Patricia
—Es que… bueno, ya sabes que me cuesta mucho decir que no… Lo siento. Estos días tenían que ser distintos, lo sé, teníamos que estar tú y yo solos, sin contacto con nadie, pero esa pareja… no sé… Ellos ya estaban aquí y…
David inspira con fuerza y le da un sorbo al café. Yo me he servido otra taza, omitiendo que he desparramado todo el café en el muelle porque Lucas me ha asustado, casi me caigo de cabeza al lago, me ha agarrado de la cintura y… Ay. Recordar el momento me acalora y me provoca un vuelco.
—Vale, pues que vengan, aunque no me hace gracia. Solo esta noche, que no se convierta en costumbre. Para los pocos días que tenemos… —se lamenta emitiendo un chasquido—. Tengo que salir un rato a la civilización para llamar a Victoria —añade, resoplando de forma ostentosa.
—Voy contigo.
—No. Tú quédate aquí.
—¿Es tu forma de castigarme, David?
—No te estoy castigando, Patricia —suelta con desprecio—. Ya sabes lo que hay, te he dejado las cosas muy claras desde el principio. O lo aceptas o…
—O lo dejo, ya. He leído el contrato —suelto mordaz.
No es la primera vez que me suelta «Ya sabes lo que hay».
Esas cinco palabras se me clavan y sacan lo peor de mí, a duras penas consigo controlarme y disimular la rabia que me invade.
Cada vez que me dice eso «a modo de recordatorio», como si fuera tan estúpida de olvidar que solo soy la amante, me entran ganas de estrangularlo.
O de mandarlo a la mierda. Pero nunca lo hago.