Patricia
No debería abrir otra botella de vino. Voy un poco borracha.
David solo ha bebido un par de copas, mientras yo he perdido la cuenta de las que llevo.
Y a mí el vino tinto enseguida se me sube a la cabeza.
Lucas, delante de mí, me dedica una mirada cargada de deseo y…
bueno, si no fuera porque David no nos quita el ojo de encima, le susurraría al oído que me lo hiciera aquí mismo, encima de la encimera blanca e impoluta de la cocina.
—Ey, ¿estás bien? —me pregunta Lucas.
—Sí, es solo… el vino, ya sabes… —me río—. No tengo aguante, enseguida se me sube a la cabeza.
—Creo que David me quiere dar una paliza —susurra divertido.
—No, qué va. Porque no soy importante para él, ¿sabes? —confieso en el mismo tono de voz bajito que ha empleado él para que David y Carla no alcancen a oírnos—. Solo soy la amante —añado, tragándome las lágrimas.
—¿Y te compensa ser solo la amante? ¿No quieres algo más? ¿No crees que estás perdiendo el tiempo o la oportunidad de estar con alguien para quien seas la única?
Uf. Eso ha dolido.
—Iban a ser cinco días perfectos… él y yo solos. Por fin solos, pero… —me lamento, dejando en el aire las palabras que transmiten mi decepción, sin pretender echarle la culpa.
—Los planes se tuercen, las cosas no salen como esperábamos… Suele pasar. Es imposible poder controlarlo todo.
—Ya, pero…
—¿Quieres volverlo loco?
—¿Qué?
—Que si quieres volverlo loco, obsesionarlo, tenerlo solo para ti y que repudie a su mujer.
Que tenga aún más ganas de estar contigo —sigue diciéndome, mientras se aproxima más y más a mí, y, oh, Dios…
, se ha empalmado. Noto un bulto enorme en la entrepierna que, no sé si es porque Lucas me atrae o porque he bebido demasiado, pero ahora mismo haría lo que me pidiera.
—Bueno, yo…
La cabeza me empieza a dar vueltas cuando coloca su mano en mi nuca y me atrae con fuerza hacia él. Nuestras bocas empiezan a devorarse sin que a ninguno de los dos nos importe que haya testigos y consecuencias.