Patricia
Después de que Carla me haya cerrado la puerta en las narices e incapaz de dejar de pensar en el ridículo que hice anoche, he ido a dar un paseo por el bosque que me ha venido muy bien para aclarar las ideas.
No me puedo sacar a Lucas de la cabeza, aunque sé que, cuando David y yo volvamos el miércoles a Madrid, no volveré a verlo.
Lo que más me jode es estar comparando a Lucas con David, porque, si de algo me di cuenta cuando David me insultó y me despreció, es que he estado perdiendo unos meses valiosísimos de mi vida con él.
He estado ciega. Y ha tenido que venir un desconocido que no sabe nada de mí, a abrirme los ojos. Rememoro las palabras de Lucas:
«¿Y te compensa ser solo la amante? ¿No quieres algo más? ¿No crees que estás perdiendo el tiempo o la oportunidad de estar con alguien para quien seas la única?».
«Sí, Lucas, me gustaría ser la única para alguien, pero no veas lo mal que está el mercado… a este paso, me quedo para vestir santos, aunque tener una relación formal nunca ha sido mi prioridad».
Ser la otra tiene más desventajas que ventajas, no es la historia de amor idílica con la que soñamos.
Yo solita me lo he buscado, pero ya estoy cansada de esperar.
De estar siempre pendiente de una llamada, o conformándome con un simple mensaje de buenas noches por el que David parece arriesgar su vida cada vez que me habla a espaldas de su mujer.
Harta de ser el segundo plato, de los cambios de planes a última hora como si mi agenda no importara nada.
De hecho, hasta que no recibí un wasap de David diciéndome que ya me estaba esperando en el coche, llegué a pensar que la escapada a Brétema se cancelaría y yo habría perdido estos preciados cinco días libres que se descontarían de mis vacaciones de verano.
Lo que David me dijo anoche… «Qué rápido te abres de piernas. Eres una zorra». Pero ¿estoy imbécil o qué? ¿Cómo he podido dormir con él como si nada, aunque después me pidiera perdón y se mostrara hundido y arrepentido?
Lo dejo. Lo voy a dejar. Cuando lleguemos a Madrid, antes siquiera de bajarme del coche, le diré que lo nuestro ha acabado. Y si mi trabajo en el hospital se complica o me siento incómoda, siempre puedo pedir un traslado.
Inspiro hondo y me deleito con el olor a mar que llega hasta estos bosques frondosos que recorro a paso lento y sin prisas.
Cuando entro en la casa de cristal, David está sentado a la mesa con gesto sombrío.
¿Habrá discutido con su mujer? ¿Se habrá enterado de que David no está en el congreso de Pamplona?
Ay madre.
—¿Qué pasa? —le pregunto, y a medida que me acerco a él, veo que encima de la mesa hay una foto y un papel arrugado—. ¿Qué es eso?
—Ese capullo de la casa de al lado me está chantajeando —contesta sin mirarme.
—¡¿Qué?!
Cojo la foto con manos temblorosas y siento que la sangre me abandona el rostro y el suelo se abre bajo mis pies.
Es de anoche, de cuando follamos en la cocina.
A mí apenas se me ve, tengo la cara hundida en el pecho de David, pero a él se le reconoce perfectamente pese a la mala calidad de la imagen, y supongo que esa es la intención.
Que el chantaje va dirigido a David, que es quien tiene mucho dinero, no a mí, que soy una pringada que comparte piso en un barrio humilde de Madrid.
Lucas debió de grabarnos nada más salir de la casa y como se ve todo desde fuera…
Joder.
Leo la nota y me alarmo al saber que no solo hay una foto, sino un vídeo que dura veinte minutos, y ahí seguro que sí se me reconoce.
Te doy 48 horas para que nos des 100.000 euros
en efectivo y tu aventura con tu residente no saldrá a la luz.
Esto es solo una captura, existe un vídeo que dura
veinte minutos y se lo haré llegar a tu mujer (Victoria Tello), si no obedeces.
He descubierto mucho sobre ti, doctor Hernández, hasta sé dónde vives.
No te la juegues.
Si en 48 horas no tenemos el dinero,
atente a las consecuencias.
L
—Este capullo no sabe con quién se está metiendo —dice David entre dientes, inflando las aletas de la nariz de lo cabreado que está.
—Pero… va, seguro que es una broma, David, no parece mal tío —intento quitarle hierro al asunto, pero me falta convencimiento.
—¿Que no parece mal tío? Es un hijo de puta, eso es lo que es.
Te dije que eran unos macarras, que no podíamos fiarnos de ellos.
¿Cómo saben el nombre de mi mujer? ¿Eh? ¡Ahora lo saben todo de mí!
¡Ese cabrón va a por mí! Y ahora me pide cien mil, pero ¿quién me asegura que dentro de un mes no me pedirá otro tanto? ¡JODER!
—No, eso de que no podíamos fiarnos de ellos no recuerdo que me lo dijeras.
Bajo la mirada compungida, preparándome para el siguiente grito, que llega tras un fuerte golpe en la mesa:
—¡Los invitaste a cenar! ¡Contaste demasiado sobre nosotros, hasta les dijiste en qué hospital trabajamos!
—Bueno… fuiste tú el que estuvo veinte minutos hablando de una de tus exitosas operaciones de bypass —contraataco—. Y, en realidad, lo de la cena lo propuso Lucas, yo no supe decir que no y…
—¡Permitiste que unos desconocidos invadieran nuestra intimidad y supieran que éramos amantes aun sabiendo lo mucho que me juego!
—sigue gritándome, colérico y fuera de sus cabales, y es que, claro, a alguien tiene que cargarle la culpa, y me ha tocado a mí.
Siempre me toca a mí, parece que estoy gafada—.
Tengo una mujer y tres hijos, Patricia, recuérdalo, y no voy a hundir mi vida por…
Se calla a tiempo. Pero no hay que ser un lumbreras para adivinar lo que iba a decir: que no va a hundir su vida por alguien tan insignificante como yo.
Duele igual, aunque no lo haya llegado a decir, aunque cada vez estoy más convencida de que lo nuestro no va a ninguna parte y lo voy a dejar en cuanto lleguemos a Madrid.
Antes no, por si se le ocurre dejarme tirada.
—Voy a machacarle la cara a ese cabrón.
—No, no, espera, David… Vamos a centrarnos, a hablar y…
Es inútil que siga hablando con la intención de calmar la tempestad.
Espero que sea una broma de mal gusto. Que, a pesar de la existencia del vídeo, Lucas no vaya en serio y haya hecho esto porque tiene un humor raro y retorcido.
David ya está saliendo por la puerta con los puños cerrados, dispuesto a buscar guerra.
Y no me cabe la menor duda de que la va a encontrar.