Patricia
Ha sido una noche increíble.
El día ha amanecido tan espléndido como me siento yo.
Que nada ni nadie me baje de esta nube, por favor.
Hasta tengo la piel más luminosa pese a la cantidad de horas que echo en el hospital.
Antes de ayer, sin ir más lejos: diecinueve horas del tirón.
La legislación que fija un máximo de cuarenta y ocho horas semanales para los residentes se la pasan por el forro.
La realidad es muy distinta. La sanidad, valga la redundancia, no goza de buena salud, y luego pasa lo que pasa, médicos agotados y con prisas, diagnósticos erróneos, vidas en juego…
¿Cuántas peritonitis han sido mal diagnosticadas como gastroenteritis por no realizarse las pruebas pertinentes?
¿Cuántos infartos se han pasado por alto al «deducir» que se trataba de un ataque de ansiedad?
En fin, que después de tantas horas en las que ni mi cuerpo ni mi cabeza daban para más, llegué a casa con cara de muerta.
Eso me dijo Sara, puede que influenciada por la película que acababa de ver, Cementerio de animales , «que de qué ataúd me había escapado».
Aunque ya son las once de la mañana, David ha decidido quedarse un rato más remoloneando en la cama.
Yo bajo a preparar café. La cocina es tan blanca, tan de revista de decoración, que me sabe mal utilizarla.
Esta casa es increíble y las vistas al bosque y al lago te dejan sin palabras.
Las paredes de vidrio templado eliminan la frontera entre el exterior y el interior, que es diáfano.
Los perfiles de acero corten, con un tono óxido rojizo, enmarcan las vistas como si estuvieras frente a un lienzo.
La escalera flotante que lleva al piso superior donde se encuentra el dormitorio y un baño abierto con una bañera de piedra en el centro, es una obra de arte imponente: peldaños de vidrio y cables de acero casi invisibles para conectar los dos niveles.
El mobiliario es «invisible», de diseño icónico y ligero.
Sillas de policarbonato transparente, sofás de cuero blanco hueso y mesas de centro que parecen bloques de hielo.
Iluminación nocturna inteligente. Tiras de LED ocultas en el suelo y en el techo que crean un resplandor suave y uniforme.
Tengo que comprobar si por la noche, desde fuera, se ve el interior de la casa.
David me aseguró que no, que está preparada para que nadie invada tu privacidad, pero yo no estoy muy convencida y él iba a lo que iba...
Si estuviéramos solos, sería distinto, pero hay otra pareja, y con tanto cristal, si descubro que David se ha equivocado y de noche sí se ve el interior de la casa desde fuera, podría llegar a sentirme vulnerable y expuesta.
Me sirvo una taza de café y salgo al muelle, donde hay un par de tumbonas desgastadas por las inclemencias y la humedad de la zona.
Espero que la pareja que se aloja en Casa Nigra se haya ido a dar una vuelta.
David y yo buscábamos intimidad, estar cinco días solos, completamente solos.
Con la fama que tiene Brétema, ya es mala suerte que, justo cuando David y yo venimos, tengamos que compartir el espacio.
Que haya otra pareja aquí es una molestia con la que no contábamos, y, además, sigo con el run run en la cabeza de que los he visto en alguna parte, seguro, ¿pero dónde?
Veo a tantas personas a lo largo del día, se me mezclan tantas caras, que me resulta imposible ubicarlos.
Me acomodo en una de las tumbonas del muelle con los reflejos del sol dándome en la cara. Intento poner la mente en blanco y relajarme. Le doy un primer sorbo al café que me sabe a gloria y cierro los ojos, hasta que un grito procedente del bosque rompe la paz del momento:
—¡Tú! ¡Fuiste tú! ¡Qué me obligaste a hacer tú!
Esa voz… ¿Era Lucas? ¿Lucas le está gritando a la mujer?
A… ¿Cómo dijo que se llamaba? ¿Carla? No me quedé bien con el nombre de ella, pero sí, creo que dijo que se llamaba Carla y parecía muy tímida.
Anoche, cuando los conocimos, permaneció un rato escondida detrás de Lucas, no habló y no nos miró a la cara en ningún momento.
Aguzo el oído.
¿Dónde están? Deduzco que en el bosque, pero ¿en qué parte?
Me levanto de la tumbona y miro a mi alrededor, por si los veo desde aquí. No deben de andar muy lejos.