hice, eh?
¡¿Qué hice?! ¡Cumplir tus órdenes, Clara!
¿Que la señora lo quiere muerto? ¡Deseo concedido, joder!
¡Bien muerto está! Nadie movía un dedo por ti, tuve que hacerlo yo, ¿me oyes?
¡¿EH?! Yo te saqué de esa mierda de vida que no te atreviste a denunciar y lo volvería a hacer, Clara, lo volvería a hacer porque te quiero, joder, te quiero, pero ¿así es cómo me lo agradeces?
¿Quejándote todo el rato? ¡Nada te parece bien!
¡NADA! Era él o tú. Porque sabes que al final habría acabado matándote, ¿verdad?
¿Lo sabes? Esas historias siempre acaban igual y yo no podía permitir que volviera a ponerte una mano encima.
Lo raro es que sobrevivieras a ese infierno durante tantos años.
Los ojos se me llenan de lágrimas de pura rabia y frustración.
Los recuerdos me asaltan y vuelvo a hacerme pequeñita e invisible.
Leo tiene razón. Estaba atrapada en una relación tóxica y abusiva de la que había escapado en varias ocasiones pero siempre había acabado regresando porque no tenía adónde ir, porque la calle era peligrosa, o porque Íñigo me encontraba.
Pero ahora, con Leo, aunque él nunca me haya puesto una mano encima, no es muy distinto.
Sigo siendo una prisionera, y encima con una orden de búsqueda y captura soplándome en la nuca y sin posibilidad alguna de entrar en la primera comisaría que encuentre y entregarme, porque Leo no se separa nunca de mí.
Tres meses antes
Agosto, 2016
Todos tenemos una historia. Esta es la mía.
Hacía tiempo que el tema de la bebida se me había ido de las manos. ¿Dolor en las costillas porque Íñigo me había estampado contra la pared y me había estado golpeando hasta que le había dejado de parecer divertido? Un traguito de whisky, y otro más, porque, total, a ver si me muero de una vez.
No trabajaba. Tuve que dejar el trabajo de reponedora en el supermercado porque Íñigo no soportaba al encargado. Creía que estaba enamorado de mí. Según Íñigo, todos los hombres me comían con los ojos y se enamoraban de mí.
—Es que tú eres muy inocente, Clara —me decía—. No conoces a los hombres como los conozco yo. Sé lo que piensan y cómo piensan, y, al verte, solo piensan en follarte.
Y así con todo, hasta dejarme sin trabajo, sin independencia económica y sin amigos, y porque familia no tengo, mis padres me tuvieron de mayores y murieron hace años, porque, si no, hasta de ellos me habría alejado.
Vivíamos en Vallecas. En un piso pequeño y asfixiante que me esmeraba en tener limpio y ordenado para que, cuando Íñigo llegara del trabajo en la obra, no tuviera nada que reprocharme.
Empecé a salir con él cuando cumplí veintitrés años, al poco tiempo de perder a mi madre.
Él tenía treinta y dos. A los veinticinco me sentía como una anciana de noventa.
Me dolía todo. Y tenía la cabeza mal, fatal, a menudo me levantaba con la visión borrosa por los golpes que me daba.
Por eso bebía. Para olvidar. Hasta que una mañana, llena de una fuerza interior que no sé de dónde me vino, me miré en el espejo y me dije: «Tienes que parar.
Necesitas ayuda. Eres muy joven para arruinar tu vida de esta forma».
Metí la poca ropa que tenía en una maleta y me fui de casa.
Dormí cinco días en la calle hasta que Íñigo me encontró.
Di gracias al cielo. La noche anterior, una de las peores que recuerdo, tuve que escapar de un cabrón que intentó violarme.
Es duro. Es muy duro.
Porque todo seguía igual. Las promesas de un maltratador no valen nada.
Nunca van a cambiar. Nunca. Lo que pasa es que te tapa los ojos con una venda y te lava el cerebro como en las sectas, y piensas que, bueno, la esperanza es lo último que se pierde y a lo mejor cambia, sí, a lo mejor se da cuenta de que te está haciendo mucho daño y como en el fondo te quiere, pues parará…
Y adónde vas a ir, si no tienes nada, sin él no eres nada , y en la calle hace frío y en verano te da una lipotimia del calor y los peligros dan más miedo porque son desconocidos, y al menos lo que ya conoces no da tanto miedo , porque es lo que tiene la rutina, que te hace creer que es lo normal.
Las personas tenemos la capacidad de adaptarnos a las situaciones más duras, pero nadie merece vivir con pánico en la mirada. Nadie.
