La otra pareja del lago DÍA 3 - NOCHE
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DÍA 3 - NOCHE

NOCHE

PATRICIA

B rétema ha pasado de ser el paraíso soñado, a un infierno del que David y yo estamos deseando escapar.

A lo mejor sí está maldito y los espíritus de los cadáveres enterrados en el fondo del lago provocan que el ambiente sea raro y turbio y que quien venga esté destinado a enfrentarse a problemas. Con lo tranquila que estaría en Madrid.

​ Hemos salido de la casa del lago y estamos en Cedeira, para ver si así olvidamos los acontecimientos de las últimas horas y, sobre todo, a Lucas y a Carla. Al final han resultado ser, como previó David la primera noche, unos «macarras».

​ Ahora nos encontramos en una marisquería ubicada en la Avenida Castelao a la espera de los primeros platos, y hemos quedado en que mañana a primera hora escaparemos de Brétema y viajaremos hasta Redes, un pueblecito costero donde David, previsor, ya ha reservado habitación en un hotel.

Ahí tenemos previsto pasar las dos últimas noches que nos quedan juntos, y espero que encontremos la intimidad que no nos ha brindado Brétema por culpa de Lucas y Carla.

​ —Cuando nos vayamos se olvidarán de nosotros, ya lo verás —intento alentar a David, más afectado por lo sucedido de lo que jamás se rebajaría a admitir.

​ Intento ser positiva, pero David no me lo está poniendo fácil al recordarme de malas maneras:

​ —Pero ese cabrón sigue teniendo el vídeo.

​ A ver. Este viaje me ha hecho darme cuenta de que David no me atrae tanto como pensaba.

La elegancia que yo creía que transmitía ha dado paso a la arrogancia.

Ahora lo veo con otros ojos, es posible que gracias a Lucas.

Y está claro que no me respeta. Vuelvo a pensar que, si pudiera permitirme un taxi que me llevara de regreso a Madrid, lo mandaría a la mierda ahora mismo en lugar de esperar a que me acerque a casa.

​ —Oye, que a mí también me preocupa, ¿vale?

​ —Pues no lo parece, Patricia. Y a ver de dónde saco yo cien mil euros, si el dinero lo controla Victoria.

​ —Ah, ¿qué has llegado a pensar en darle lo que te pide? —me sorprende.

​ —No es eso, joder, es que es… esto es una puta locura.

​ Jamás había escuchado a David hablar tan mal como en estos últimos días.

​ —Ya… En la foto no se me ve, pero en el vídeo seguro que sí, ¿y qué pensarían en el hospital si descubren que tengo una aventura con mi jefe?

​ David se encoge de hombros. Él, él y solo él.

Maldito narcisista. No le importa lo más mínimo las consecuencias que a mí me puede acarrear que se filtre el vídeo o que su mujer, influyente y con contactos, sepa de mi existencia.

Es evidente que él saldría peor parado, que le perjudicaría más a nivel personal que profesional, así como a su estatus y a su lujoso estilo de vida, pero a mí también me puede afectar que ese vídeo salga a la luz si David no le da a Lucas lo que le pide.

Cien mil euros. Una pasta. Y no se trata de una broma pesada, no, ya me ha quedado claro que Lucas va en serio.

​ Después de un breve silencio como si ya no tuviéramos nada más que decirnos, David coge el móvil con premura y empieza a teclear sin prestarme atención. Durante unos minutos, parece que he dejado de existir.

​ —¿Estás escribiendo a tu mujer? —pregunto, pero David no contesta.

​ Vale, lo pillo.

​ «Lo que haga o deje de hacer, no es asunto mío».

​ —Joder —blasfema al cabo de un rato, con los ojos muy abiertos fijos en la pantalla, en el momento en que el camarero nos sirve los primeros platos.

​ —¿Qué pasa?

​ —Joder —repite en una exhalación—. Claro que nos sonaban, Patricia.

Claro que nos sonaban, ¿cómo no hemos caído antes?

Se han cambiado el color de pelo, pero son ellos.

No se llaman Carla y Lucas y, desde luego, no son hermanos.

Son unos putos psicópatas, unos asesinos en busca y captura desde hace tres meses. Mira.

​ Me tiende el móvil con un artículo publicado en un periódico de tirada nacional que muestra dos fotografías de Carla y Lucas, pero, tal y como David ha dicho, no se llaman así.

Sus nombres reales son Leo Arribas y Clara Martínez, y al fin sé por qué sus caras me sonaban tanto, pese a lucir un poco distintos.

Ella, que es morena natural, se ha teñido de rubia y ahora lleva el pelo más corto, a la altura de los hombros, y él, que tenía el cabello de color castaño claro, ahora lo tiene negro como el plumaje de un cuervo.

Clara ha adelgazado mucho, tiene la cara más demacrada y angulosa que en la foto, pero él apenas ha cambiado.

A Leo y a Clara se les busca desde principios de agosto por el cruento asesinato del novio de ella, Íñigo Rey.