Clara
NO. NO. ¡NO! ¡NO!
No me ven. No me oyen. Soy invisible. Pero por dentro estoy chillando.
Al cardiólogo se le descuelga la mandíbula al ver a Leo besando a Patricia, pero no se mueve de la silla. No los detiene. Hasta parece que el muy capullo arrogante se esté poniendo cachondo al ver a su amante besándose con otro.
¿Cuándo fue la última vez que Leo me besó y me tocó así, con tantas ganas?
Ya ni me acuerdo. Fue al principio, cuando todo era nuevo y emocionante y Leo me pareció arrebatador y yo estaba tan herida por dentro y por fuera, que cualquiera que me hubiera dedicado unas palabras bonitas y un gesto compasivo me habría llevado a la cama sin demasiado esfuerzo.
Arrastro la silla hacia atrás y me levanto como un resorte haciendo mucho ruido.
Pero Patricia y Leo ni se inmutan. Ellos siguen a lo suyo.
El mundo ha dejado de existir para ellos.
Yo he dejado de existir para Leo. David repara al fin en mi presencia y me dice algo cuando yo ya estoy saliendo por la puerta de esta casa de cristal que es como un escaparate de todas nuestras vergüenzas, y me refugio en Casa Nigra, donde la oscuridad me recibe protegiendo todos mis secretos.