Clara
Leo tarda una eternidad en llegar. He perdido la noción del tiempo.
No sé si han pasado diez minutos desde que lo he visto con Patricia, o tres horas.
Cuando por fin entra en casa, me encuentra hecha un ovillo en la cama con la cara empapada de lágrimas.
Se tumba a mi lado, está muy cerca de mí, pero no me toca.
Le doy la espalda bruscamente para que sepa lo molesta que estoy con él sin necesidad de decirle nada.
—¿Te ha gustado?
Me mira sin comprender.
—El beso. ¿Te ha gustado? A mí nunca me has besado así, con tanta… intensidad.
Se me queda mirando fijamente durante tanto rato, que mi cuerpo se tensa, preparado para una paliza como las que me daba El otro .
No debería haberle reprochado nada ni plantarle cara.
No debería cabrearlo. Pero Leo no cierra el puño para reventarme las costillas, ni levanta la mano para soltarme un bofetón, sino para acariciarme la mejilla suavemente hasta que consigue relajarme y que me confíe, y después me susurra que me quiere, que me quiere desde el día en que me conoció, y yo le creo, le creo por comodidad, porque no hacerlo solo me traería más problemas de los que ya tengo, y porque el beso que me da no tiene nada que envidiar al que le ha dado a Patricia.