La otra pareja del lago Patricia
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Patricia

​ Me preguntaba cuánto tardaría David en interrumpir el mejor beso que me han dado en la vida. Lucas, cómplice y todavía muy cerca de mi cara, se echa a reír con aire travieso.

​ —¿Ves? Creo que ha funcionado.

​ El beso ha sido apasionado, casi salvaje, la cercanía de un cuerpo nuevo y desconocido, el vino…

estoy mareada y me arden las mejillas. El corazón me va a mil.

Hasta me cuesta respirar. Nunca, nadie, me había besado como me ha besado Lucas.

Tardo un poco en aterrizar en la realidad y en percatarme de que Carla ya no está sentada a la mesa y que David está solo, mirándonos con el ceño fruncido y algo parecido a la excitación.

​ —Bueno, pareja, debería irme —dice Lucas, relamiéndose los labios y dejándome con ganas de más—. Cuando queráis repetimos, ¿vale? —inquiere con guasa.

​ David, que sigue mirando a Lucas como si lo que acaba de ocurrir hubiera sido fruto de su imaginación, parece un perro rabioso, pero no se mueve de la silla.

No salta ni ataca al enemigo , se limita a verlo marchar.

Yo me quedo un rato más apoyada en la encimera de la cocina con las piernas temblando.

​ —David…

​ —No digas nada.

​ —¿Estás enfadado?

​ David gruñe, sacude la cabeza…

​ —No, joder, estoy muy cachondo…

​ … se levanta de la silla y viene hacia mí con urgencia, imitando los gestos de Lucas.

Me agarra de la nuca con fuerza y presiona sus labios contra los míos iniciando un beso largo y voraz que termina con un polvo increíble.

Lo que no sabe, es que no es su cara la que he visto mientras entraba dentro de mí y me embestía, sino la de Lucas.

Me he estado imaginando a Lucas todo el rato.

Y nada importa, absolutamente nada, ni siquiera que, desde fuera, se vea todo el interior de Casa Alva.

​ Cuando acabamos, todo me parece perfecto hasta que David rompe la magia susurrándome con desprecio mientras se abrocha la bragueta:

​ —Qué rápido te abres de piernas. Eres una zorra.

​ Sube al dormitorio y me deja en la cocina aturdida y mal, haciéndome sentir sucia, despreciada, como un trapo de usar y tirar.

Miro de reojo los afilados cuchillos que tengo a mi lado y fantaseo con la idea de coger uno, el más grande y afilado, subir al dormitorio y clavárselo hasta que la vida lo abandone.