Clara
Oh. Oh.
Empieza el juego. Y todo está pasando tal y como pensaba, aunque, aun habiéndome anticipado, me sorprende que Leo le eche tanto morro.
David baja en el momento en que Leo ha agarrado la mano de Patricia y se la ha llevado al pecho, ahí donde late su corazón frío y despiadado.
El hombre ni siquiera se ha detenido a saludarme.
Ha pasado por mi lado con gesto enfurecido dejando a su paso la estela de un perfume caro, y ha abierto la puerta como un energúmeno.
—¿Qué pasa aquí? ¿Qué haces, Patricia?
Leo arquea las cejas fingiendo sorpresa.
Por el gesto de niño bueno que compone, encubriendo sus rasgos duros, jamás creerías que es un asesino.
Lo que no esperaba, es que Patricia fuera a reírse de la situación.
No parece preocuparle lo más mínimo. No le incomoda lo que Leo acaba de hacer y tampoco le importa que David los haya pillado in fraganti .
Al contrario. Da la sensación de que a Patricia le divierte, mientras a mí se me llevan los demonios por lo que está claro que Leo pretende.
Odio a esa mujer. Odio a Leo. Los odio a todos.
—Lo que yo haga o deje de hacer, no es asunto tuyo, David —suelta Patricia.
Uau. Sin que yo sepa los motivos, parece que Patricia estaba deseando soltarle esa frase. Debe de tener algún significado entre ellos. Además, la ha formulado con malicia y retintín.
—Bueno, ¿qué? ¿Cenamos? —propone Patricia pizpireta, mirando intencionadamente a Leo.
Le guiña un ojo y, sugerente, le sonríe.
Tiene una sonrisa bonita. Para no enfadarme debido a los celos que empiezo a sentir por Patricia, tengo que repetirme que Leo me quiere, que ha hecho locuras por mí. Su corazón me pertenece.