Patricia
—Vaya pinta de macarras tienen esos dos.
Brétema no es lo mismo desde que cuesta ochenta euros la noche —dice David nada más entrar por la puerta de Casa Alva, con sus habituales aires de superioridad.
Sí, en el fondo es un poco snob, supongo que debido a esa vida privilegiada de la que no le gusta presumir.
—El caso es que sus caras… me suenan mucho. ¿A ti no?
—También, pero no sé de qué —conviene David acomodándose en el sofá, que está estratégicamente colocado frente al ventanal para que dé la sensación de que estamos flotando sobre el lago. Esta casa es una pasada—. ¿Serán famosos? Cantantes, actores… ¿Algo así?
Niego con la cabeza. No. Ni cantantes ni actores.
—¿Pacientes del hospital?
—No —contesto insegura—. No sé, no creo. Vamos tan saturados que…
—Pues también serán de Madrid —da por hecho—. A lo mejor hemos coincidido con ellos antes. ¿Puede que nos los cruzáramos en aquel hotel donde pasamos nuestra primera noche? ¿La recuerdas?
David me guiña un ojo y sonríe con picardía, con la clara intención de cambiar de tema y pasar a la acción. A eso hemos venido, ¿no? A estar pegados como lapas, sin temer que alguien nos descubra.
—Como para olvidarla… nunca lo había hecho en un jacuzzi.
Ahora la que sonríe con picardía soy yo.
—Y supongo que nunca lo habrás hecho en una casa de cristal… —me susurra al oído, camelador.
—¿De qué me suenan tanto? —sigo preguntándome, aun teniendo a David encima de mí, manoseándome y mordisqueándome el cuello.
—Olvídalos. Solos tú y yo.
—¿Seguro que no se ve nada desde fuera?
—Aquí estamos a salvo de miradas indiscretas.