La otra pareja del lago Clara
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Clara

Leo llega a casa con un brillo febril en la mirada. Parece ansioso.

​ —¿Qué has ido a hacer a Cedeira? Has estado fuera mucho rato. ¿Te ha visto alguien?

​ —Nadie se ha fijado en mí —contesta, dejando el móvil encima de la mesa cuyo contenido, según Leo, nos va a sacar del apuro económico en el que nos encontramos. Del poco dinero en efectivo que teníamos, no nos queda nada, ni para comprar comida.

​ Discreto, lo que se dice discreto, no ha ido a Cedeira, pero me callo porque no quiero que se enfade.

De los más de seis mil quinientos habitantes que hay, puede que alguno lo haya reconocido a pesar de llevar bufanda, gorra con visera, gafas de sol…

demasiado estrafalario. Menos es más, se lo he dicho antes de que saliera, que con tanto complemento atraería más miradas, pero no me ha hecho caso.

​ —¿Has entrado en algún bar? —pregunto con inquietud, los nervios a flor de piel.

​ Normalmente, en los bares, además de los reclamados partidos de fútbol, tienen puestos los canales de noticias a todas horas.

Nuestras caras han aparecido en todos los informativos del país, por eso le sonamos tanto a Patricia, aunque todavía no haya caído en la cuenta de qué ni de dónde.

Tiempo al tiempo. Acabará descubriendo quiénes somos y nuestra huida, hasta ahora exitosa aunque agotadora, habrá llegado a su fin.

Que, por otro lado, después de tres meses, ojalá acabe pronto.

Estoy harta de ir de un lado a otro en moto, cada vez hace más frío, no nos queda dinero ni más ganas de improvisar, y una parte de mí está deseando que nos encuentren.

Porque esto no es vida, no, así no se puede vivir, aunque antes de encontrarme en esta encrucijada, yo ya estaba muerta.

No literalmente, pero así era como me sentía. Muerta.

​ —No he entrado en ningún bar —contesta Leo al cabo de un rato—. He ido al local del colega de un colega que tiene…

​ —Leo… —lo interrumpo—. Te has arriesgado demasiado.

​ —¿Has visto a David o a Patricia? —cambia de tema. Leo siempre cambia de tema…

​ —Solo a Patricia. Ha venido a disculparse.

​ —Pero si cree que somos hermanos. No se lo has desmentido, ¿no? —pregunta, tenso.

​ —Sigue creyendo que somos hermanos. Está abochornada por el espectáculo que montasteis ayer.

​ —Consiguió lo que quería, que era poner celoso al cardiólogo del que, por cierto, he recabado bastante información durante mi escapada —me cuenta con aire travieso, sacando un par de fotos del bolsillo.

Son capturas de vídeo del momento que Leo grabó con el móvil, y en ellas aparecen David y Patricia follando.

A continuación, en un papelito arrugado arrancado de alguna libreta de anillas, Leo empieza a escribir mientras me sigue hablando—: David Hernández, cardiólogo en el Hospital Las Cruces de Madrid, tal y como nos dijo.

Su mujer se llama Victoria Tello y está forrada.

Viven en un chalet inmenso en La Moraleja y tienen tres hijos ya mayores de edad. ¿Cuánta pasta quieres?

​ —Sabes que sigo creyendo que no es ético. Ellos no tienen la culpa de que tú y yo…

​ —Cuánta pasta quieres —repite, esta vez con dureza y sin mirarme, con la vista clavada en el papel en el que está escribiendo y el boli suspendido en el aire—. ¿Medio millón? ¿Un millón?

​ —Leo, tío, eres un flipado —me arriesgo a decirle—. Aunque tuvieran toda esa pasta…

​ —… que te aseguro que la tienen…

​ —¿Sabes lo complicado que es sacarla? Esto no es una peli, Leo, aterriza.

​ —Pues tendremos que conformarnos con… ¿Cincuenta mil? ¿Cien mil? —duda.

​ Resoplo con exasperación. A veces, me da la sensación de que Leo y yo hablamos idiomas distintos.

​ Acaba de escribir y dobla la hoja en dos.

Coge una de las dos fotos y esconde la otra en un cajón de la cocina.

Seguidamente, lo veo salir por la puerta.

Al poco rato, vuelve con una sonrisa cargada de satisfacción y me hace el amor en el sofá, frente a la chimenea que acabo de encender para no morirnos de frío.