Después de dos días tranquilos en los que Íñigo contuvo los puños haciéndome pensar que me había echado tanto de menos que no me volvería a pegar, me dio una paliza de la que tardé dos semanas en recuperarme.
Y en esas dos semanas, para mitigar el dolor, volví a beber.
Las pastillas no me hacían nada. Me estaba quedando en los huesos.
Cuando pude volver a dar un par de pasos seguidos sin aullar y aprovechando que Íñigo llegaría tarde, posiblemente de madrugada porque había quedado con unos amigos, salí de casa y me fui a Alcohólicos Anónimos.
—Tengo un problema —dije al entrar en la Parroquia San Ramón Nonato con la mirada vidriosa, dirigida a ninguna parte.
Fue un impulso. Entré sin pensar, como si me hubiera convertido en un títere y alguien estuviera controlando los hilos.
Ahí conocí a un grupo de ocho personas que, como yo, se habían refugiado en la bebida para olvidar sus mierdas: pérdidas, duelos, accidentes, abandono, maltrato…
En esa sala había tantas historias tristes, tanta injusticia y crueldad, que raro era el día en el que no derramaba una lágrima.
Y, entre todos ellos, se encontraba Leo, con quien conecté enseguida y me abrí sin pensar en las consecuencias.
Sí, Leo no miente. Una tarde le dije:
—Ojalá Íñigo se muera. Solo quiero que se muera.
—¿Por qué no lo has denunciado?
—Porque no sirve de nada. La justicia en este país es de chiste, Leo. Y si lo denuncio, me mata. Seguro que me mata.
Asintió. Leo me comprendía. Lo que no pensé es que se fuera a tomar tan a pecho mi deseo de que Íñigo muriera, y que empezaría a poner en marcha un plan maquiavélico con el que cumplir «mi deseo».
Era agosto, día agobiante de mucho calor en un Madrid cuyas calles se habían vaciado de gente y llenado de obras.
El ruido de las obras era insoportable. Llevaba meses viéndome con Leo a espaldas de Íñigo.
Leo conocía mi historia y parecía quererme con todas mis heridas y cicatrices.
Me hizo creer que tenía alguna posibilidad de ser feliz.
Dejé de beber y engordé un poco. Parecía más saludable, aunque por dentro siguiera sintiéndome mal.
Tenía mucho cuidado delante de Íñigo, porque, como me viera sonreír como una boba, algo que me pasaba cada vez que pensaba en Leo, que era a todas horas, me iba a dejar fina.
Uno de mis sueños recurrentes era que Íñigo me rociaba de gasolina y me prendía fuego. Y era capaz de hacerlo.
Cuando solo hacía cinco días que conocía a Leo, me propuso que me fuera a vivir con él.
Le dije que no, que era de locos, que Íñigo acabaría encontrándome como me había encontrado en la calle cada vez que me había escapado, y me mataría.
O nos mataría a los dos. Pero Leo se rio.
¿Qué le hacía tanta gracia? No pregunté.
Me sorprendió que Leo no le temiera, que dijera que Íñigo era un mamarracho, que a ver si tenía el coraje de enfrentarse a él.
Era como si Leo no tuviera nada que perder, pero nunca he llegado a saber por qué.
Siempre ha evitado hablar de sí mismo, de la vida que llevaba «antes de…
», y yo tenía la necesidad de que alguien me escuchara y me entendiera, por lo que siempre hablábamos de mí.
Los golpes de Íñigo se hicieron más constantes.
Decía que la primavera le ponía de mala leche y que yo me estaba poniendo como una foca.
Maldito cabrón. Pasé días sin poder ir a Alcohólicos Anónimos y también le di plantón a Leo y dejé sus wasaps en visto, eliminándolos al poco rato de recibirlos para que Íñigo no los viera.
Un día, Leo se arriesgó y llamó al timbre de casa cuando Íñigo estaba fuera, trabajando.
Vomité del susto. Le dije que no volviera, que era demasiado peligroso, que me olvidara. De nuevo, se echó a reír.
Y al final, ¿qué cambió para que yo decidiera cortar con todo y alejarme de una vez por todas de Íñigo?
Que no lo soportaba más. Que me ahogaba.
Que me dolía todo el cuerpo, pero sobre todo me dolía el alma.
Y que me enamoré. Me enamoré como una loca de Leo y habría arriesgado mi vida para escapar de ese piso de Vallecas que ya no me esmeraba en limpiar ni en ordenar, para fugarme con él.
