DÍA 2 - NOCHE
NOCHE
PATRICIA
P asarme la tarde en la cocina preparando una cena para cuatro no era el plan que esperaba cuando David me propuso venir a Brétema.
«Estaremos solos. No veremos ni un alma. Es un lugar olvidado, prácticamente abandonado».
Bueno. Soy imbécil. A estas alturas, como la amante de un hombre bastante mayor que yo que está casado y que además es mi médico adjunto, ¿no debería estar acostumbrada a las promesas rotas?
Por la mañana, David ha salido de casa sin tan siquiera despedirse.
Lo he visto subir a paso rápido por el sendero del bosque para llegar al aparcamiento de tierra donde ayer por la tarde dejó el coche.
Ha estado en Cedeira tres horas. Tres. Sin mí.
Como castigo por haberme acercado a esa «pareja mediocre y zarrapastrosa» que no puedo sacarme de la cabeza.
Habrá estado hablando por teléfono con su mujer…
¿Qué? ¿Diez minutos? ¿Veinte, como mucho?
¿Y después? ¿Qué ha estado haciendo después?
¿Por qué ha estado tanto rato fuera dejándome sola en la casa del lago?
—No eres mi mujer, Patricia —me ha dejado claro al regresar cuando le he preguntado qué ha estado haciendo, por qué ha tardado tanto—. Lo que haga o deje de hacer, no es asunto tuyo.
Llevamos horas enfurruñados y sin hablar. Si los días que nos quedan en Brétema van a ser así, apaga y vámonos. Porque pedir un taxi que me lleve a Madrid me saldría por un ojo de la cara, que si no…
David ha subido a la habitación «a descansar» y a darse un largo baño de espuma al que no he sido invitada, mientras yo he salido a dar una vuelta por el bosque hasta que se ha hecho de noche.
El atardecer, visto desde aquí, con el cielo rosado reflejado en el lago, es increíble.
El caso es que, de día, la casa es un espejo.
El interior apenas se ve, a no ser que pegues la cara al cristal.
Pero al caer la noche, he comprobado con espanto que se ve todo.
Espero que a Lucas y a Carla no se les ocurriera salir anoche y no nos vieran a David y a mí hacer el amor primero en el sofá del salón y, después, en la cama.
Me moriría de vergüenza. Me gustaría echárselo en cara a David, aunque eso supusiera enrarecer aún más la estancia en Brétema: «¿Que desde fuera no se ve el interior de la casa?
¡Sal! ¡Anda, sal y compruébalo por ti mismo!
¡De noche se ve todo! ¡Puto mentiroso!».
No quiero discutir más. Tal y como David me ha dicho, no soy «la mujer», sino «la amante», «que me quede clarito». Soy, y es lamentable, la que no tiene derecho a nada.