La otra pareja del lago DÍA 2 - MAÑANA
10%

DÍA 2 - MAÑANA

MAÑANA

CLARA

¿S on conscientes de que se ve todo desde fuera?

Todo. Hasta el cuarto de baño. Ver a esa pareja haciendo el amor en el sofá, probablemente pensando que pese a tanto cristal están a salvo de miradas indiscretas, encendió una llama en mí que llevaba tiempo apagada.

Según Leo, en estos lugares estafan a los clientes, y lo que te venden como superlujo, no lo es tanto en realidad.

La mayoría de clientes no entienden de arquitectura ni de materiales.

Por eso Leo eligió la otra casa, la que se hace casi invisible al mimetizarse con el bosque por el que hemos ido a dar un paseo para no enloquecer ni sentirnos tan encerrados.

No es más que una ilusión, claro, porque, vayamos donde vayamos, siempre estaremos atrapados.

Quiero cerrar los ojos y que esta pesadilla llegue a su fin.

​ —Es una suerte que reservaran Casa Alva en lugar de Casa Nigra.

​ —¿Pero Leo, tú cómo sabes tanto de este sitio?

​ No contesta. O no me ha oído o ha preferido hacerse el sordo, una de sus prácticas más habituales cuando quiere esquivar una pregunta. Y ya van muchas, demasiadas preguntas sin respuesta.

​ Desde que en el descampado que hay montaña arriba, hemos visto el lujoso Porche Cayenne que hemos deducido que es de David, Leo se ha mostrado más pensativo que de costumbre.

Ahora sigue avanzando por el bosque mientras yo le sigo un par de pasos por detrás, mirando su espalda fijamente como si temiera que se fuera a desvanecer ante mis ojos.

​ Leo y yo nos conocimos hace ocho meses en las reuniones de Alcohólicos Anónimos del grupo Puente de Vallecas, en la parroquia San Ramón Nonato.

​ Romántico, ¿verdad?

​ Ocho meses no es mucho tiempo, pero han sido bastante intensos, teniendo en cuenta que es noviembre y desde agosto no nos hemos separado ni para ir al cuarto de baño.

Parecemos siameses. Pero en el fondo, sé muy poco de Leo y de los motivos que lo empujaron a sustituir el café de la mañana por una cerveza a la que pronto le empezó a seguir otra, y otra…

, y luego pasaba a algo más fuerte, a los cubatas, hasta que a las dos del mediodía dejaba de ser persona y no podía tenerse en pie.

Lo que sí sé de él, es que, a pesar de su apariencia tranquila, se pone violento con facilidad, pero conmigo se porta bien.

Me gusta cómo me mira. Es amable y atento, no le gusta hablar de sí mismo pero sabe escuchar, y jamás, o eso creo, me pegaría.

Si estamos aquí es por mi culpa. Me siento responsable de lo que pasó.

Leo solo intenta protegerme, ha dado su vida por mí, ¿qué más puedo pedir?

​ —Te puso verlos follar, ¿eh? —me suelta sin que venga a cuento.

​ —Bueno…

​ —¿Te lo quieres tirar o qué? ¿A él o a ella?

​ Cuando se pone así, no lo soporto. A veces creo que lo hace por puro aburrimiento. Habla por hablar, como si tuviera la necesidad de ocupar los silencios.

​ —Leo…

​ —Eh, que yo no soy como el otro, ¿vale? No te voy a tener prisionera. Puedes follarte a quien quieras. La verdad es que la tía tiene un buen polvo. A lo mejor, si se lo propongo, podríamos hacer un trío y dejamos que el viejo nos mire.

​ —No es tan viejo —murmuro.

​ —O esta noche los grabo cuando empiecen a hacer sus cosas sin sospechar que se ve todo a través del cristal y los amenazo. Nos estamos quedando sin dinero, Clara, y ese tío tiene pinta de estar forrado.

​ Así que es eso… Quiere chantajearlos. Sacarles dinero.

​ —Leo… —suspiro—. No quiero más problemas.

​ Sigue sin escucharme.

​ —Sí, yo a esa tía me la follaría. ¿Y tú a él?

​ A veces, a pesar de ser reservado y complejo, Leo resulta un poco previsible.

Casi puedo ver cómo giran los engranajes dentro de su cerebro, cómo está volviendo a planear algo muy malo, y ha empezado a ocurrir después de ver el coche de alta gama con el que la pareja de Casa Alva ha venido a Brétema.

Solo espero que, esta vez, no haya víctimas mortales.

Si supiera que lo que me está diciendo me duele, ¿se callaría?

¿Dejaría de decir burradas? ¿Ha estado bebiendo a mis espaldas?

Es posible. Yo, que hace años dejé de creer en príncipes azules y en vidas de ensueño a fuerza de palos y costillas rotas, solo quiero estar con Leo y tener una relación normal sin peleas, insultos, reproches ni palizas.

Quiero calma. Dormir tranquila, sin que las pesadillas me asalten en mitad de la noche.

Encontrar trabajo, alquilar un pisito, cualquier zona de Madrid me vale, tener hijos…

formar una familia. Solo quiero eso, normalidad, ¿es tanto pedir?

Y, mientras lo pienso y el frío se me mete dentro, me arrodillo y me echo a llorar, porque aterrizo en la realidad y sé que ahora nada de eso será posible.

Somos unos fugitivos. Unos monstruos, así es como nos ve la sociedad después de que nuestras caras aparecieran en las televisiones de medio mundo.

Lo seremos toda la vida, aunque Leo me diga que se acabarán cansando y se olvidarán de nosotros, que solo debemos tener paciencia, seguir escondiéndonos bien, y esperar.

​ ¿Pero esperar a qué?

​ No sé.

​ Necesito creer que, de verdad, todo irá bien y nadie nos encontrará. Pero Leo no lo entiende y me mira con frialdad y distancia, como si yo empezara a ser un estorbo, lo peor que le ha pasado en la vida.

​ ¿Se habrá cansado de estar conmigo todo el día?

​ ¿Además de estar dándole vueltas a lo del chantaje, también estará pensando en cómo librarse de mí?

​ ¿Debería dormir con un ojo abierto por si en mitad de la noche se le ocurre rajarme la garganta?

​ Ay, Dios.

​ No puedo más.

​ —Clara, ahora no te derrumbes.

​ —Qué hicimos, Leo.

​ —Ahora no.

​ —Pero… Leo…