Llevaba horas esperando a Leo con la maleta preparada en la entrada para salir corriendo en cuanto sonara el timbre.
Había quedado con él a las once de la mañana porque Íñigo estaba en el trabajo y al día siguiente ya pillaba las vacaciones de verano, por lo que tenía que ser ese día.
La idea de pasar un verano entero con Íñigo las veinticuatro horas del día en casa, me mataba.
Pero Leo no llegó ni llamó ni mandó ningún wasap.
Ni a las once ni a las doce… Cuando el reloj marcó las cuatro de la tarde y faltaba poco más de una hora para que Íñigo llegara, me derrumbé en el sofá y empecé a llorar.
Leo me había abandonado, aunque el sentimiento que tenía era que me había dejado en la estacada.
Ni siquiera deshice la maleta. La dejé en la entrada y, cuando Íñigo llegó a las cinco y media de la tarde y la vio, pensé que era el fin.
Que me iba a matar. Que ese día iba a morir.
Sin embargo, Íñigo cometió un error. Fue tal la rabia que sintió al descubrir la maleta, que se despistó y no cerró la puerta.
Antes de que se abalanzara sobre mí para reventarme la cara como había hecho tantas veces, unas manos grandes y fuertes lo sorprendieron por detrás, y la hoja afilada de una navaja le rajó el pescuezo.
Íñigo se aferró a la vida. Tardó en morir lo que me pareció una eternidad, aunque la agonía debió de durar solo tres o cuatro minutos, cinco a lo sumo.
Cayó al suelo. Su cuerpo empezó a padecer espasmos, unos espasmos terribles e incontrolables.
De su garganta emergió un gorjeo que no he podido sacarme de la cabeza.
Íñigo se llevó las manos al cuello abierto como si pudiera deshacer lo que Leo le había hecho.
Leo, que estaba ahí, que no me había traicionado ni abandonado, miraba a Íñigo desde arriba con una sonrisa de satisfacción en la cara mientras yo seguía en el sofá encogida, temblando de arriba abajo, aturdida y asustada, sin ser capaz de asimilar lo que estaba presenciando.
¿Era real? No me lo acababa de creer del todo, había ocurrido tan rápido… pero tan despacio al mismo tiempo…
Al fin, después de unos «eternos» minutos de agonía, Íñigo murió.
Y Leo me dijo con una calma que me heló la sangre:
—Ahora eres libre, Clara. Era lo que querías, que muriera, y por eso lo he hecho. Ya podemos irnos.
¿Era la primera vez que mataba a alguien?
Sí, me aseguró Leo días más tarde, cuando me atreví a preguntárselo.
Pero, dada la habilidad con la que había acabado con la vida de Íñigo y la frialdad con la que se comportaba, empecé a dudar de que ese fuera su primer asesinato.
No obstante, en ese momento creí a Leo. Me lo creí todo.
Y me fui con él porque no podía quedarme en ese piso ni llamar a nadie para pedir ayuda.
Solo tenía a Leo y me aferré a él como si fuera un salvavidas en mitad del océano.
Salimos del piso, bajamos a la calle y me subí a su moto. Alguna cámara que no ubicamos nos grabó. Desde entonces, no hemos parado de dar vueltas esquivando todos los controles, y ahora el dinero se ha acabado. No tenemos ni para comer.
No sentimos que el peligro nos acechara hasta que la madre de Íñigo empezó a preocuparse y todo saltó por los aires.
Sabía que su hijo estaba de vacaciones, pero no era normal que no contestara a sus llamadas ni a sus mensajes.
Solían hablar cada dos o tres días y ya llevaba una semana entera sin saber nada de él.
Así que entró en el piso de Vallecas con una copia de llaves que tenía, y descubrió a su hijo muerto en el salón sobre un enorme charco de sangre seca y coagulada que había salido a chorro de su cuello abierto.
Olía muy mal. El calor había acelerado la descomposición del cuerpo, hinchado y lleno de líquidos, que no tardó en estar rodeado de forenses.
Imagino que la visión de su cadáver resultó, para quienes trabajaron en el caso, espeluznante, y que el olor a muerte los persiguió durante varios días.
Un crimen horrible, espantoso y sanguinario, de los que se te quedan grabados para siempre.
Todo esto lo contó su madre llorando delante de las cámaras como si Íñigo hubiera sido un santo bendito que no merecía acabar así, cuando los investigadores descubrieron que los «supuestos» asesinos de Íñigo habíamos sido Leo y yo.