Clara
Cuando llaman a la puerta, oigo a Leo murmurar entre risas:
—Ya está aquí. Lo tengo donde quería. Bien pillado por los huevos.
Miro a Leo con algo parecido al hartazgo.
Cuando abre la puerta con una estúpida sonrisa en la cara, David, imprevisible, le propina un puñetazo que hace que Leo caiga hacia atrás, y la sangre no llega al río porque Patricia se apresura a detenerlo, sujetándolo por la espalda con toda la fuerza de la que es capaz.
—¿Qué te has pensado, imbécil? ¿Que podías chantajearme así como así? ¡¿A mí?! —se envalentona el cardiólogo al ver a Leo tirado en el suelo con sangre manando de su nariz. Parece tan indefenso…
Leo, para sorpresa de todos, se echa a reír, y parece que David quiere volver a la carga, pero Patricia le grita que no lo haga, que estará cometiendo un error…
y está en lo cierto. Porque Leo saca el móvil y empieza a grabar, aunque no es más que un farol.
No podría publicar el vídeo en ninguna parte ni exponerse, porque es un fugitivo al que buscan por asesinato, pero eso David y Patricia no lo saben, aún no, solo lo sé yo, que contemplo la escena desde un cómodo segundo plano, como si nada de lo que está pasando fuera conmigo.
Está claro que la pareja no nos ha reconocido.
No saben quiénes somos, y no porque yo ahora sea rubia y antes fuera morena y Leo tuviera el cabello castaño claro y ahora lo tenga negro, sino porque, aunque nuestras caras hayan salido cientos de veces en televisión en un gesto de lo más desfavorecedor que de veras nos hacen parecer malas personas para el escrutinio público, el «tema» no iba con ellos ni les perjudicaba lo más mínimo.
Es así. La gente olvida rápido, y es normal en un mundo frenético con tantísimos titulares al día en el que no nos queda más remedio que movernos de prisa si deseamos encajar en una sociedad que cada vez nos da menos, pero nos exige más.
—David Hernández, considerado uno de los mejores cardiólogos del Hospital Las Cruces y casado con una rica, Victoria Tello, con la que tiene tres hijos, le pone los cuernos con Patricia Serna, una de sus residentes más atractivas, a la que le saca veinticinco años —vuelve a la carga Leo, provocador, girando el móvil hacia su cara para grabarse a sí mismo, al tiempo que sigue hablando ante el estupor de David, que parece no saber dónde meterse—.
Mirad, me ha jodido la cara. Ha entrado en mi casa y me ha partido la cara, ¿veis?
¡Un médico! ¡Un importante cardiólogo! —Leo gira de nuevo el móvil hacia David, a quien cada vez se le ve más aturdido—.
¡Vamos, di algo, que te estoy grabando! ¡A qué has venido?
¿Qué querías decirme? ¿Ahora que tienes una cámara delante no eres tan valiente? ¿Eh?
Y como si no hubiera ninguna cámara grabándolo o no le temiera a nada, el cardiólogo sentencia entre dientes:
—Te voy a matar, hijo de puta.