Patricia
El bosque envuelve el lago de Brétema como si lo protegiera, por lo que no puedes fiarte de la procedencia del sonido.
De cualquier sonido. Porque, aunque me ha parecido que el grito de Lucas procedía de los frondosos árboles que quedan al otro lado del lago, resulta que estaban dando un paseo por la parte de atrás.
Carla no me devuelve el saludo, así que me quedo algo cortada sin olvidar que Lucas, que me ha salvado de caer al agua, le ha gritado: «¡Tú! ¡Fuiste tú! ¡Qué me obligaste a hacer tú!».
Mi parte más chismosa está llena de interrogantes:
¿Qué le ha obligado a hacer Carla a Lucas?
Está claro que ocultan algo, ¿pero el qué?
¿Y este hormigueo que siento en el vientre? ¿Es por el susto que me ha dado Lucas o por el acercamiento? Ha sido un momento tan íntimo que me parece que aún puedo notar sus fuertes manos alrededor de mi cintura.
Ahora que veo a la pareja a la luz del día, no me parecen unos «macarras» en absoluto.
De hecho, son bastante atractivos, sobre todo él.
Y, si tenía alguna duda sobre si los había visto antes, ahora se ha disipado del todo al tenerlos tan cerca y a plena luz del día.
Estoy bastante segura de que los he visto en alguna parte y, por lo que fuera, llamaron mi atención.
¿Dónde? Sigue siendo un misterio y detesto tener tan mala memoria para ubicar a las personas.
De hecho, no es la primera vez que me pasa.
—Por cierto, ¿nos hemos visto antes? —les pregunto directamente a ver si así salgo de dudas, pero, por el gesto de horror que componen, especialmente Carla, que ha palidecido varios tonos de repente, parece que haya dicho algo terrible.
—No lo creo —responde Lucas—. Oye, coméntale a tu marido…
—No es mi marido —aclaro, interrumpiéndolo con brusquedad.
Lucas está de espaldas a Carla, por lo que baja la mirada un segundo y, en una pose que me parece estudiadísima, se muerde el labio inferior. ¿Está coqueteando conmigo delante de su novia, aprovechando que está detrás de él y no lo puede ver?
—Eso lo cambia todo —dice, sugerente, en un tono de voz tan bajito que dudo que Carla lo haya oído—. Estaría bien cenar los cuatro juntos.
«Queríamos estar solos. Completamente solos».
Tengo mil defectos, y uno de ellos es que me cuesta horrores decir que no.
—¡Claro! —finjo entusiasmo—. ¿Cuándo os apetece?
—Esta noche.
De nuevo es Lucas quien lleva la voz cantante, sin permitir que Carla intervenga, y eso me fastidia.
—¿Te parece bien, Carla?
Carla parpadea repetidas veces, como si acabara de despertar de un sueño o le pareciera insólito que me dirija a ella y la incluya en la conversación, con el deseo de conocer su opinión.
Disimuladamente, dirijo la mirada a su cuello.
No tiene ninguna marca visible, pero es difícil estar segura al cien por cien.
Pese al sol, la mañana es fría y va bastante abrigada.
—Eh… sí —contesta con aprensión, mirando a Lucas como si tuviera que pedirle permiso para hablar.
—Bien, pues a las nueve nos pasamos por la casa de cristal, ¿vale? —planea Lucas.
—Vale.
¿Qué otra cosa puedo decir?
—Os dejaron comida en la nevera, ¿no? —quiere asegurarse Leo, supongo que por si hay que salir a comprar algo.
—Sí, sí, la nevera está llena. Hay de todo —contesto, sin dejar de mirar a Carla—. ¿Os gusta el salmón?
—Nos encanta.
—Genial. Pues… hasta luego —me despido.
A ver cómo se lo digo a David, con lo poco que parecieron gustarle los vecinos. Me la va a liar.