Clara
«No lo hagas, por favor, por favor… no lo hagas».
Patricia está en el borde del muelle sin sospechar, pobre ingenua, que la amenaza cae sobre ella como una espada de Damocles.
Dirige la mirada al bosque con suma concentración, de puntillas y estirando el cuello al máximo, como si así pudiera ver a través de los árboles que ocultan los senderos cubiertos de hojarasca.
Un pequeño empujón sin necesidad de hacer fuerza, y Patricia cae de cabeza al lago, cuyas aguas deben de estar heladas.
Por no hablar del rumor que corrió hace unos años: el fondo del lago de Brétema oculta cadáveres y los espíritus, furiosos, emergen al caer la noche.
Ese fue el motivo por el que Brétema pasó de ser el paraíso soñado a un enclave decadente al que no es conveniente acercarse.
Leo no escucha mis súplicas silenciosas.
Se acerca a Patricia sin apenas hacer ruido hasta que está lo suficientemente cerca, y le da un inocente toquecito en el hombro.
Todo parece suceder a cámara lenta: ella, previsible, se asusta.
La taza se le escapa de las manos empapando de café las tablas de madera del muelle.
Emite un gritito porque no se lo esperaba, y su pie izquierdo la traiciona de tal manera, que si no fuera por Leo, que tiene unos reflejos envidiables y la agarra con fuerza por la cintura para que no caiga al agua, se habría desatado la desgracia.
Se quedan un rato más del necesario así, ella aferrada a él con las manos apoyadas en su pecho, y él sin soltarla de la cintura.
Me quedo paralizada, aguantando estoicamente el tonteo evidente que incluye sonrisitas nerviosas y un brillo raro en la mirada que se dedican, como si no pudieran apartar los ojos el uno del otro.
«Amor a primera vista», pienso para mis adentros, loca de celos.
—¡Madre mía! —exclama ella.
—Perdona, no quería asustarte.
«Quítale las manazas de encima ¡YA!», ruego internamente.
—Estábamos dando un paseo por el bosque de atrás —le dice Leo, mostrando su lado más encantador y soltándola, por fin, no sin antes asegurarse de que no va a volver a perder el equilibrio. Leo, galante, se apresura a recoger la taza, que es de acero, por lo que no se ha roto al caer.
—Ah. Por el bosque de atrás… —murmura ella.
—Siento lo del café.
—No pasa nada. Me prepararé otro.
Patricia me mira como si acabara de reparar en mi presencia y me saluda con la mano antes de coger la taza que Leo le devuelve.