La otra pareja del lago DÍA 3 - MAÑANA
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DÍA 3 - MAÑANA

MAÑANA

PATRICIA

D avid y yo nos quedamos en la cama hasta tarde. Lo de anoche fue… es que no sé ni cómo describirlo. Fue emocionante pero también sucio y bochornoso, pasional pero incómodo… Siento mucha vergüenza.

​ Obviamente, no me llevé un cuchillo a la habitación ni lo apuñalé hasta la muerte, aunque no fue por falta de ganas.

Qué noche tan extraña de la de ayer. David se portó como un capullo, que puede que lo sea aunque yo no lo haya querido ver hasta ahora.

Jamás tendría que haberme insultado ni hablado con tanto desprecio, y soy de las que perdona pero no olvida.

No puedo consentir que me trate así. Pero asumo mi parte de culpa.

Liarme con Lucas delante de sus narices para hacerlo rabiar, estuvo fuera de lugar.

Bueno, ya da igual, a lo hecho, pecho. ¿Que debería hacerme valer, recoger mis cosas, largarme de aquí y terminar con David, que es un hombre casado por mucho que intente no pensar en su acaudalada mujer y en que me llevo menos años con sus hijos que con él? Pues también.

​ Cuando anoche subí a la planta de arriba y encontré a David sentado en el borde de la cama con pose derrotada, se me ablandó el corazón.

​ —David.

​ Mi voz sonó dura, contundente, fría. Tenía pensado mandarlo a la mierda, esta vez de verdad. Hasta que, arrepentido por lo que había pasado abajo, empezó a hablar:

​ —Perdóname, Patricia, por favor… perdóname. Es que no sé ni lo que digo, verte con ese tío me ha revuelto, ha sacado lo peor de mí porque yo… yo no quiero perderte. Soy imbécil. Lo siento. Lo siento mucho, te juro que no volveré a hablarte así en la vida. No volverá a pasar.

​ Tambaleante por los efectos del vino, me acerqué a él, me puse de rodillas para quedar a su altura y, tras un breve titubeo, le dije:

​ —Te perdono.

​ «Aunque los maltratadores también te aseguran que no volverá a pasar para que los perdones y vuelvas con ellos, y no transcurren ni veinticuatro horas, y vuelve a pasar », comparé, pensando en Carla y lamentando lo mal que lo habrá pasado hasta conseguir salir de una relación, tal y como dijo su hermano, difícil.

​ Al poco rato, nos quedamos dormidos casi al instante.

···

Ahora, mientras David ha ido a Cedeira a hacer unos recados y llamar a su mujer con la promesa de que tardará una hora como mucho y volverá conmigo, salgo de casa con la intención de disculparme con Carla.

Se fue tan precipitadamente que supongo que le molestó que su hermano y yo nos encendiéramos como quinceañeros en la cocina.

Dios… qué vergüenza, qué vergüenza… Son desconocidos a los que, seguramente, no volveré a ver en mi vida y, por lo tanto, no debería importarme el recuerdo que se lleven de mí, pero lo de anoche fue patético.

No me reconozco. Me dejé engatusar por Lucas, un «macarra de tres al cuarto», según David.

¿Y cómo voy a mirar a Lucas a la cara sin que me entre un ataque de timidez?

​ Llamo a la puerta de Casa Nigra. Envidio su privacidad, deberíamos haber reservado esta casa en lugar de la de cristal. Carla no tarda en abrirme, y lo hace, por fin, mirándome a la cara, los ojos fijos en los míos retándome, como si me deseara lo peor.

​ —Hola.

​ —¿Qué quieres? Le… Lucas no está.

​ —En realidad te buscaba a ti.

​ —¿Para qué? —pregunta con tono cortante, cruzándose de brazos.

​ —Para pedirte perdón por el numerito de anoche.

Imagino lo incómodo que fue… No estuvo bien.

Lo siento, me avergüenza hasta recordarlo.

Te juro que yo no soy así, pero bebí de más y tu hermano tiene algo que…

no sé, de verdad que no sé qué me pasó. Lucas me estuvo contando que acabas de salir de una relación… complicada.

​ —No es asunto tuyo.

​ —No, claro, y no pretendo ser entrometida ni incomodarte, de verdad, pero… —Cada vez estoy más convencida de que la he visto en alguna parte. A los dos, a Carla y a Lucas—. ¿Alguna vez has estado en el Hospital Las Cruces? —tanteo, insegura.

​ —No.

​ —Es que me suenas muchísimo, pero no recuerdo de qué. ¿Seguro que no has…?

​ —Voy a cerrar la puerta. No quiero volver a verte más por aquí.

​ —Bueno. —Miro a mi alrededor sin poder evitar soltar una risa nerviosa—. Esto no es muy grande, nos alojamos en la casa de al lado, Carla… a no ser que te encierres y no vuelvas a salir, hasta el miércoles va a ser inevitable coincidir.

​ Si las miradas matasen, caería fulminada antes de ver cómo la puerta se cierra con violencia delante de mis narices.