Patricia
Son las nueve cuando Lucas y Carla, puntuales, llaman a la puerta.
Él se muestra vivaracho y sonriente, y ella cabizbaja y ausente.
David todavía no se ha dignado a bajar. Es su manera de castigarme, de querer hacerme ver que es él quien tiene el control.
Me pregunto qué estará haciendo ahí arriba, y si Lucas y Carla lo han visto a través del ventanal acristalado al venir hacia aquí.
Puede que lo hayan pillado en bolas, saliendo de la bañera… a saber.
Por favor, por favor, por favor… que anoche no nos vieran.
—¡Hola! —los saludo, disimulando el terror que me provoca la posibilidad de que me hayan visto desnuda y en un momento tan íntimo.
Qué raro. ¿Y si resulta que no son pareja? ¿Y si son hermanos y me he confundido? Si la memoria no me falla, en ningún momento se presentaron como pareja, ¿verdad? Lucas dijo…: «Disculpadla, es muy tímida». Intento ver un parecido entre los dos, pero no lo encuentro.
—Gracias, Lucas, eres muy amable. Carla, ¿qué tal? —le pregunto animada, retirándome de la puerta para dejarles entrar.
Carla se limita a esbozar una sonrisa pequeña, casi inexistente.
Parece tan triste… a pesar de su juventud, intuyo que no ha tenido una vida fácil o, al menos, es lo que transmite.
A lo mejor me estoy equivocando. No debería juzgar tan a la ligera ni montarme historias.
Pero entonces, Lucas mira de reojo a Carla con gesto afligido, y vuelvo a pensar que detrás de su apatía hay algo más.
—Carla, ¿te importa si salgo un momento con Patricia? —le dice Lucas con tiento, señalando la puerta acristalada.
—¿Por qué? —pregunta Carla, mirando a su alrededor como si fuera un pajarillo enjaulado buscando una escapatoria.
—Tú solo… quédate aquí, ¿vale? Patricia, ¿podemos salir, por favor?
—Eh… —Madre mía, esto es superincómodo—. No, claro. Vale. Vamos.
No me pasa desapercibida la cara de espanto de Carla cuando Lucas y yo salimos.
Él, como si me tuviera más confianza de la que realmente procede dado que no nos conocemos de nada, se me acerca más de lo necesario antes de empezar a hablar.
Si David nos viera, pensaría mal. Cualquiera que nos viera pensaría mal.
—Perdona a mi hermana.
¿Ves? Hermanos. Son hermanos. Y sabe que lo mío con David es «solo» una aventura, porque se ve a leguas, y ni siquiera se molesta en quitarse la alianza cuando estamos juntos.
Por eso Lucas no tiene ningún reparo en flirtear conmigo, a no ser que me esté confundiendo y esa no sea su intención, sino... ¿su manera de ser?
—Pensaba que erais pareja.
—No, no, qué va. Somos hermanos por parte de padre. El caso es que Carla… mi hermana no está bien.
—¿Y eso? —me preocupo.
—Acaba de salir de una relación difícil.
—Vaya.
—Sí. Su pareja es un tío muy peligroso. La maltrataba.
Hay algo en Lucas… su cara sigue sonándome «de algo», de otro lugar. Se me hace muy familiar, pero…
—Qué horror —comento, distraída.
—La he tenido que sacar de Madrid. La tengo controlada las veinticuatro horas del día por si intenta… ya sabes.
No, no sé lo que podría llegar a intentar, si se refiere a que «podría» volver con su ex con el peligro que eso conlleva, o «podría» autolesionarse. Pero no pregunto. No quiero meterme donde no me llaman, porque, si es tal y como Lucas me cuenta, ya está él para protegerla.
—Y David y tú… —tantea, acercándose más a mí, tanto, que doy un paso atrás. Empieza a intimidarme. Pero, extrañamente, tampoco me disgusta.
—Es complicado.
—Ya. —Esboza una risa breve y seca—. Sois amantes, ¿no? Él está casado. Ni siquiera se ha quitado el anillo.
—Te has fijado.
—Soy bastante observador.
—Ya veo.
—¿Y dónde os conocisteis? —se interesa.
No creo que a David le haga gracia que dé detalles de lo nuestro a un desconocido, pero, en vista de que todavía no ha bajado y parece sentir cero interés en pasar tiempo conmigo…
Qué más da. De perdidos al río. Hace unas horas, David me ha dicho: «Lo que haga o deje de hacer, no es asunto tuyo».
Bien. Lo mismo digo. Lo que yo haga o deje de hacer, no es asunto de David.
—Trabajamos en el Hospital Las Cruces. En la unidad de cardiología. David es mi médico adjunto.
—Ah. Eres médica.
Sin que lo vea venir, me agarra de la mano y se la lleva al corazón.
—¿Cómo suena?
El contacto con su mano grande y áspera me turba. Seguro que me he puesto colorada, porque me arden las mejillas.
—Bastante rápido —contesto, recordando nuestro momento en el muelle, la confianza en sí mismo que desprende y la manera en que me ha agarrado de la cintura para evitar que cayera al lago, después de asustarme dándome un toquecito en el hombro.
Un estremecimiento vuelve a recorrerme el cuerpo entero.
—Es por ti —me susurra, seductor, en el momento en que vemos aparecer a David con cara de pocos amigos.